22/12/08

Sobre centrifugadoras e incubadoras


Entrenadores y médicos


Uno de cada tres atletas no alcanza en sus saltos los cinco metros que exige el entrenador. Este, con el objetivo de conseguir que un mayor número de ellos alcance esa marca, propone mover la línea a los cinco metros y medio.

Un médico diagnostica que lo que le pasa al paciente es que tiene mala salud.

Parte de bajas

En este país, uno de cada tres alumnos que empiezan la educación obligatoria –para entendernos, la secundaria- no titula. En otras palabras: uno de cada tres alumnos no alcanza una mínima competencia lectora ni una mínima habilidad para el razonamiento lógico-matemático.

Hay un discurso muy repetido que señala como causa de estos males a la falta de una “cultura del esfuerzo” –recuerden al médico- y a la “poca exigencia” en la evaluación –recuerden al entrenador-.

Del esfuerzo

Ya hemos formulado en otro post anterior la pregunta de si la cultura del esfuerzo es un requisito previo para el éxito en la educación, o si es un producto de la educación. Al respecto interesa saber que el informe PISA, de todos los factores que estudia, señala al entorno socioeconómico del alumno como el único del que se puede decir que tiene una relación directa con el éxito y el fracaso escolar: o sea, si un niño vive en un buen barrio, en una familia de padres con estudios, libros en las estanterías y una buena situación económica, tiene más posibilidades de éxito en su educación que si tiene unos padres sin educación, sin libros y sin dinero, y vive en un barrio pobre. No creo que nadie se sorprenda, pero conviene no perder nunca de vista esto cuando se escuchan las medidas que algunos proponen para “mejorar” la educación –no olviden nunca al entrenador-.

De la poca exigencia

Que un 4 es menos que un 6 es tan verdad en la teoría de números como falso en educación; el contexto importa:

Un alumno escolarizado por primera vez con 13 años, sin conocimientos previos de español, obtiene un 4 en un examen de lengua española un año después.

Un alumno escolarizado desde los 6 años en un centro bien dotado en lo material, con un buen proyecto educativo y un buen equipo, obtiene un 6 en un examen de lengua española a los 14 años.

En educación, un 6 puede ser menos que un 4.

A tener en cuenta cuando alguien nos presente un resultado y oculte el contexto.

Sobre centrifugadoras

¿Porqué dedicar una parte proporcionalmente más grande de los recursos a los alumnos con menor rendimiento? Mejor centrifuguemos a esos alumnos y dediquemos esos recursos a los más dotados. Aquellos a quienes esto les parece razonable, deberían saber que un 20% de los pacientes de la red sanitaria consumen el 80% de los recursos –un asunto interesante para otro post: cómo se gestionará esto en una sistema sanitario donde conviven hospitales de titularidad pública y privada: ¿adivinan en cuál de los dos tipos acabará ese 20%? ¿adivinan cómo se presentarán al público los resultados de unos y otros? De nuevo el contexto…-.

¿Qué tipo de alumnos son los que centrifugaría el sistema? Recuerden PISA… ¿Podemos permitirnos que uno de cada tres alumnos apenas sepan leer y escribir y tengan unas habilidades lógico-matemáticas deficientes? No solo podemos, es que hay quien necesita que existan ciudadanos así: pobres e ignorantes.

Sobre incubadoras

Allí donde se han puesto en práctica –o sea, allí donde se ha puesto dinero-, los programas de diversificación curricular –programas de refuerzo educativo, por no entrar en más detalles- han permitido que obtuvieran el título de educación secundaria alumnos que de otra forma tendrían muy pocas posibilidades de obtenerlo –ninguna si estudiasen en un sistema centrífugo-. Además, con reducciones significativas en la conflictividad escolar y niveles altos de satisfacción en el alumnado y el profesorado. Si hay una manera de lograr que este alumno llegue al cinco ¿porqué centrifugarlo?

Elegir

¿Quién ve las corrientes en una foto del mar? Nadie, pero están ahí. Conviene no olvidarlo cuando uno se mete en el agua. El debate sobre la educación es un debate lleno de trampas donde las cosas no son nunca lo que aparentan:

Recordemos al médico tramposo: un mal diagnóstico conduce a un mal tratamiento.

Recordemos al entrenador tramposo: un mal tratamiento empeora las cosas.

21/12/08

Más sobre lo que no sabemos que sabemos

Un ateo ha abandonado la creencia consciente: niega a Dios, y piensa por ello que ha descristianizado su pensamiento. !Qué equivocado está!

El pensamiento del ateo seguirá impregnado de cristianismo a menos que se esfuerce por identificar el poso que este ha dejado en forma de todo tipo de creencias y mecanismos mentales -podríamos hablar de la culpa, por ejemplo-, y someta esas ideas a la crítica.

Ayer hablaba con una persona que se definía como atea. Esta persona cuestionaba la adopción por parte de parejas homosexuales. Su argumento era que existe una supuesta "ley natural" que impide reproducirse a los homosexuales y que eso debería hacernos pensar. Esa misma "ley natural" es la que impide a un niño sobrevivir a su infancia si nace con una cardiopatía congénita, y a nadie -o a muy pocos- se le ocurriría argumentar en contra de los transplantes de corazón echando mano de esa supuesta "ley natural".

Porque lo que nos hace humanos y nos distingue del resto de las especies no es que nos hayamos enfrentado a "ley natural" alguna, sino que hemos dejado de creer en ella en términos del capricho y la voluntad de un ente superior para pensarla en términos de un conjunto de leyes físicas accesibles a la razón: esta es la distancia que separa la "ley natural" del creyente de la "ley natural" científica, por llamarlas de algún modo. O dicho de otra forma: ¿un transplante de corazón no es algo natural? ¿lanzar un cohete al espacio no es natural? ¿la descomposición del átomo no es natural?

Pero me desvío: lo importante es que detrás de esa idea de la "ley natural" de la que hablaba mi amiga atea se esconde la muy religiosa creencia de un "poder sobrenatural" al que debemos respetar y cuyos límites no debemos traspasar. Esa "ley natural" se parece, sospechosamente, a la idea del Dios cristiano; no es más que una creencia religiosa agazapada en la mente de un ateo.

Es a este tipo de creencias a las que me refería con el post anterior.

Tu pregunta, Anónimo, me ha permitido darle otra vuelta de tuerca a este asunto. Gracias por ello.

23/11/08

Lo que no sabemos que sabemos...

De todos modos, aun cuando esta creencia mía sea errónea, me resulta útil (en verdad, no conozco ninguna creencia auténtica, es decir, coherente con la realidad, que arroje resultados prácticos interesantes. Aunque toda creencia es falsa, es decir, no coherente con la realidad de los hechos, en tanto que una creencia es algo limitativo, pobre, incapaz de abarcar toda la rica variedad y dimensionalidad del Universo; pero justamente, por ser limitativa, y mientras no sea descabelladamente delirante –y a veces a pesar de serlo–, la creencia produce un efecto sumamente eficaz, concentrado, en toda acción. De modo que para triunfar en la vida es preciso creer en algo, o sea estar, por definición, equivocado).

Mario Levrero, El discurso vacío, Caballo de Troya, Madrid, 2007.

Hace unos meses, podíamos leer en el diario Público un artículo en el que se mencionaba un estudio del profesor de la universidad de Salamanca Jaume Masip acerca del funcionamiento de las creencias en nuestro pensamiento.

Si el discurso de Levrero se interesa por la relación entre creencia y acción, y el estudio de Masip por la relación entre creencia y verdad, ambos pasan por alto algo fundamental de la mayoría de nuestras creencias: su invisibilidad, su transparencia.

Según lo que sabemos acerca de lo que sabemos, podríamos establecer la siguiente clasificación:


– Lo que sabemos que sabemos: conducir, comer bocadillos de calamares.
- Lo sabemos que no sabemos: física cuántica, arreglar un radiador.
- Lo que no sabemos que no sabemos: vaya usted a saber...
- Lo que no sabemos que sabemos...

Si lo primero podría tener que ver con la vanidad, lo segundo con las capacidades –o la pereza–, y lo tercero con la curiosidad, lo último tiene que ver con la trampa: eso que no sabemos que sabemos son nuestras creencias inconscientes: eso a través de lo que pensamos. No son, como a menudo se cree, algo de lo que uno habla, sino el lugar desde el que uno habla, la perspectiva, la posición. No constituyen un catálogo que podamos enumerar de manera consciente, sino un conjunto de conjeturas inconscientes que dan forma al pensamiento. Ninguna conversación debería comenzar sin el ejercicio de toma de conciencia que supone la verbalización de esas creencias, y sin una crítica a estas –basta con transformar en pregunta cada una de las afirmaciones–.

Las creencias, como los principios –y como las ideologías–, no son las verdades axiomáticas –los cimientos– sobre las que construimos nuestro pensamiento, sino los límites que le imponemos a este: no tienen otro sustento en la realidad que la firme convicción del creyente acerca de su veracidad. Se trata de una frontera autoimpuesta que solo puede franquearse si uno renuncia al miedo, si uno acepta que pensar, más que pensar por uno mismo es pensar en soledad.

Pero si las creencias suponen un peligro para el conocimiento, no es menos cierto que cada día más, las creencias en forma de opiniones invaden el terreno de los hechos: que a las tres de la mañana es de noche no está sujeto a opinión, pero hasta aquí llegan ya las hijas de las creencias. El éxito de la opinión frente al argumento no es de extrañar: las opiniones demandan respeto y no hay que molestarse en argumentarlas. Si, todas las opiniones son respetables, siempre que sean eso: opiniones...

De un cuento de Cristina Fernández Cubas, dice Alejandro Gándara: “El ángulo del horror” va de tener cuidado no con lo que miras, sino desde dónde lo miras. Las cosas matan menos que las perspectivas. Y lo peor es que las perspectivas son contagiosas.

27/10/08

Amortizaciones históricas



El pensamiento, como la memoria, habita tanto en los objetos externos como en las regiones internas del cerebro humano. Cuando las equivalencias físicas del pensamiento desaparecen, también el pensamiento o la posibilidad de pensar se pierde.

Robert Macfarlane, Naturaleza virgen.

Este fin de semana, el mismo Gobierno que trajo la Ley de la Memoria Histórica ha comenzado el derribo de uno de los espacios donde esta memoria habita: la cárcel de Carabanchel. La tiran abajo como se arroja a la basura un objeto amortizado. Y es que quizás eso es exactamente esa Ley para ellos: un objeto amortizado.

No lo olvidaremos.

15/10/08

Dragoneando

Se puede decir de esta manera, por ejemplo:


Vamos, yo es que cojo el periódico y flipo. Es que todos los días viene la última parida del gili de turno para tocarnos las pelotas en los aeropuertos. Por nuestra seguridad dicen... ¡Que me descojono!

Y mira que yo soy educado con toda esa panda burros, ¿eh? Que a mi me dicen lo de quitarse el cinturón y me lo quito, que el colgate a una bolsita y a la bolsita que va, que el pintalabios de la parienta con el colgate y con el colgate que va, que me quite los zapatos y los zapatos que me quito. Y ni una mala cara, ni una mala contestación, que yo soy, antes de nada, un señor. Y eso que la chorrada esta no la hacen más que en Europa, que lo se de buena tinta, que ya te dice eso mucho de para qué cojones sirve toda esta puta parafernalia.

Cuando estuve en Nueva York en Semana Santa –que nos compramos de todo, que hay que aprovechar cómo está el euro–, ni caso hicieron del colgate los yankis del aeropuerto. Y un primo mío, que es muy de irse a la aventura, kilos de colgate podía meter en el sitio ese de donde salen las pateras. ¿Cómo se llama? ¿Cereal? ¡ah, no, eso: Senegal, Senegal! Y En China y Japón ni te cuento. Pero claro, en esos países sí que hay respeto, no como aquí.

Y todo esto por los cabrones de los ingleses, que son los que inventan todas estas mamonadas entre sorbo de té y bocado a las pastas. Cualquier día se lían a latigazos con uno de la que subes al avión. Y las de aduanas, disfrazadas de guardias de un campo de concentración. Al tiempo, ya verás...

Y todo esto es porque los ingleses follan poco y mal. Que vamos, eso lo sabe todo el mundo. Los franceses, que siempre han follado mucho y bien, no inventan estas hostias. Ni los inquisidores, que serían lo que quieras, pero antes que nada eran prácticos.

Es que de verdad, lo del avión es una tortura, coño. Si es que no se yo si no será violación de los derechos humanos toda esa mierda de los controles. A ver si se entera el Garzón este de los cojones y hace algo ya, que para otras cosas bien que se entera el cabrón. Que solo le falta la capa de superman. O la INTERPOL, que pa lo que hacen todo el puto día...

Si es que solo les falta arrancarnos la piel a tiras, coño, a ver si nos hemos cosido a la lorza un kalasnikov, o una batería antiaérea, no te jode. Capaces son. Al tiempo.

No se qué cojones he oído que es el último invento: no se qué de una onda que va por milímetros, o por microondas o algo así me suena, que no estoy seguro. Qué más dá: seguro que da urticaria la cabrona de la onda, o cáncer, vete a saber. O peór aún: ¡que no se te levante después! ¡Cualquier cosa te puedes esperar!

Impotente es como se siente uno frente a todo rollo, coño. A ver si nos dejan en paz de una puta vez, que encima no hacen más que dar la murga con eso del “si es por vuestro bien”. ¡Que nos dejen ya, coño! ¡Que nos dejen, que ya somos mayorcitos para conducir mamaos, hostia! ¡Asco de gente, coooooño! ¿Qué no tienen nada que hacer en su puta casa o qué? ¡Dejen ya de tocar los cojones, hombre! ¡Que ya somos ma–yor–ci–tos, entérense!

¡Que ya se yo que vivir es peligroso, hostia! ¡Que pa segura la “vida” de mi bisabuela, que hace ya cuarenta años que no le preocupa nada de este mundo más que las raíces de las flores que tiene encima!


O se puede decir de esta otra:

Desnudo integral


30/9/08

Nombrar a los muertos

El primer cuento de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, cuenta un hecho insólito: el día anterior a la caída de Madrid, el capitán Alegría, oficial del Glorioso Ejército Nacional, se rinde a las tropas republicanas que defienden la ciudad sitiada. Al día siguiente es detenido por soldados del ejercito sublevado en la celda donde ha sido abandonado por el ejercito que huye. En el acta del juicio a que es sometido por traición, consta la siguiente trascripción:

“Preguntado acerca de si son las gloriosas gestas del Ejercito Nacional la razón para traicionar a la Patria, responde: que no, que la verdadera razón es que no quisimos
entonces ganar la guerra al Frente Popular.”
“Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos.”


Hace un par de años,
Carlos José Márquez, en Cómo se ha escrito la Guerra Civil Española, cuestionaba el mito de la represión en ambos bandos como un ejercicio de reciprocidad en la violencia. Más allá del número de víctimas de la represión en uno u otro lado, hay diferencias fundamentales en el origen, el ejercicio, el propósito y la duración de la violencia en ambos bandos. El argumento y los datos en los que se apoya son bastante elocuentes, pero solo el ejercicio literario puede llegar a iluminar como lo hace el libro de Alberto Méndez: “queríamos matarlos”.

A la hora de tratar de explicar la resistencia que algunos oponen a que setenta años después de la Guerra Civil, y treinta años después de la recuperación de la democracia, se exhumen los cuerpos de los cerca de ciento cuarenta mil asesinados que aún yacen en olivares, junto a tapias de cementerios, o en cunetas de este país, hay que tener en cuenta esto: para los sublevados la victoria en la guerra consistía en algo más que la derrota militar del enemigo: había que exterminarlo.


Se trataba de un extermino total, más allá de la extinción de la vida física; era necesaria la desaparición de cualquier vestigio pasado de esa misma vida. Por eso la negación de los cuerpos a las familias, por eso las fosas comunes. Todo formaba parte del mismo plan: la negación de un nombre en una lápida y el silencio obligado de las familias. De todos los crímenes del franquismo, este es el mayor de todos porque llega hasta nuestros días: la imposición del olvido, la negación del recuerdo. No bastaba con matarlos; había que olvidarlos. La muerte absoluta.

No es de extrañar, por tanto, que quienes en menor o mayor medida se sienten herederos –familiares o ideológicos– de los vencedores, sean incapaces de disimular –detrás de cínicos argumentos– la inmensa incomodidad que les supone aceptar cualquier medida que suponga un reconocimiento más o menos explícito de que sus antepasados, además de devotos cristianos, exaltados patriotas, y buenos españoles, eran unos resueltos criminales.

Los protagonistas del libro de Alberto Méndez hacen uso de la última libertad que tiene todo muerto en vida –y por última, más extrema–: elegir el momento y la forma de su muerte. Pero no es esto lo que proporciona la tensión narrativa al relato y hace de este algo verdaderamente emocionante: antes que cualquier otra cosa, el libro de Alberto Méndez está escrito para nombrar a los muertos.

La sanación de un país que esconde a sus muertos en fosas comunes pasa por la exhumación pública y colectiva de esos cuerpos. Muchos sostienen que es peligroso ir más allá de una exhumación familiar, íntima, o sea, a escondidas. Es su enésimo intento de ocultar el crimen. Un país puede convivir con sus crímenes, pero no olvidarlos. Exhumar esos ciento cuarenta mil cuerpos significa poner punto final a una forma de crimen que aún hoy perdura: el olvido. Es el momento de dejar de contar muertos y de nombramos al fin.

3/9/08

Paisajes del pensamiento

La historia de McRory–Smith me hizo pensar en George Orwell, que entre 1946 y 1948 pasó seis meses al año trabajando en Barnhill, una casa de piedra completamente aislada en las turberas rojizas de la isla escocesa de Jura.
[...]
Fue en esos años, sentado ante una gran mesa de madera llena de cicatrices, entre sus paseos y su trabajo en el huerto, cuando Orwell escribió su obra más visionaria: 1984. Es evidente que necesitaba encontrarse en un paisaje así para crear esa novela; existía una correspondencia entre aquella tierra indómita y la libertad de conciencia sobre la que escribía.


Alejandro Gándara -una especie de Vasili Zaitzev de la reseña literaria- dice, a propósito de Naturaleza virgen –publicado aquí por Alba Editorial–: “[Robert] Macfarlane está convencido de que la destrucción de la naturaleza ha ido pareja con una destrucción del pensamiento.”

Hablar de destrucción de pensamiento es mucho decir –el pensamiento es siempre una construcción fluida, maleable–; ahora bien, el libro de MacFarlane tiene, desde luego, un acierto no menor que es el de señalar la relación entre paisaje y pensamiento:

El pensamiento, como la memoria, habita tanto en los objetos externos como en las regiones internas del cerebro humano. Cuando las equivalencias físicas del pensamiento desaparecen, también el pensamiento o la posibilidad de pensar se pierde. Y cuando se destruyen los árboles y los bosques, bien sea por accidente o de manera deliberada, la imaginación y la memoria se marchan con ellos. W. H. Auden lo sabía muy bien: “Una cultura –escribió en 1953– no es mejor que sus bosques”.

Nuestros mitos fundacionales, los que subyacen en los estratos más profundos –o no tanto– de nuestra visión de las cosas, son hijos del bosque, del rayo, de la nieve, del frío, de la tormenta, de la tempestad, de la riada, de las praderas, del olivo, del toro, del cuervo, de la oscuridad, de nuestra visión horrorizada ante una naturaleza que nos ignora:

No es que el paisaje fuera hostil a mi presencia, pese a los rigores de la nieve y del frío que irradiaban las rocas; es que era completamente ajeno a ella. [...] El paisaje impedía toda atribución de significado.

Sin embargo, creo que Macfarlane se equivoca al hablar de una Naturaleza “virgen” –no es fácil establecer los límites de semejante cosa–. Hace un tiempo escribí, a propósito de un cuento de Pascal Quignard, lo siguiente:

La frontera es un relato que habla de la difícil frontera que define lo humano, una frontera simbolizada en el jardín creado por la mano del hombre y que se adentra en el campo sin que se pueda distinguir dónde acaba uno y dónde empieza el otro; un relato por el que desfilan dioses y mitos, heredero de una de las obras más grandes que nos ha dejado la Antigüedad: las Metamorfosis de Ovidio, “el libro universal que trata sobre esa antropomorfosis tan inestable y angustiosa que compone la escasa humanidad de lo humano [...] esas metamorfosis que nos hacen ver un nosotros mismos aún más verdadero que nosotros mismos en un toro o un lobo”. La animalidad simbolizada por la afición del señor de Jaume por enfrentarse al toro –el animal mítico– y la muerte del esposo causada por las fauces del jabalí. Los dos polos simbolizados por el espejo en el que se mira la joven Luisa: espejo por un lado y una pintura por el otro: Judith oronda cortándole el cuello a Holofernes dormido. Un relato que plantea el mismo enigma que la obra del sabio de la Antigüedad: ¿dónde comienza eso que llamamos lo humano?

Macfarlane, a pesar de su esfuerzo, no logra alejarse del todo del mundo que habita –de la civilización– para regresar a la Naturaleza virgen en busca del pensamiento que persigue: la simple posibilidad de salir de ese mundo que busca es, precisamente, lo que le impide entrar en él. Un territorio cuarteado por las carreteras, los bosques talados, las ciudades que niegan el horizonte, los prados que suavizan, las casas que protegen, todo esto que nos permite salir de la Naturaleza virgen, nos impide a su vez entrar en ella –al transformar el paisaje, cambia para siempre nuestra relación con él–. Fuimos expulsados del paraíso y ya nunca más podremos ser uno más entre los animales. Además, los centros comerciales, Internet, las videoconsolas, las carreteras, el coche, las ciudades, el avión, todo esto es ahora también paisaje y perspectiva. De alguna manera, nuestro pensamiento, hoy, es fruto también de nuestra propia fantasía –el paisaje que determina nuestro pensamiento es, él mismo, hijo de ese mismo pensamiento–.

Somos destrucción de paisaje tanto como creación de paisaje, pero no quiero dar lugar a equívocos: necesito eso que Macfarlane llama Naturaleza virgen. No concibo un mundo sin montañas, ni bosques, sin agua clara y piedras cubiertas de musgo. Hoy mis manos no distinguen entre la piel del gato y la del abedul: acarician ambas de la misma manera –una de las pocas cosas que he aprendido–. Esa Naturaleza por la que pasea Macfarlane es, para mí, algo irrenunciable –aunque yo también la vea en un árbol solitario en la acera de una ciudad–. Esto no tiene nada que ver con la nostalgia, ni con un amor abstracto. No, no es nada de eso. Macfarlane comete el error de pensar su viaje en términos cronológicos y espaciales –pasado y presente, espacios vírgenes y civilización– en lugar de narrativos –origen y destino, fantasía y mundo–. Eso de lo que habla el autor sin darse cuenta –se acerca mucho, pero pasa de largo, ¡qué lástima!– es de la relación entre la muerte y los ríos, los árboles y las piedras, de ese ir y venir por el que hoy somos tierra, después animal, después hombre, y al fin otra vez tierra. Por eso miramos asombrados a la montaña, porque sabemos que un día volveremos a ser montaña –o árbol, o animal–. Sin ellos la muerte sería insoportable. Es ese paisaje lo que nos permite comprender la muerte de una manera que ninguna de las creaciones de nuestra imaginacion puede hacer. Y los necesitamos, también, para comprender la civilización como un peligroso producto de nuestra fantasía; que nuestra civilización está en el mundo pero no es el mundo. Esto es lo que adivina el que mira la Naturaleza con atención. El autor está muy cerca de decirlo:

Viajar a sitios como Maes Howe o Sutton Hoo, o pasear entra las tumbas del Burren es una experiencia que ensalza el espíritu. Uno tiene la sensación de que estos lugares expresan creencias de las que se podría aprender algo importante; un sentido de la orientación o de la conexión con la naturaleza. La exaltación que producen guarda cierta relación con la inocencia que simbolizan, con su visión de la continuidad que existe entre la vida, la muerte y el lugar. Con eso y con el hecho de que tanta gente, a lo largo de tantas épocas, haya querido enterrar a sus difuntos en espacios abiertos.

25/8/08

Sin culpable no hay relato

Paloma Gómez Borrero, experta aeronáutica consorte –está casada con un piloto de Alitalia–, pregunta en un programa de televisión –y es una pregunta que es una exigencia– porqué no se han hecho públicas ya las grabaciones del “voice recorder” del malogrado vuelo JK5022 de Spanair. El “voice recorder”, según ella, consiste en un magnetofón que, mediante un micrófono en cabina, graba las conversaciones de la tripulación durante el vuelo. El presentador del programa le pregunta dos veces si ese dispositivo es una de las cajas negras y dos veces lo niega la periodista. El Cockpit Voice Recorder sí es una de las dos cajas negras del avión –la otra es el Flight Data Recorder–, pero podemos obviar la equivocación porque la explicación del dispositivo es, grosso modo, correcta. Ahora bien, no podemos pasar por alto que, de todas las cosas que podría exigir la periodista del Vaticano, elige la última pieza que falta para completar el macabro y dramático collage que los periodistas –sobre todo los audiovisuales– vienen componiendo desde el miércoles pasado. Lo de menos es la información. Lo de más el espectáculo: los investigadores niegan el último pedazo de carne que falta para dejar limpios los huesos de la desgracia. Los carroñeros protestan...

Más espectáculo: el gabinete de crisis. La obligación de las autoridades no es ponerse al frente de ningún gabinete de crisis formado para afrontar casos previsibles como este –esto no es un tsunami en Indonesia–, sino establecer por anticipado protocolos de actuación y crear y dotar de medios a las instituciones y organismos que han de ejecutar esos mismos protocolos. Con el gabinete solo tratan de hacer pasar por virtud lo que es improvisación: si se reúne un gabinete de crisis es porque no existían los protocolos e instituciones necesarios. Pero es aún peor de lo que parece: sí que existen: la comisión de investigación de accidentes e incidentes de aviación civil actúa desde el primer momento, los servicios sanitarios y de emergencia activan sus protocolos de actuación desarrollados para casos como este, las autoridades aeronáuticas europeas y norteamericanas, así como los fabricantes del avión y motor envían a sus representantes de inmediato. ¿A qué viene entonces el gabinete? ¿Cuál es su función? Puro teatro, trivialización de la política, falta total de sentido de la proporción. Ese tan tradicional como ridículo no os preocupéis que ya estoy yo aquí.

La investigación técnica de accidentes aéreos tiene un objetivo triple: determinar qué ocurrió –la secuencia de eventos–, porqué ocurrió –la causa última del siniestro–, y qué se pudo hacer para evitarlo. Este último punto es, sin duda, el más importante, porque se traduce en una serie de recomendaciones que tienen como fin evitar la repetición de accidentes similares. En el relato periodístico, ese qué se pudo hacer solo admite una respuesta en forma de negligencia o de culpable -se violaron las normas-, así que los periodistas orientan su narración en esa dirección. Hay, por supuesto, otra respuesta posible: el accidente revela algo que desconocíamos y que, por desgracia, aprendemos de la manera más trágica –como sucedió con el De Havilland Comet, primer reactor comercial, que sufrió varios accidentes debido al fenómeno de la fatiga de los metales, desconocido hasta entonces–. Sin embargo este último es un relato sin culpable, y esto viola las exigencias del relato periodístico, así que es descartado. Ni hablar de presentar una información que pueda apuntar en dos direcciones distintas. Ni hablar de que un accidente sea simplemente un accidente. Se elige la más dramática de las respuestas vigilando de reojo la cuota de pantalla, salivando por un pequeño incremento del beneficio empresarial. Esto, sobra decirlo, nada tiene que ver con el necesario, legítimo y muy saludable ejercicio de la crítica.

Algún día la comisión de investigación publicará el informe pertinente y así conoceremos todos los detalles de lo que ocurrió con el vuelo JK5022. Los periodistas no estarán allí, o si lo están su trabajo acabará en la página 32 en una entradilla mínima. Mientras tanto, lo que vamos sabiendo es cuales son las reglas que rigen hoy eso que algunos aún siguen llamando periodismo.

5/8/08

Anábasis

En el 401 a.C., y con la intención de derrocar a su hermano Artajerjes II, Ciro, el hijo del rey Dario II, reclutó un gran ejercito en el que se encontraba el mayor contingente de mercenarios griegos reunido hasta entonces. El ejercito griego estaba formado por unos catorce mil efectivos entre hoplitas –infantería pesada–, peltastas –infantería ligera–, arqueros y jinetes, y eran comandados por los estrategos Jenias de Parrasia, Próxeno de Beocia, Menón de Tesalia, Clearco de Esparta, Soféneto de Estínfalo, Sosias de Siracusa, Pasión de Mégara, Quirísofo de Esparta y Sócrates de Acaya. En un primer momento, Ciro ocultó a los estrategos el verdadero motivo de la expedición, pero pronto todos, tanto ellos como los soldados, se dieron cuenta del engaño y renegociaron las condiciones del contrato. Poco importan estos detalles, el hecho es que en el momento decisivo de la batalla, un Ciro enloquecido se lanza a la carga contra su hermano Artajerjes y cae muerto a manos de su guardia personal. Así los griegos, habiendo vencido en su sector, y en el preciso momento en que bastaría con alargar la mano para tomar las riquezas que Ciro les había prometido, se ven de repente abandonados a su suerte en el corazón mismo del territorio enemigo. Están frente a uno de los ejércitos más poderosos de la Antigüedad, no tienen nada con qué negociar, y se interponen en su camino de regreso cordilleras altísimas, ríos infranqueables, pueblos hostiles, el invierno. Tampoco tienen víveres ni guías para atravesar un territorio desconocido. Años después de la expedición, Jenofonte, el condiscípulo de Platón que lideró la retirada –junto a Quirísofo–, relató esta expedición bajo el título de Anábasis. La Anábasis es, sobre todo, el relato de la dramática retirada de aquellos hombres hasta llegar a la frontera entre Asia y Europa.

La palabra griega anábasis significa “subida”, “ascensión”, pero también significaba la “marcha al interior” en referencia al trayecto desde el litoral hasta las tierras altas del interior de un país; en particular, el camino que conducía desde las ciudades griegas de la franja costera de Asia Menor hasta el corazón del Imperio Persa. (1)

Como a los griegos de Jenofonte, a veces nos sucede que, persiguiendo una promesa, acabamos en el peor de los lugares: el futuro se hace añicos y nos vemos sin fortuna, desconcertados en medio de un territorio desconocido y hostil, desorientados, sin saber qué rumbo tomar, qué hacer, sin guía para encontrar una salida. Empieza entonces otra anábasis, una “ascensión”, una “marcha al interior” en sentido figurado: ¿qué hacer? ¿mirar hacia atrás para intentar averiguar qué ocurrió?, ¿o hacia delante y buscar una salida? Al final, uno acaba por hacer las dos cosas a la vez, así que las dos opciones acaban por estorbarse como las personas que en una puerta se mueven como la imagen reflejada en el espejo: uno decide moverse y el pasado se refleja en lo que uno hace; decide revisar el pasado y el futuro –que es presente– cuestiona cada conclusión a la que se llega.

A pesar del carácter odiseico de la narración de Jenofonte –en tanto que regreso plagado de obstáculos–, su final remite al mito de Sísifo antes que al de la obra homérica: a las puertas de Grecia, después de un año de penosa retirada, Jenofonte entrega sus hombres al general espartano Tribón, que los contrata para una nueva guerra. Los mercenarios no verán Grecia; seguirán en Persia para luchar de nuevo, ahora contra el sátrapa Tisafernes. Como le sucede a Sísifo, para los griegos la piedra rueda de nuevo ladera abajo...

(1): Anábasis, Alianza editorial, 2006. Introducción de Oscar Martínez García.

4/8/08

A la sabiduría no se llega en autobús

En el diccionario de la Real Academia de la Lengua podemos encontrar los siguientes significados de la palabra cultura:

2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

Creo saber qué es un juicio crítico, pero sería incapaz de enumerar los conocimientos que permiten desarrollarlo. Tampoco sería capaz de establecer el conjunto de costumbres compartidas que constituyen el mínimo común denominador que define la cultura de un grupo. Así que, por lo que a mí respecta, el significado de la palabra cultura sigue siendo un misterio. No importa, sabemos lo importante: su sujeto. Hay una cultura del individuo y una cultura del grupo y las dos son enemigas a muerte: una libera y la otra ata.

La cultura del grupo: ¿qué ofrece el rebaño a cambio de la pertenencia? Algo más que un abrazo, algo más que protección, algo más que una porción en el reparto del pastel. Lo definitivo, lo definitorio, es esto: pertenecer es ser –de ninguna manera pensar para ser–.

Nada más fácil: entregarse para ser, dejar de ser para ser. Esta es la identificación que sostiene a la Iglesia, a la Nación, a la hinchada futbolística, a la cocina tradicional, a la empresa incluso. Todo lo demás, lo de fuera, pasa a ser “la” amenaza –o la competencia–. Por eso, cuando el solitario se aleja tan solo la distancia de un –primer– paso, no es por él por quien temen los otros, sino por ellos: ese que se aleja es ahora parte de la amenaza, es mi negación, la negación de mi verdad: si el otro es, yo no puedo ser. Por eso hay que impedir que el otro se aleje.

La fuerza del rebaño no es, como pudiera parecer, la fuerza de las costumbres, sino la imposición de las costumbres por la fuerza. Sin la tradición, todo se desmorona. Al igual que sucede con la Mafia, el rebaño primero advierte y luego castiga. Por eso le dicen al solitario: “ten cuidado, respeta la tradición y no peques, es por tu bien”. Por supuesto, será el propio rebaño el que se encargue de hacer realidad la advertencia...

2/7/08

La ira y la tormenta

Memoria

Uno de nuestros ancestros –ella, él, ambos–, reconoce, porque recuerda, que el sol vuelve con fuerza cada muchas lunas como lo hacen las lluvias, como lo hace el frío, como lo hacen las hojas verdes en los árboles y los pájaros en el cielo. Reconoce, también, que a muchos días de sol fuerte les sigue siempre la tormenta.

Imaginación

Ese humano, que vive hace diez, veinte, cuarenta mil años, establece relaciones entre cosas distintas: es capaz de pensar por ejemplo, que un dedo puede ser una manzana, y dos dedos dos manzanas –incluso si la manzana es solo un recuerdo en su memoria–. Más difícil aún: esa imaginación que relaciona cosas en apariencia independientes, le permite establecer relaciones entre cosas y sonidos: los que salen de su garganta. Un sonido puede ser “manzana” y otro distinto “día”. Pronto aprende a modular su garganta para producir muchos sonidos distintos. Aprende, también, a combinarlos para crear sonidos nuevos.

Sentido

Ese ancestro primitivo, dotado de memoria e imaginación, está poseído por la necesidad de dar sentido. No le basta con registrar en su memoria secuencias de frío, lluvia, calor, hojas verdes en los árboles y pájaros en el cielo, y con reconocer patrones de repetición en esas secuencias. Necesita, además, dar un sentido a todo ello.

Nombrar

Ese ancestro primitivo ha puesto nombre a los árboles, al agua, a los animales, a las piedras, a los tiempos fríos, a los tiempos calientes, al sol y a la luna, al día y la noche, y ha puesto nombre incluso a eso que siente cuando otro miembro de la tribu se atreve a invadir su territorio o a acercarse a sus cachorros: lo ha llamado ira.

Lenguaje

Un día piensa que si sus dedos pueden ser manzanas, y su garganta puede decir "sol", su ira puede ser la tormenta. Y así, hace diez, veinte o cuarenta mil años, une por primera vez las palabras tormenta, ira y sol y dice: “la tormenta es la ira del sol”. Pero nada más decirlo, comprende que aunque comparte la ira con el sol, el sol es distinto a él o ella. Como ella, o él, el sol siente ira, pero el sol es otra cosa. De esta manera, igual que antes nombró al árbol, al agua, a los animales, a las piedras, a los tiempos fríos, a los tiempos calientes, al sol y a la luna, al día y la noche, nombra a ese sol que siente ira. Y el hombre creó a Dios.

Poesía

Miles de años después, uno de sus descendientes, impulsado por la misma fuerza misteriosa de sus antepasados, invertirá las palabras y dirá: “mi ira es tormenta”. Y el hombre creó la poesía.

Literaturas

Durante miles de años, alrededor de un fuego nocturno, los viejos entregarán sus elaboradas narraciones a jóvenes ansiosos por transformar esas narraciones según su imaginación y entendimiento, deseosos de crear narraciones nuevas, narraciones suyas, jóvenes que un día llegan a viejos y se sientan alrededor de un fuego para entregar sus elaboradas narraciones a jóvenes ansiosos por transformar esas narraciones según su imaginación y entendimiento, deseosos de crear narraciones nuevas, narraciones suyas.


Este texto existe a partir de Sílabas de fuego, de Menchu Gutiérrez

24/6/08

Voyeurismo blogero

¿Cuántos blogs hay? Yo apenas leo cuatro o cinco a diario y algún otro de manera esporádica. Por lo tanto, ¿para qué este blog y para quién este blog?

Servidor es de los que piensa con los dedos, así que esto vale por respuesta al para qué. Y como este para qué es casi un para uno, casi queda respondido el para quién. Sin embargo, un blog no se guarda en un cajón, así que hay que explicar qué pinta el lector en todo esto –sobre todo si decimos que no es la respuesta al para quién–.

En la escritura no hay dialéctica posible. Por supuesto que se establecen conversaciones entre, digamos, las obras de dos autores. Sin embargo se trata de un falso diálogo: un diálogo así es la confrontación de dos monólogos. Apurando el razonamiento, los blogs son, de alguna manera, una impostura: pretenden hacer creer al lector que participa, pero se trata de una participación a posteriori, o sea, de una participación que no lo es.

Uno escribe en público precisamente para silenciar al lector, para que el lector no pueda modificar lo que se dice –como sí ocurre en un diálogo hablado–. En realidad, un blog es un agujero en la pared, un ejercicio de voyeurismo desesperado: a su través, el autor accede a esas anotaciones que, si el blog fuese un libro, el lector escribiría para sí en los márgenes, y de las que el que escribe nunca tendría noticia. Así que en el blog los otros son, de alguna manera, objetos antes que actores; testigos antes que destinatarios.

Al hacer público lo escrito uno no pretende “enseñar” –una pretensión por lo demás absurda–, sino, por un lado averiguar hasta qué punto los otros leen lo que uno ha escrito –en un sentido de semejanza: ¿hasta donde lo que uno escribe es lo que otros leen?–, y por otro, hasta qué punto uno mismo ha comprendido –¿qué ven los otros que uno no ha visto?–. Cuando el bloguero responde a un comentario, ya no es el bloguero, sino un lector más. Los diálogos en el blog suceden al margen y al servicio del blog: al hacer público su texto, el bloguero solo pretende hacer avanzar su escritura.

¿Se trata de un ejercicio de exhibicionismo, de narcisismo? Creo que si hay algo en esto es impotencia: la que se siente cuando uno habla y percibe que no hay manera de llegar al otro lado, que las palabras son siempre las de uno y que son siempre para uno. La escritura no es otra cosa que el ensimismamiento que sigue a esta sensación de aislamiento, a esa dificultad insalvable. Se escribe a la desesperada, perseguido por la sospecha de que no hay forma de hacer ver que no pase antes por un exhaustivo ejercicio de comprensión en solitario. Más aún, se escribe a la desesperada perseguido por la sospecha de que ese alguien a quien hay que hacer ver es uno mismo y nadie más.

1/6/08

El atleta imposible –o de cómo conseguir una buena marca sin entrenar–.

No me engaño: hay pobres malos y ricos buenos. Ahora bien, lo que esto viene a demostrar es, precisamente, la maldad del sistema de clases: no sirve para seleccionar a los mejores, sino para mantener los privilegios –con las oportunas excepciones, que lejos de desmentir la norma, la confirman–.

Por supuesto, hablar de selección es hablar de educación –el más poderoso de los instrumentos de transformación o de perpetuación social, según el caso–. Desde la derecha se nos ha venido diciendo que la selección en la educación ha de estar basada en el mérito, en el esfuerzo, que hay que seleccionar y separar a quienes se esfuerzan de los que no, para no lastrar el desarrollo de los primeros. Difícil de rebatir, ¿o no? Pues no tanto. El que compra este argumento se lleva, sin saberlo, un dos por uno: con la idea de la selección por mérito se lleva también la de que el esfuerzo precede a la educación –que en atletismo sería como decir que la marca precede al entrenamiento–. Por supuesto, esto es falso: la educación es el entrenamiento y el esfuerzo es la marca, el resultado. Así, lo que el ingenuo ciudadano acaba de comprar es exactamente lo contrario de lo que creía: un sistema educativo que premia... ¡los privilegios!

¿Cómo, cuándo y dónde aprende uno el valor del esfuerzo? Se habla de él como si no tuviese nada que ver con el entorno más inmediato, o sea, con la familia, o sea, con la clase. Como si vivir en un entorno estimulante fuese lo mismo que vivir en uno que no lo es. Como si el niño de la Cañada pudiese adivinar las vidas que no tiene y que necesita conocer para tener la oportunidad de cambiar la suya. Precisamente por todo esto es por lo que la derecha habla de la libertad de los padres para elegir la educación de los hijos –porque los privilegios, o su ausencia, se perpetúan por línea familiar–. Y de ahí los itinerarios: segregación, no contaminación de unas capas con otras, en definitiva, autopista de pago para unos y carretera nacional para el resto. Así, el hijo del barrendero difícilmente será notario y el hijo del notario difícilmente será barrendero. Cada uno donde le toca. Por eso hay que empezar a hablar de la libertad del niño frente a la libertad de los padres.

En La Escuela Moderna, escrita a principios del siglo XX, dice su autor, Ferrer i Guardia
–hoy en día existe una fundación con su nombre–, lo siguiente:

"No tememos que decirlo: queremos hombres capaces de evolucionar incesantemente; capaces de destruir, de renovar constantemente los medios y de renovarse ellos mismos; hombres cuya independencia intelectual sea la fuerza suprema, que no se sujeten jamás a nada; dispuestos siempre a aceptar lo mejor, dichosos por el triunfo de las ideas nuevas y que aspiren a vivir vidas múltiples en una sola vida. La sociedad teme tales hombres: no puede, pues, esperarse que quiera jamás una educación capaz de producirlos." (1)

Se me atragantan las historias de salvación. De qué manera me encabrona la historia de ese chico pobre, delincuente, que “rehace” su vida a los treinta años. Esa historia no es la historia de su salvación; es la historia de nuestro fracaso. El niño no tiene porqué esperar a ser un adulto para saber que le hemos hurtado sus vidas posibles. Debimos darle su oportunidad desde el principio. Es, desde luego, una cuestión de justicia, pero también de cordura: no estamos como para desperdiciar el talento –pero esto no lo comprenderemos hasta que no pensamos en términos de comunidad–.

El presupuesto de la educación pública apenas alcanza a cubrir el gasto corriente: nóminas, facturas, infraestructuras... Por otro lado, los padres delegan mayoritariamente la educación de sus hijos en ese mismo sistema impotente –esperando un milagro que no va a suceder sin su participación–. Entonces, ¿qué hacer? Los padres tienen que participar, y esto significa horas libres en el trabajo para interesarse e intervenir en lo que sucede en los colegios –y hace falta, además, que tengan voluntad de hacerlo–. ¿Y la autoridad de los profesores? No la dará ninguna ley; la darán los padres y los resultados. Pero por encima de cualquier otra cosa, mejorar el sistema educativo público pasa por poner dinero sobre cada pupitre.

Como siempre, habrá que empezar por cambiar el lenguaje para cambiar las cosas. Quizás sea el momento de hablar de repartir en lugar de seleccionar. De nuevo Belén Gopegui:

“Había cogido un libro de Miguel Hernández, de mi madre. [...] Estaba leyendo cuando, junto a dos versos, encontré dos cruces, dos equis de multiplicar pintadas con lápiz, diminutas, la forma de subrayar los libros que siempre usaba mi madre. Los versos: “Vine con un dolor de cuchillada, / me esperaba un cuchillo a mi venida”

[...]


Mi madre ha imaginado un lugar en donde el infortunio no sea una ración oscura y trágica para unos cuantos seres. Será una parte de la vida que pueda compartirse, tanto como la fortuna. Y habrá instituciones, conductas, lugares. Aunque el dolor vaya a doler en unos cuerpos sobre todo. Cuando los trabajos más cansados y más duros estén bien repartidos y justamente remunerados por ser la comunidad quién los reparta y no ser una cuestión de haber llegado el último o sin herencia, entonces algo parecido ocurrirá con el dolor, no existirá la frase “te ha tocado” sino una comunidad compartiendo el dolor que haya venido a posarse en esa familia, en esta calle, allí.”


(1) Cita gentileza de Balsera.

29/5/08

¿Selección natural?

Los defensores del liberalismo, al hablar de darwinismo económico, pretenden legitimar las prácticas capitalistas tratando de hacer pasar estas por un caso particular de la teoría de la “selección natural”. Se trata de proponer que el capitalismo y el libre mercado responden, de alguna manera, a una ley natural que selecciona a los más aptos, a los mejores, a los que –eso dicen– serán capaces de satisfacer las necesidades del resto mediante su éxito –en la comparación, el mercado vendría a ser el trasunto de la naturaleza, el actor que selecciona–. Con el eufemismo se trata, por supuesto, de legitimar lo que no es otra cosa sino la aplicación de ley del más fuerte como máxima económica. Se trata de eliminar obstáculos, barreras mentales que dificultan ese ilimitado “dejar hacer” al que aspira todo defensor a ultranza del mercado.

Afirmar que el darwinismo económico sea una manifestación particular de la selección natural es mucho decir, pero no es aquí donde reside la falsedad de semejante afirmación. En
Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond, podemos leer el siguiente párrafo:

“[...] Pero tanto si la selección de plantas silvestres comestibles por agricultores antiguos se atuvo a criterios consientes como si no fue así, la evolución resultante de plantas silvestres hasta convertirse en cultivos fue en un principio un proceso no consciente. Fue consecuencia inevitable de nuestra selección de tipos de plantas silvestres, y de la competencia entre plantas que en los huertos favorecían tipos distintos de los predominantes en la naturaleza.

Esa es la razón por la que Darwin, en su obra El origen de las especies, no empezó con un relato de la selección natural. En cambio, su primer capítulo es una exposición pormenorizada de cómo nuestras plantas y animales domésticos derivaron de una selección artificial por los humanos. [...]”

El corolario de la obra de Darwin es que es justamente en la superación de la selección natural donde radica el origen del progreso de los últimos 13.000 años, esos en los que se ha desarrollado todo lo que nos hace humanos, lo que nos diferencia del resto de los animales, desde la agricultura a la medicina, pasando por el lenguaje. El darwinismo económico es, a la luz de las ideas de Darwin, un rasgo de primitivismo, un comportamiento pre–humano si se quiere, y no la continuación de ley natural alguna. Y sin embargo, la idea se nos presenta de una manera tan evidente, que no es difícil comprender el porqué de su éxito.
No es, desde luego, el caso de Belén Gopegui, quien en su libro El padre de Blancanieves –ya mencionado anteriormente–, dice lo siguiente:

“[...] Con los sujetos frágiles sucede algo parecido: son los primeros en caer y su caída alerta de las variaciones ocurridas en el medio, entre las cuales a menudo sobresale la degradación. Si la sociedad humana logra no destruirse y vivir doscientos años puede que comprenda, como algunas tribus pequeñas comprendieron, la necesidad de proteger a sus sujetos más débiles.”

Para Gopegui, aceptar que sea el “darwinismo económico” el que decida la dirección y el sentido del vector de progreso es aceptar la catástrofe, como señala uno de sus personajes:

“Una vez hubo un convenio, era injusto, de acuerdo, pero permitía que algunos acuerdos se cumplieran. Ya no: se han acabado las reglas, adiós convenio. Se ha roto y lo curioso es que no se ha roto por la parte débil, no lo habéis roto vosotros, ni los emigrantes, ni los desheredados. Se ha roto por la parte fuerte. Y ahí te doy la razón en lo que le dijiste a tu madre: yo no estoy en la parte fuerte, no soy lo bastante rico.

[...]


La catástrofe se acerca: están dispuestos a arramblar con todo. Si alguna vez había pensado que los fuertes me harían un sitio, al menos en el porche como perro guardián, ya se que no.”

22/5/08

Todos los niños



Autoridad


La autoridad del médico es la autoridad del conocimiento. Uno se somete o no al tratamiento, pero no cuestiona la autoridad del médico. En cuestiones de medicina, su autoridad no se discute.

La autoridad del policía es la autoridad de la violencia. Al policía le está permitido ejercer una violencia que al resto nos está prohibido. No tiene porqué ejercerla, pero es la fuente de su autoridad.

La autoridad del profesor, ¿debe ser la del médico o la del policía?

Esfuerzo

Al niño no le cuesta esfuerzo conseguir el móvil del que se ha encaprichado, ni la ropa que quiere, ni el alcohol y las drogas que han sustituido a los antiguos rituales de iniciación en los que era aceptado en el mundo adulto –un tránsito que antes hacían de la mano de los mayores, y que hoy realizan solos–. Al niño no le cuesta esfuerzo desobedecer, ni violentar. El niño empuja –hoy y siempre–, pero hoy no encuentra resistencia a su instinto por experimentar los límites. Pero más aún, al hablar de esfuerzo, ¿hablamos del encofrador que se rompe las manos con la ferralla, o del estudioso que devora un libro tras otro? ¿Hablamos del esfuerzo–castigo cristiano que llena de sudor la frente, o del esfuerzo–hedonista del alpinista que hace cumbre? Sea uno o sea otro, ¿es posible que el niño comprenda su significado cuando el esfuerzo se propone como el requisito para alcanzar algo cuyo valor solo alcanzará a comprender a posteriori –la educación–, mientras lo que sí desean no les cuesta nada? ¿Puede la amenaza de una repetición de curso ayudar a comprender?

Y sin embargo, a pesar de estas preguntas, confiamos en que:

1– Una ley devolverá al profesor la autoridad perdida –de nuevo preguntamos: ¿la del conocimiento o la de la violencia?–.

2– Una ley transformará al niño rebelde, agitador, subversivo, insubordinado en un adulto esforzado y responsable.


Libertad

Dícese de la facultad de los padres pare decidir sobre la educación de sus hijos. Ha de entenderse, por tanto, que la libertad de los padres significa la esclavitud de los hijos. ¿O tienen los hijos la libertad de elegir su educación? ¿Puede un niño de la Cañada Real decidir libremente sobre su educación? ¿Puede acaso ese niño decidir asistir al mejor de los colegios?

Ni el esfuerzo ni la autoridad son, claro está, el objetivo. Son solo el pretexto que permite volver a lo de antes -o permanecer en ello-, a lo de siempre: a la educación para unos pocos, la condición necesaria para perpetuar un sistema de privilegios: aquí el esforzado notario y allí el perezoso barrendero –como si ser una cosa o la otra no tuviera nada que ver con las condiciones de partida–. Y sí, claro, la libertad de mantener un sistema educativo segregado, clasista y elitista –y que hoy sean más numerosas, no hace menos élite a la élite–.

Nada de esto cambiará hasta que no comprendamos que todos los niños son nuestros hijos. Solo este pensamiento puede impedir cosas como esta:


http://www.escolar.net/MT/archives/2008/04/22-de-abril-el-dia-de-la-tierra.html

2/5/08

El propietario

El 5 de Julio de 1910, “El Nacional” publicó el siguiente cuento de Rafael Barret:





Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...

Tramitando expedientes

Hace unos días se podía leer en elconfidencial.com lo siguiente:

“El sector está convencido de que una de las causas que explican la salida de Cristina Narbona del Ministerio de Medio Ambiente tiene que ver, precisamente, con el tapón que había generado su departamento en la tramitación de expedientes, lo que ha provocado el retraso 'injustificado' de muchas obras. Tanto en la patronal de la construcción como en la de las autopistas se ha criticado con dureza a Narbona por su incapacidad para tramitar los expedientes administrativos. No se criticaba la necesidad de presentar informes de impacto medioambiental sino, sobre todo, el injustificado retraso en su aprobación, lo que encarece la ejecución de los proyectos.”

Es un texto revelador: no hay objeción a la existencia de un Ministerio de Medio Ambiente siempre y cuando su función sea meramente cosmética; mientras los expedientes simplemente “se tramiten”, siendo impensable que el resultado sea otro que la aprobación de la obra. Pero con todo, lo peor del texto no es la forma de pensar que revela –algo, por otro lado bastante evidente–, sino la posibilidad de que, en efecto, esta haya sido la razón por la que el presidente del gobierno haya prescindido de una ministra que ha mostrado una forma de entender la política ambiental que va más allá de la “tramitación” de unos expedientes estériles. Lo peor es pensar que, en un momento en el que –al más puro estilo keynesiano– se pretende estimular la economía mediante la aceleración del plan de infraestructuras, la política ambiental se considere no solo innecesaria, sino un obstáculo; algo que no hace sino confirmar lo que ya sabemos: se puede cuestionar todo menos el crecimiento económico. Sería bueno que algún día pensáramos en el precio que pagamos por ese crecimiento presuntamente ad infinitum.

20/4/08

Esperanza de vida

Acostumbrados como estamos a una manera de pensar que nos blinda frente a cualquier idea que pueda poner patas arriba nuestra cómoda vida, leemos titulares como el siguiente sin mover un pelo de las cejas:

La esperanza de vida de los españoles supera los 80 años


¿Una vida más larga es una vida mejor? ¿La esperanza en la vida es sumar una velita más? Caemos en la trampa del titular porque no hemos sido educados para cuestionarlo todo; y porque además, muchas veces, aunque sepamos, preferimos no hacerlo para no ver las brechas por donde se nos escapa la vida mientras miramos el saldo de la cuenta corriente, los anuncios de coches, o un futuro ascenso profesional. Dejando a un lado la evidente falacia que supone extrapolar a cualquier español de cualquier edad una media que se calcula a partir de la edad de los finados durante un año –sin tener en cuenta las diferencias en la alimentación, los hábitos físicos, el estrés, o la contaminación de todo tipo–, la definición del concepto “esperanza de vida” es una muestra más de cómo en la vida el envoltorio amenaza permanentemente con suplantar a la sustancia. Se trata de una definición hecha para olvidar que si llegamos a esos ochenta años lo haremos habiendo dejado buena parte de ellos en trabajos vividos como un tercer grado carcelario con permiso para dormir en casa, en atascos interminables, aplazando la vida hasta un contrato decente que nunca llega, hasta el final de una hipoteca a cuarenta años, hasta una jubilación demasiado lejana y demasiado precaria; una vida que es arena escurriéndose entre los dedos. Un anuncio de una empresa de estética plantea hoy la siguiente pregunta:

“¿45 o 35?”

El mensaje es claro: lo importante no es vivir como si uno tuviera cualquier edad, sino aparentarla aunque se vivan unos dóciles cuarenta y cinco. He oído muchas veces eso de que, al final, lo que todos queremos es “vivir mejor”. Es cierto, pero esto se dice como si ese vivir mejor al que uno aspira no fuese un producto de la educación, como si fuese inmune a la propaganda de todo tipo –comercial y política–, como si no estuviese sometido, en definitiva, a un asedio permanente por parte de aquellos que tratan de convencernos de que ese vivir mejor pasa por entregarnos a aquello que los hará a ellos más poderosos, más ricos, y quizás también más inhumanos.

Una recomendación literaria: El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui, editado por Anagrama. Posiblemente no les hará más felices, pero sí más libres.


Y por cierto, ¿cuál es tu esperanza de vida?

8/4/08

Urbanismo de guante vuelto

En los edificios de viviendas nuevos, los timbres, que toda la vida se han usado para entrar, ahora se usan para salir. El edificio compacto, pegado a otros a lo largo de una calle estrecha, ha dejado paso a edificios periféricos, rectangulares, ahuecados en su centro para hacer sitio a piscinas y parques infantiles –incluso pistas de pádel–, construidos todos de acuerdo a un patrón común que uniformiza el paisaje del extrarradio desde Logroño a Sevilla, pasando por Madrid. Además, los edificios se han elevado dejando a la vista un entramado de pilares que las rejas –como hacen las plantas con las ruinas– se han apresurado a rellenar. Los comercios, que siempre habían sido bien acogidas en los bajos, se han marchado; unos para siempre, y otros al frío exilio de los centros comerciales -los bares resisten-. Incluso los coches, que antes no le hacían ascos a la noche al raso, hoy –con calles tres veces más anchas– no sabrían vivir sin una plaza de garaje. Lo merecen, es cierto: antes casi no se movían y hoy casi no paran entre viajes al colegio, al trabajo, al gimnasio, a los recados, al centro comercial, los viajes de fin de semana, y un largo etcétera.

Mientras, las calles se han hecho tan grandes como inhóspitas –como el miedo que da circular de noche por ellas–. Hemos sido expulsados de la calle; recluidos a vivir una vida dentro de la fortaleza. Y esto no es casual: una calle vacía es una calle llena de prejuicios. La calle es hoy, más que nunca, el lugar donde crecen nuestros miedos; unos miedos que luego nos atormentan dentro de la fortaleza en la que hemos convertido nuestras casas.

Como un guante al que se ha dado la vuelta. Así es la nueva ciudad: con lo de dentro hacia fuera y lo de fuera hacia dentro. Hoy se edifica como antes los niños jugaban al corro: todos cogidos de la mano para no dejar salir y no dejar entrar; con la atención fija en lo que sucede dentro; de espaldas a un mundo con el que no se juega.

Como ha sucedido en otros lugares, estamos renunciando a la calle para encerrarnos en nuestra casa, nuestro coche y el centro comercial. Un modo de vida profiláctico en el que la experiencia vivida deje paso a la experiencia referida. Los vecinos apenas son desconocidos con los que nos cruzamos en el ascensor, o con los que, en el mejor de los casos, intercambiamos unas frases educadas en la piscina. Las urbanizaciones se llenan de cámaras de vigilancia, de “medidas de seguridad”; se construyen como lugares desde los que defenderse de un mundo que está cada vez más alejado de nuestra comprensión.

Se tiene miedo a lo que se desconoce, a lo que no se experimenta. Ergo, para aumentar el miedo basta con reducir la experiencia. La experiencia vivida, el material con el que antes construíamos nuestra imagen del mundo, es remplazado por imágenes y relatos recibidos a través de un vidrio inofensivo y protector –el de la pantalla de la televisión, el de la pantalla del ordenador, el de la ventanilla del coche–. Pero vivir en una fortaleza es vivir en una cárcel.

Este es un urbanismo pensado para aislar, para fragmentar, para destruir redes sociales y comunidades, para facilitar, en definitiva, la manipulación de las estructuras del pensamiento que usamos para decidir. Esta forma de construir no es arbitraria –no es, como dicen algunos, lo que “demanda” un anónimo mercado–. Quienes han diseñado esas calles, quienes han diseñado esos edificios, pretenden volver nuestras cabezas hacia un espacio ideado para transmitir una sensación de seguridad tan fuerte como falsa; un urbanismo pensado para construir una sociedad del miedo; una sociedad alejada del otro.

Y eso no es todo. Donde antes un sueldo bastaba para pagar una vivienda, hoy hacen falta dos. Y dos sueldos significan menos atención a los hijos y a los mayores; hijos que se aparcan en el colegio, mayores que se aparcan en los geriátricos –después, eso sí, de haber atendido a esos mismos niños que se aparcan en los colegios y que sus padres no pueden atender porque pasan todo el día en sus trabajos–.


Hace un par de años, mochila a cuestas por Turquía, visitamos las ruinas de la ciudad greco–romana de Éfeso, a orillas del Mar Egeo. Entrando por la puerta Sur, el viajero se encuentra en primer lugar con el ágora de la ciudad, las termas públicas, el pritaneo –donde se reunían los magistrados– y el pequeño odeón –teatro– destinado a los espectáculos –incluidos los políticos–. Al cruzar la puerta de Hércules, el visitante entra en la Vía de los Curetes, una amplia avenida, arteria principal de la ciudad, a lo largo de la cual, y en apenas medio kilómetro, encontramos fuentes, estatuas, templos, casas, las letrinas públicas de hombres, y, al final de la avenida, el más impresionante monumento de la ciudad –más aún que el magnífico teatro para 27.000 espectadores situado en sus inmediaciones–: la imponente fachada de la Biblioteca de Celso –gobernador romano de Asia Menor–, construida por su hijo Tiberio Julio Aquila, y que llegó a albergar 12.000 manuscritos entre de sus cuatro paredes.

30/3/08

Ratzinger en Ratisbona

Para Thomas H. Huxley (1825–1895), no podía haber ninguna solución intermedia entre la ciencia y la religión tradicional: “Una u otra tendría que desaparecer después de una lucha de duración desconocida”. El conflicto existe sin duda. Hay dos relatos del mundo irreconciliables entre sí: el de las religiones del libro –judaísmo, cristianismo e islam– y el relato de la ciencia.

La ciencia es, sin ningún genero de dudas, revolucionaria. No tanto por sus logros como por su capacidad para avanzar sin necesidad de interrogarse acerca de lo que podríamos llamar el origen de sus principios. Si se acepta la premisa del post algunos dioses innecesarios –esto es, que la ciencia es una disciplina del cómo antes que del porqué– entonces queda sin resolver la pregunta acerca de este último. El cristianismo, tanto como el judaísmo o el islam, pretenden que Dios sea la respuesta a esa pregunta, la causa primera de todas las cosas. Aceptar esto no es entrar en conflicto con el pensamiento científico: Dios es, como se ha señalado, un problema acientífico –responde a una cuestión que la ciencia no se plantea–. Sin embargo el conflicto es inevitable cuando se enfrentan la verdad científica y el relato que estas religiones han construido para dar a conocer a Dios.

En su famoso discurso en la Universidad de Ratisbona
, decía Ratzinger:

“En el trasfondo se da la autolimitación moderna de la razón, expresada clásicamente en las «críticas» de Kant, que mientras tanto fue radicalizándose ulteriormente por el pensamiento de las ciencias naturales.

Este concepto moderno se basa, por decirlo brevemente, en la síntesis entre el platonismo (cartesianismo) y el empirismo, una síntesis confirmada por el éxito de la tecnología. Por un lado presupone la estructura matemática de la materia, y su intrínseca racionalidad, que hace posible entender cómo funciona la materia [y] como es posible usarla eficazmente: esta premisa básica es, por así decirlo, el elemento platónico en el entendimiento moderno de la naturaleza. Por otro lado, se trata de la posibilidad de explotar la naturaleza para nuestros propósitos, y en ese caso sólo la posibilidad de la verificación o falsificación a través de la experimentación puede llevar a la certeza final.”


El discurso de Ratzinger señala dos hechos que
Feynman expresa de un modo mucho más prosaico:

“La prueba de todo conocimiento, es el experimento. El experimento es el único juez de toda verdad científica”.

“Todo está hecho de átomos. Esta es la hipótesis clave. La hipótesis más importante de la biología, por ejemplo, es que todo lo que hacen los animales lo hacen [tiene su origen en] los átomos. En otras palabras, no hay nada que hagan los seres vivos que no pueda ser comprendido desde el punto de vista de que están hechos de átomos que actúan de acuerdo con las leyes de la física.”

Ratzinger viene a decir que no es lícito restringir el conocimiento solo a aquello que es verificable mediante experimento. Nada en la ciencia introduce esta limitación, pero Ratzinger pretende hacer creer que es así. Mediante la restricción de la verdad científica a aquello que es comprobable mediante experimentación, la ciencia solo establece sus límites, no los de la naturaleza o los de la verdad. Precisamente por esto es por lo que el físico habla de “verdad científica”, y no de “certeza final”, una expresión que Ratzinger necesita atribuir a la ciencia de manera fraudulenta para sostener su propio discurso –necesita hablar de la ciencia con el lenguaje de la religión, o sea suplantarlo–.

Ratzinger necesita abrir vías de acceso al conocimiento que no sean aquellas basadas en la experimentación. Nada en la ciencia niega estas vías, y por tanto no debería haber conflicto; ahora bien, el problema es que a través de estas vías pretender comerciar con un material que choca frontalmente con las verdades científicas. Señala Ratzinger que “sigue siendo necesario y razonable interrogarse sobre Dios por medio de la razón y en el contexto de la tradición cristiana.” Es cierto, pero su posición no es fácil; necesita encontrar la manera de sostener hoy una tradición sustentada en verdades como la resurrección de Cristo, una "verdad histórica" que está "ampliamente documentada" -no una resurrección metafórica, sino una resurrección de la carne-.

El problema de Ratzinger no es cómo reconciliar fe y razón a la luz de la modernidad, sino cómo hacerlo a la luz de la tradición cristiana. La exégesis tradicional ha optado por una lectura literal de las Sagradas Escrituras, y este es el problema fundamental: Ratzinger no puede reorientar la lectura del libro sin una ruptura con la tradición que ponga en peligro la continuidad misma de la Iglesia –no puede leer el libro como si no hubiese sido aceptada la resurrección de la carne–. Por ello necesita emplear toda su inteligencia en construir un discurso que haga pasar por racional lo que no lo es en absoluto: “el encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no era una simple casualidad. La visión de San Pablo, ante quien se habían cerrado los caminos de Asia y que, en sueños, vio un macedonio y escuchó su súplica: «¡Ven a Macedonia y ayúdanos!» (Cf. Hechos 16, 6-10), puede ser interpretada como una «condensación» de la necesidad intrínseca de un acercamiento entre la fe bíblica y la filosofía griega”. Ratzinger comprende a la perfección que su labor, dentro de esa batalla señalada por Huxley, es levantar un muro de contención frente al pensamiento científico, y que ese muro ha de asemejarse a aquello a lo que se enfrenta: el discurso de la razón. Pero se trata de verdades irreconciliables: el relato científico –y esto es fundamental– es uno que cualquier puede comprobar por sí mismo; el religioso no; este exige fe antes que razón –una razón sin prueba, por otro lado–.

Sea por la razón que sea –orgullo, fe o incluso responsabilidad –, quienes dirigen la Iglesia se resisten a entregar a sus herederos una Iglesia más débil de la que heredaron. Más allá de la cuestión de la supervivencia de una institución indudablemente política, surge una cuestión fundamental: en ausencia de una autoridad divina, sin representantes de Dios en la Tierra, todos los hombres quedan igualados. Así lo reconoce Ratzinger: “el sujeto decide entonces, basándose en su experiencia, lo que considera que es materia de la religión, y la conciencia subjetiva se convierte en el único árbitro de lo que es ético. De esta manera, sin embargo, la ética y la religión pierden su poder de crear una comunidad [...]” ¿Cuál sería entonces la fuente de legitimidad moral? ¿Qué peso tiene esta pregunta en el discurso de Ratzinger y en su defensa de la continuidad de la Iglesia? Por supuesto, se trata de una pregunta que trasciende los límites de lo religioso.

Pero incluso si se resolviera la batalla entre ciencia y religión, seguiría intacto el asunto fundamental: cómo acceder a eso que podríamos llamar lo inefable, lo trascendente, el misterio -eso ante lo que Lord Chandos decidió callar-. En esa circunstancia, suponiendo que fuera la ciencia la que hubiese vencido en la batalla planteada por Huxley, esta tendría que enfrentarse al mismo problema que hoy lastra a la religión: la literalidad de su relato –un asunto del que se ha ocupado Patrick Harpur en El fuego secreto de los filósofos
–.

Sobre todo este texto planea la sombra de La historia de la Biblia
, de Karen Armstrong, un fragmento del cual cierra este post:

"Baruch Spinoza (1632–1677), un judio sefardí de ascendentes españoles nacido en la ciudad liberal de Ámsterdam, había estudiado matemáticas, astronomía y física, y las había encontrado incompatibles con sus creencias religiosas. En 1665 comenzó a expresar sus dudas, que inquietaron a su comunidad: las contradicciones manifiestas de la Biblia probaban que esta no podía ser de origen divino; la idea de la revelación era un ilusión; y uno había ninguna deidad sobrenatural: aquello a lo que llamamos “Dios” era simplemente la naturaleza misma. El 27 de julio de 1656 Spinoza fue excomulgado de la sinagoga y se convirtió en la primera persona de Europa en vivir con éxito más allá del alcance de la religión establecida."

11/3/08

Sobre mitos electorales

La Ley electoral es una de esas cosas de las que todo el mundo habla, y que todo el mundo desconoce –como el caviar, pongamos por caso–. Uno de los mitos que sobreviven gracias a este desconocimiento es el de la famosa sobre–representación parlamentaria que se atribuye a los partidos políticos minoritarios –entre nosotros, los “nacionalistas”–. El mito no es falso –al menos para algunos partidos–, pero es una verdad contada a medias.

Después de un complejísimo cálculo que lleva unos dos minutos, es posible elaborar la siguiente tabla en la que el “índice de sobre–representación” muestra cuántas veces más diputados tiene una formación en relación a su porcentaje de votos. La tabla está ordenada de mayor a menor.

_______%votos__%escaños_índice de sobrerep.


PNV_____1,20___1,71_____1,43
Na–Bai__0,24___0,29_____1,19
PSOE____43,74__48,29____1,10
PP______40,12__43,71____1,09
CiU_____3,05___3,14_____1,03
CC–PNC__0,65___0,57_____0,88
ERC_____1,17___0,86_____0,73
BNG_____0,82___0,57_____0,70
UpyD____1,20___0,29_____0,24
IU______3,80___0,57_____0,15

Queda claro que el campeón en sobre–representación es, de largo, el PNV, que tiene un 43% más de diputados que de porcentaje de votos, seguido de lejos por Na–Bai, que tiene un 19%. PSOE y PP le siguen con un modesto 10%. ERC, en cambio, tiene un 25% menos de diputados que de votos, y el indiscutible farolillo rojo es IU, que tiene un 85% menos diputados que votos, o sea, casi siete veces menos –algo parecido le sucede a UpyD–. Como se ve, en líneas generales el mito se resiente, sobre todo si consideramos que no es lo mismo un 45% en 6 escaños –PNV– que un 10% en 169 –PSOE–.

Es obvio, pero la mayoría de los españoles lo desconocen –algunos, incluso lo ignoran–: los grandes beneficiados por la Ley electoral son –¡oh, sorpresa!– el PSOE y el PP; la gran perjudicada –¡oh, sorpresa!–, IU –ahora acompañada por UPyD–. Habrán oído muchas veces a los dirigentes del PP –y a algún socialista a título personal– quejarse del poder que la ley actual otorga a las minorías; lo que no oirán es una propuesta de reforma por parte de ninguno de estos dos partidos. Interesan los votos que se ganan con la queja; no la merma de poder que supone cambiarla. Algunos políticos empiezan a hablar de una tímida reforma para llegar hasta los 400 diputados que permite la ley, añadiendo 50 diputados a elegir por circunscripción única –una posibilidad que mejoraría las expectativas electorales de IU–, pero eso es todo lo lejos que están dispuestos a llegar.

La ley electoral se hizo como se hizo con un objetivo: asegurar en sus inicios la viabilidad de un sistema político recién estrenado mediante el fomento de un fuerte bipartidismo, sin perjudicar demasiado a las minorías territoriales –un encaje de bolillos–. Objetivo conseguido. Ahora bien, que los partidos no hablen de ello, no debería ser impedimento para que nosotros sí lo hagamos. ¿Porqué no pensar en posibles mejoras?


La ley establece –creo que está en la Constitución– que la provincia sea la circunscripción electoral. Es decir, se asignan escaños a cada provincia en función de la población –siempre con un mínimo de dos diputados– y luego se asignan estos escaños de acuerdo con la Ley D’Hont.
Puestos a elucubrar acerca de modificaciones en la Ley electoral, se me ocurren dos métodos de asignación de escaños situados en los dos extremos posibles:

- Ley electoral de circunscripción única –España entera– y una asignación proporcional de escaños –tantos votos, tantos escaños–.
Ley electoral con 350 circunscripciones –una circunscripción, un escaño– y una asignación de escaños de tipo “el primero se lo lleva todo”.

Con la primera ley, adiós para siempre a las mayorías absolutas y “mayorías amplias”. Los partidos mayoritarios perderían representación a costa de aumentar más, si cabe, el control del partido sobre los diputados y el peso de los “partidos minoritarios”. Podríamos especular, al tiempo, acerca de qué zonas del país serían las más beneficiadas por la legislación saliente de un parlamente de esta manera constituido: ¿hacia dónde irían las asignaciones presupuestarias? ¿competirían los partidos por el voto de las grandes concentraciones de población o por las zonas más deshabitadas?

La segunda es, para mí, la más deseable: el candidato que más votos saca en su circunscripción se lleva el escaño –haya competido con uno, dos, quince o sesenta y dos candidatos–. Por supuesto, con este método, adiós a las listas cerradas. La mayor ventaja de este sistema es que introduce en la política el concepto de responsabilidad ante la ciudadanía, y que libera al diputado –al menos hasta cierto punto– de la perniciosa idea de la “disciplina de partido” a la hora de votar. Cada diputado es responsable directo ante los electores de su circunscripción –sean o no sus votantes– y el ciudadano se dirige a “su” parlamentario. Solo un sistema como el descrito puede dar lugar a lo visto en el parlamento británico: cien diputados laboristas votando en contra de Tony Blair. Por cierto, ¿creen que IU saldría muy perjudicada con este sistema? Piénsenlo antes de responder. Cuando lo importante es el candidato y no el partido, ¿están en desventaja los pequeños?

Se trata de repartir el poder. En líneas generales, a mayor distribución del poder, mayor beneficio para el conjunto. Ya el sistema electoral con circunscripciones provinciales significa una descentralización del poder: el diputado sabe que debe obediencia al partido que lo pone en la lista, pero al tiempo sabe que no puede apoyar medidas que vayan en contra del territorio en el que ha sido elegido –cosa que no sucedería con una circunscripción única–.

No hay duda de que, con una ley de 350 circunscripciones, el mayor problema sería el establecimiento de los límites de las mismas. El criterio debería ser de población: todas ellas deberían tener un número de población similar (alrededor de 150.000 habitantes); ahora bien, todos los partidos querrían un mapa de circunscripciones que maximizara su número de diputados –imposible ponerse de acuerdo–.


Cámbiese la Ley electoral y nótense de inmediato los beneficios en el poder judicial, en las comisiones parlamentarias, en el nivel de independencia parlamentaria y un largo etcétera. Y si añadimos una reforma de la Ley de financiación de los partidos políticos, ¡sería ya el acabose!