domingo 14 de junio de 2009

Todo va bien

Todo va bien: las tiendas abastecidas, combustible en las gasolineras, colas en cines y restaurantes, se construyen nuevos edificios, carreteras, ferrocarriles, aeropuertos…

Todo está bien: si quieres langosta, encontrarás langosta, si quieres una piscina de champán, tendrás una piscina de champán, si quieres un reloj por el precio de una casa, lo tendrás. Y sin embargo, en un panorama de superabundancia y riqueza –la crisis no cambia esto- hay quienes, como Yann Arthus-Bertrand, nos dicen que “es demasiado tarde para ser pesimistas”. ¿Pesimistas? El mundo cercano, inmediato, el mundo visible no nos da ninguna razón para serlo. Entonces, ¿porqué hay quien dice que hay razones para estarlo?

La frase es de Home, una espléndida película documental que nos recuerda lo absurdo de esa idea, tan arraigada en las culturas construidas sobre los cimientos de las religiones monoteístas, de que somos la especie elegida. No lo somos. Somos tan solo una más entre millones, y los lazos que unen nuestro futuro y el de esas otras especies nos son tan desconocidos como el origen y el destino del universo. Si no somos capaces de asombrarnos sin más ante la maravilla que es el planeta en el que vivimos, si no somos capaces de ver, al menos tendríamos que considerar el argumento anterior y ser más cuidadosos. No deberíamos ser tan atrevidos en nuestra relación con un mundo del que ignoramos tanto.

Se habla estos días de cambiar el “modelo productivo”, pero lo que se ofrece es un cambio de producto, no de modelo. Mientras no cuestionemos esa idea absurda del crecimiento perpetuo del producto interior bruto, seguiremos el mismo rumbo de colisión hacia la catástrofe. El cambio tiene que ser más profundo. Tenemos que repensar lo fundamental, y tenemos que empezar por nosotros mismos.

Por encima de cualquier otra cosa, lo que nos ha separado del mundo es una palabra mínima: la palabra “yo”. Sobre una palabra que tan solo pretendía distinguir la “cosa yo” de la “cosa árbol” o de la “cosa piedra”, hemos erigido el muro formidable del ego, un muro, como todos, ilusorio, un producto de la fantasía. Un muro inútil que tenemos que derribar: mientras no aprendamos a relacionarnos con nosotros mismos, no podremos hacerlo con los demás y con el mundo que nos rodea. No es tarea fácil.

Vivimos tiempos difíciles –si es que alguna vez los hubo fáciles-, y en los tiempos difíciles hacen falta referentes, personas capaces de ver y de hacer ver. Hay muchos. Yann Arthus-Bertrand lo es. También Vandana Shiva.

Esta es una muestra de sus palabras:

Home
Vandana Shiva


sábado 6 de junio de 2009

La primera palabra

Hace un tiempo un amigo me invitó a dar una clase en el IES en el que trabaja. Tema libre. No tenía ni idea de sobre qué montar la clase hasta que recordé un artículo en Babelia de Menchu Gutierrez titulado Sílaba de fuego. En ese artículo Menchu mencionaba unos estudios acerca de la primera palabra. Me pareció que se podía montar algo interesante a partir de ahí. Después de varios meses de espera, por fin pude dar la clase el día 5 de Junio.

Hace mucho tiempo que establecimos una línea divisoria entre nosotros y el mundo. Es una línea trazada por el ego, por el yo. Para encontrar el lugar de uno en el mundo hay que hacerle frente al ego. Esa es la manera de diluir esa ilusión que nos separa de aquel. Hablar de “tu lugar en el mundo” no es otra cosa que reconocer que formamos parte de algo más grande que nosotros, y que estamos relacionados con ese algo como las células lo están con el cuerpo. Durante un hora tuve la sensación de estar cerca de mi lugar en el mundo. Le estoy muy agradecido a mi amigo por haberme ofrecido esa oportunidad. Lo que sigue a continuación es el guión de la clase:



“Nuevas formas revelarán en realidad nuevas cosas”.
Michel Butor

Normalmente usamos el lenguaje para pensar. Hoy, sin embargo, vamos pensar acerca del lenguaje. Vamos en busca de los elementos básicos a partir de los cuales se empezó a construir el edificio del lenguaje, y vamos a ver cómo a partir de elementos simples podemos construir ideas complejas. Vamos a realizar un esfuerzo de imaginación. Puede que algunas de las cosas que vamos a tratar les parezcan extrañas. No importa. A veces pasa mucho tiempo entre el momento en que oímos algo por primera vez y el momento en que lo comprendemos. En ese intervalo las frases permanecerán dentro de nosotros, carentes de significado, hasta que una experiencia concreta les de sentido dando lugar al conocimiento. Vamos a intentar olvidar lo que sabemos y a situarnos por un rato en un mundo tan lejano como el que existía hace unos veinte mil años, o treinta mil, o cuarenta mil años, cuando surgió el lenguaje.

La primera palabra
¿Cuál pudo ser la primera palabra? Es imposible saberlo, pero aunque nunca lleguemos a saberlo, es mucho lo que podemos aprender haciéndonos la pregunta. Para empezar, sabemos cuáles no fueron. Es muy probable que la primera palabra fuese un “no”. Es la más sencilla, la más relacionada con la supervivencia, la menos difícil de inventar, la más parecida a un sonido elemental. Quizás fuese, en su origen, un simple grito pronunciado de una manera diferenciada.

Afirmación, negación, sustantivos.
¿Cuáles fueron las siguientes palabras? Posiblemente los sustantivos. Nombrar “cosas”. Esto significa que aquellos primeros humanos ya tenían suficiente imaginación como para relacionar un sonido salido de su garganta con una piedra o un árbol, con una cosa. Estamos tan acostumbrados al lenguaje que no nos damos cuenta del inmenso salto que supone establecer esa relación. Pero no solo eso; de la misma manera, aquellos primeros humanos fueron capaces de establecer relaciones numéricas entre sus dedos y las cosas: un dedo, una manzana, dos dedos, dos manzanas. E incluso fueron capaces de establecer relaciones más allá de sus dedos: sabían que las estaciones del año se repetían.

Ya tenemos dos elementos: afirmación/negación y sustantivos. Aquellos primeros humanos podían, por tanto, combinar estos elementos para construir otros nuevos haciendo uso de su imaginación. ¿Cómo podrían decir fruta verde o fruta madura? Podían, por ejemplo, combinar la palabra manzana y la palabra piedra para indicar que una fruta estaba dura. No necesitaban inventar una nueva para describir la fruta madura: podían usar las que tenían, mediante combinación, para construir nuevos significados: “manzana piedra” para la fruta verde, “manzana agua” para la fruta madura… Así, partiendo de palabras que nombran cosas concretas, podemos construir significados abstractos, como “maduro”.

Sentido
Además de la memoria y de la capacidad de relacionar cosas en apariencia no relacionadas, aquellos humanos tenían una característica peculiar que dura hasta nuestros días: no les bastaba con nombrar las cosas, además necesitaban encontrar un sentido a esas cosas. No les bastaba con dar un nombre a la tormenta; necesitaban, también, explicarse a sí mismos la tormenta. En esto no hemos cambiado: todos nosotros necesitamos explicarnos las cosas, necesitamos comprender porqué nos quieren, porqué nos abandonan, porqué a veces nos sentimos bien y otras nos sentimos mal, porqué las manzanas caen hacia el suelo. Necesitamos comprender, y sentimos un gran dolor y ansiedad cuando no comprendemos, cuando no somos capaces de explicarnos las cosas.

Sentimientos y Emociones
Así que aquellos humanos primitivos, igual que habían nombrado las piedras, los árboles y los animales, también empezaron a nombrar sus sentimientos y emociones. De alguna manera, tuvieron la genialidad de comprender que esos sentimientos también eran, de alguna manera, “cosas”. De esta manera, por ejemplo, un día llamaron “ira” a lo que les sucedía por dentro cuando un intruso invadía su territorio.

Antropomorfización
Y empujados por esa necesidad de dar sentido, aquellos humanos primitivos se dieron cuenta de que su ira iba acompañada de gritos, de excitación de violencia, y que también la tormenta va acompañada de gritos, excitación y violencia; que los truenos son, de alguna manera, como gritos formidables. Y como tienen memoria recuerdan que las tormentas suelen suceder después de muchos días de sol, así que se preguntaron si la tormenta no sería algo así como “la ira del sol”.

Al fin y al cabo, ¿qué es lo que aquellos humanos conocían mejor? En su intento de dar sentido a las cosas que suceden a su alrededor, hacen uso de lo que conocen, y lo que conocen son ellos mismos, sus sentimientos y emociones. ¿No es este un comportamiento mucho más racional de lo que creemos? ¿Podría ser este el origen de la idea de Dios?

Violentar el lenguaje
Mucho tiempo después, en un giro genial, a uno de los descendientes de aquellos que un día dijeron que la tormenta era la ira del sol, se le ocurre darle la vuelta a la frase por el puro placer de hacerlo y dice: “mi ira es tormenta”. Todo lo que ha hecho ha sido jugar con elementos del lenguaje. Nada más –y nada menos-. Y jugando con el lenguaje ha sido capaz de construir una frase que, violando las reglas del lenguaje, es capaz de expresar, mucho mejor que cualquier frase que respete esas mismas reglas, un estado de ánimo, un sentimiento. Esto es la poesía: ejercer violencia sobre el lenguaje para construir sentido y significado.

En la Odisea de Homero, podemos leer lo siguiente: “caminan oscuros por la noche silenciosa”. Es una frase mal construida: la noche puede ser silenciosa, pero la gente no puede “caminar oscura”. La frase correcta sería “caminan silenciosos por la noche oscura”. ¿Qué ha sucedido con el sentido, con el significado, cuando quebramos las reglas del lenguaje? ¿Cuál de las dos frases proporciona una mejor representación de aquello que se quiere expresar?

Extrañamiento
Durante miles de años, alrededor del fuego, generación tras generación, millones de humanos han seguido jugando con el lenguaje, dándole nuevos giros, inventando nuevas historias, creando nuevas palabras y estructuras hasta legarnos este extraño instrumento que hoy todos creemos conocer tan bien. ¿lo conocemos tan bien como creemos? Estamos tan familiarizados con su uso que hemos dejado de asombrarnos con él. Mientras miramos las cosas con “normalidad”, las cosas son invisibles. Solo cuando empezamos a mirar las cosas con cierta extrañeza podemos empezar a ver. Eso mismo ocurre con el lenguaje.

De las cosas al lenguaje, del lenguaje a las cosas.
Así, hemos visto que las cosas llevan al lenguaje, pero hemos visto también que el lenguaje lleva a otras cosas, que no son aquellas que lo originaron, y cuyo descubrimiento solo se consigue cuando uno juega con él. Porque el lenguaje a veces nombra cosas que conocemos, y otras nos permite conocer cosas que no hemos nombrado.

viernes 22 de mayo de 2009

Los hombres huecos

Y para controlar y organizar fábricas y ejércitos, círculos literarios, las vacaciones estivales de las personas, sus sentimientos maternales, cómo respiraban y cantaban, hacían falta líderes. La vida había perdido el derecho a crecer como la hierba, a agitarse como el mar. Liss consideraba que había cuatro tipos de líderes.

El primer grupo estaba formado por hombres de una pieza, a menudo desprovistos de una particular inteligencia o de capacidad de análisis. Estas personas adoptaban eslóganes y fórmulas de los periódicos y las revistas, citas de los discursos de Hitler y artículos de Goebbels, de los libros de Frank y Rosenberg. Sin tierra firme bajo sus pies, estaban perdidos. No reflexionaban sobre las relaciones ente diferentes fenómenos y, con cualquier pretexto, se mostraban crueles e intolerantes. Se lo tomaban todo en serio: la filosofía, la ciencia del nacionalsocialismo y sus oscuras revelaciones, los logros del nuevo teatro y la nueva música, o la campaña electoral del Reichstag. Como escolares, se reunían para empollar el Mein Kampf, hacían resúmenes de conferencias y folletos. Por lo general, llevaban una vida modesta, a veces pasaban necesidades, y estaban más dispuestos que el resto de las categorías a ofrecerse voluntarios para cubrir puestos que los separaban de sus familias. En un primer momento Liss había tenido la impresión de que Eichmann pertenecía a esta categoría.

El segundo tipo estaba constituido por los cínicos inteligentes, los hombres que estaban al corriente de la existencia de la varita mágica. En compañía de amigos de confianza, se reían de muchas cosas: de la ignorancia de los nuevos doctores y profesores, de los errores y la moral de los Leiter y los Gauleiter. El Führer y los ideales sumpremos eran la única cosa de lo que no se reían. Estos hombres vivían normalmente a cuerpo de rey, bebían mucho, y su presencia era cada vez mayor en los peldaños superiores de la escala jerárquica del Partido que en la base, donde predominaban los jefes del primer grupo.

En la cúspide regía una tercera categoría: allí solo había lugar para ocho o nueve personas, que admitían a unas quince o veinte más en el seno de sus reuniones. Se trataba de un mundo sin dogmas donde se podía discutir de todo en plena libertad. Allí, nada de ideales; solo pura matemática y la alegría de los grandes maestros que no conocían la piedad.

A veces Liss tenía la sensación de que en Alemania todo giraba en torno a ellos, a su bienestar.

Liss también había constatado que la aparición en la cúspide de personas con facultades limitadas siempre presagiaba acontecimientos siniestros. Los controladores del mecanismo social elevaban a los dogmáticos sólo para confiarles las tareas más cruentas. Y éstos, necios, disfrutaban por un tiempo de la ebriedad del poder, pero luego, una vez cumplido el trabajo, eran borrados del mapa; a menudo corrían la misma suerte que sus víctimas. En la cima quedaban, como antes, los imperturbables maestros.

Los simplones, los que correspondían al primer tipo, estaban dotados de una cualidad excepcionalmente valiosa: eran del pueblo. No se limitaban a citar a los clásicos del nacionalsocialismo, también hablaban la lengua del pueblo. Su rudeza parecía sencilla, popular. Sus bromas provocaban la risa en las reuniones obreras.

El cuarto tipo era el de los ejecutores, hombres que eran completamente indiferentes al dogma, a las ideas, a la filosofía; también estaban privados de capacidad analítica. El nacionalsocialismo les pagaba y ellos le servían. Su única pasión eran las vajillas, los trajes, las casas de campo, los objetos de valor, los muebles, los automóviles, los frigoríficos. No les gustaba demasiado el dinero porque no creían en su estabilidad.

Liss aspiraba a mezclarse con los altos dirigentes, soñaba con su compañía y su intimidad; allí, en el reino de la inteligencia y la ironía, de la lógica elegante, se sentía a gusto, bien, cómodo.

Pero a una altura aterradora, por encima de aquellos líderes, por encima de la estratosfera, había un mundo oscuro, incomprensible, confuso, cuya falta de lógica era inquietante, y en aquel mundo superior imperaba el Führer.

Lo que más atemorizaba a Liss de Hitler era la inconcebible yuxtaposición que se daba en él de elementos contradictorios: era el maestro absoluto, el gran mecánico, dotado del cinismo y la crueldad matemática más refinada, superior a la de todos sus colaboradores más estrechos juntos. Pero, al mismo tiempo, poseía un frenesí dogmático, una fe fanática y ciega, una falta de lógica bovina que Liss sólo había encontrado en los niveles más bajos, casi subterráneos, de la dirección del Partido. Creador de la varita mágica y sumo sacerdote, era al mismo tiempo un feligrés oscuro y frenético.

Y ahora, mientras seguía con la mirada el coche que se alejaba, Liss sintió que Eichmann había suscitado en él aquel confuso sentimiento que al mismo tiempo aterrorizaba y atraía y que hasta el momento sólo le había provocado una sola persona en el mundo: el Führer del pueblo alemán, Adolf Hitler.

Vida y destino
Vasili Grossman
Galaxia Gutemberg, Círculo de Lectores

Así que a mí nadie me gana en lo que se refiere a pedir justicia o equidad. Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De este tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombres huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que van por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas.

[…]

Pero quiero que recuerdes una cosa, Kafka Tamura. Y es que los que mataron al novio de adolescencia de la señora Saeki no fueron otros que esa clase de sujetos. Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicio personales pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación son igual que parásitos. Provocan cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí –Oshima señala las estanterías con la punta del lapiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca-. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa.

Kafka en la orilla
Haruki Murakami
Tusquets Editores

lunes 4 de mayo de 2009

La tragedia griega según Aristóteles

“¿Sabes, Kafka Tamura? Lo que tú estás sintiendo ahora no es otra cosa que el conflicto central de la tragedia griega. No es la persona la que elige su destino, sino el destino el que elige a la persona. Ésta es la concepción del mundo en la que se fundamenta la tragedia griega. Y la tragedia, según Aristóteles, irónicamente, no surge de los defectos del protagonista, sino de sus virtudes. ¿Entiendes a qué me refiero? Son las cualidades, no los defectos, los que arrastran al hombre a la tragedia.”

Kafka en la orilla
Haruki Murakami
Tusquets editores

Dos metáforas de la vida, por Haruki Murakami

"De la misma manera que un relato que empieza a ser contado con brío antes de que comiencen a enmarañarse las palabras, el sendero, conforme va avanzando, va estrechándose cada vez más, cediendo su dominio a los hierbajos. Las zonas allanadas van desapareciendo y se hace más difícil adivinar si se trata de una senda o simplemente lo parece. Y al final muere en un mar verde de helechos. O quizás la senda prosiga hasta más adelante. Sin embargo, será mejor que aguarde a la siguiente ocasión para comprobarlo. Para seguir adelante necesitaría preparar ciertas cosas y un atuendo de los que ahora carezco."


"Kafka Tamura, en la vida de los hombres hay un punto a partir del cual ya no podemos retroceder. Y, en algunos casos, existe otro a partir del cual ya no podemos seguir avanzando. Y cuando llegamos a ese punto, para bien o para mal, lo único que podemos hacer es callarnos y aceptarlo. Y seguir viviendo de esa forma."

Kafka en la orilla
Haruki Murakami
Tusquets editores

domingo 3 de mayo de 2009

Salir para saber

"Sobre el perfil del lector de mi narrativa, en mi intención no está dirigirme sólo a los militantes como Diego sino, sobre todo, al menos hasta el momento, a un conjunto de personas quienes, si bien sabemos algo, en cierto modo aún no sabemos que lo sabemos, como cuando a veces estás dentro de un bar y hay humo y ruido, y gente con quien no tienes muchas cosas que compartir, pero sigues ahí hasta que, casi sin pensarlo, decides salir fuera y la calle está tranquila, el aire es fresco, hay silencio, te encuentras bien afuera, quizá hablas con alguien que también ha salido y paseas y el aire te da en la cara, y te dices que ahora sabes que sabías que ese bar no era tu sitio, ni en realidad querías estar ahí dentro."

Un pistoletazo en medio de un concierto
Belén Gopegui
Editorial Complutense

miércoles 15 de abril de 2009

Palabra

“Antes del mar, de la tierra, y del cielo que todo lo cubre, la naturaleza tenía en todo el universo un mismo aspecto indistinto, al que llamaron Caos: una mole informe y desordenada, no más que un peso inerte, una masa de embriones dispares de cosas mal mezcladas.”

Metamorfosis
Ovidio
Editorial Espasa Calpe

“Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos, y las tinieblas cubrían el abismo, pero el espíritu de Dios alentaba sobre las aguas. Entonces dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz.”

Génesis 1.1

“En el principio existía el Verbo
y el verbo estaba con Dios
y el verbo era Dios
Él estaba en el principio con Dios
Todo fue hecho por él
y sin él nada se hizo
cuanto está hecho.”

Juan 1.1


Me traen sin cuidado las exégesis de las Escrituras. Estas palabras fascinan, sobre todo si uno mantiene distancia con la teología, la ortodoxia, o cierta apropiación colectiva propiciada por la una y por la otra. Así que dejémonos seducir por ellas.

Dice el Génesis que Dios creó el cielo y la tierra, pero no la luz; la luz fue dicha -la misma luz, claro está, que desprende el fuego que Prometeo robó a los dioses-. Es decir, la creación entendida como un acto lingüístico en el que “las cosas se hacen con palabras” –J.L.Austin-.

Antes de la palabra todo tenía ese “mismo aspecto indistinto” del que habla Ovidio, y es solo por la palabra que el mundo existe. El lenguaje, como es obvio, nombra, pero lo que nos dicen los escritos bíblicos es que ese nombrar, además, es un crear.

En vano busquen los paleontólogos el primer rastro humano en simas y cuevas. No es ahí donde habita. La palabra es la frontera que lo define, y el rastro de aquella primera palabra hace tiempo que se diluyó en el aire en el preciso instante en que fue pronunciada. Desde entonces nuestro combate con el mundo es un combate con la palabra, porque somos tanto como lo que podamos decir. Así, ese primer acto de creación, ese Verbo del que habla el Génesis, no es más que un acto fundacional, en absoluto definitivo; un acto sin fin, interminable, que renovamos cada vez que ponemos una palabra tras otra para construir un mundo que se resiste a ser ordenado de acuerdo a nuestro lenguaje.

Es una lucha tan imposible como inevitable, pero no podemos ser otra cosa sino palabras.

martes 14 de abril de 2009

Niño

“El niño es un reflejo de nosotros mismos. No nos precede, sino que es la excrecencia que dejamos al mundo. Que aprendamos de él sólo explica lo ignorantes que somos.

Los estamos alejando de nosotros, so pretexto de defenderlos. Porque también nosotros, con el mismo pretexto, nos alejamos de nosotros. Caemos presa de un engaño muy simple: creer que un niño es la posibilidad de ser como nosotros; pero es la definición de lo que hemos sido. Por eso lucha.”

Cien niños
Juan Carlos Suñén
Ediciones Cátedra

lunes 13 de abril de 2009

Destino

“-La casualidad no es un lujo, es la otra cara del destino y también algo más –dijo Johns.
-¿Qué más? –dijo Morini.
-Algo que se le escapaba a mi amigo por una razón muy sencilla y comprensible. Mi amigo (tal vez sea una presunción por mi parte llamarlo así) creía en la humanidad, por lo tanto creía en el orden, en el orden de la pintura y en el orden de las palabras, que no con otra cosa se hace la pintura. Creía en la redención. En el fondo hasta es posible que creyera en el progreso. La casualidad, por el contrario, es la libertad total a la que estamos abocados por nuestra propia naturaleza. La casualidad no obedece leyes y si las obedece nosotros las desconocemos. La casualidad, si me permites el símil, es como Dios que se manifiesta cada segundo en nuestro planeta. Un Dios incomprensible con gestos incomprensibles dirigidos a sus criaturas incomprensibles. En ese huracán, en esa implosión ósea, se realiza la comunión. La comunión de la casualidad con sus rastros y la comunión de los rastros con nosotros.”

2666
Roberto Bolaño
Editorial Anagrama

Mirada

En el año y poco que llevo escribiendo en este blog, todavía no he escrito nada sobre la Escuela de Letras de Madrid. Hablar de la mirada es una buena ocasión para hacerlo.

Hay momentos y lugares que depositan sobre nosotros el manto de tierra fértil que deja una inundación tras de sí. Y con el tiempo, cuando uno mira la secuencia de esos estratos, comprende que esa superposición nos cuenta una historia que solo existe por acumulación. Algo así me sucede con la Escuela de Letras. Como los geólogos que al horadar la tierra descubren ese estrato peculiar que les indica un acontecimiento decisivo: la inundación, el terremoto o el incendio, hechos significativos que cambian el paisaje, que alteran el rumbo.

Con el tiempo, uno olvida muchas cosas, algunas superfluas y otras no, pero queda un poso que se puede oír como un recordatorio permanente de algo fundamental, apenas unas pocas frases: “aprender a mirar”.

La mirada, inseparable de la palabra, un acto de la voluntad antes que del ojo, un ejercicio de atención, una decisión.