20/12/13

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El 2013 llegó mientras daba buena cuenta de un bocata de lomo y una coca cola en el campo base del Aconcagua. Releía en aquellos días En los oscuros lugares del saber, de Peter Kingsley. Para empezar la crónica del viaje usé un texto del libro, misterioso como un koan -que señala el camino y oculta el secreto-:

“Por lo general, cuando algo nos es ajeno se debe a que no guarda ninguna relación con nosotros, ni nosotros con ello. Sin embargo, lo que nos resulta menos familiar es lo que tenemos más cerca y hemos olvidado."

¿Qué es eso que tenemos más cerca y hemos olvidado? A menudo subrayo frases que no entiendo. Las guardo a la espera de que encuentren su sitio. Elegir esa cita era una forma de predisponerse a escuchar la voz de lo olvidado. Meses después de Kingsley llegó William Blake y su Voz del Diablo:

"El Hombre no tiene un Cuerpo distinto de su Alma; pues lo que llamamos Cuerpo es una porción de Alma discernida por los cinco Sentidos, las puertas principales del Alma en esta era".

Kingsley formula la pregunta. Blake señala el camino...

Hace un tiempo distinguía Alejandro Gándara entre derrota y fracaso. Sobre el fracaso decía:

"Resulta que no te ha salido bien y tú lo sabes. No importa lo que te digan. Tú lo sabes. (Claro que vas a buscar la aquiescencia por los alrededores y que vas a mentirte cuanto puedas, lo que pasa es que de todos modos vas a enterarte de que no eras tan bueno como pensabas). He aquí el fracaso. Y con eso hay que ponerse a lidiar, cosa que a nadie le gusta y que muy pocos hacen (si es que hay alguno). En mi opinión, de esta falta de valor para encarar la propia insuficiencia procede gran parte de la miseria y de la maldad de los individuos."

En algún momento uno se da cuenta de que esa sensación de fondo que nos acompaña a menudo, parecida a la tristeza o a la melancolía, no tiene nada que ver con lo que ocurre fuera, sino con lo que está dentro y no dejamos crecer. La tristeza no es otra cosa sino la voz de esa parte ignorada; de lo que tenemos más cerca y hemos olvidado. Y el fracaso tiene mucho que ver con eso. Fracasar es no dejarse ser, aceptarse incompleto, persistir en el olvido... Hay un camino alternativo: usar el fracaso como impulso para saber quién eres, y darte la oportunidad de serlo.

Sospecho que lo que necesitamos está ya en nosotros. Para encontrarlo solo tenemos que aprender a mirar, aprender a escuchar, aprender a respirar. Este ha sido un año de incertidumbre, de soledad a veces, de claridad otras, de errores y equivocaciones, de casualidades y sorpresas, de descubrimientos, de apertura y aprendizaje, pero también de momentos de atención plena en los que por un instante desaparece el yo que nos separa del mundo y con él la tristeza. En aquella montaña encontré la motivación, y quizás también ciertas claves, para empezar la búsqueda de esa mitad olvidada. Kingsley y Blake señalaban la dirección en la que había que moverse: hacia el cuerpo, hacia los sentidos, hacia la tierra. Dudo mucho que haya completado la tarea, pero nos movemos.

El año pasado traje aquí un cuento de Italo Calvino. Este año os dejo una carta de Laurie Anderson, la compañera de Lou Reed. Como en el cuento de Marco Polo y el Gran Kan, la carta de Laurie es una invitación a descubrir todo lo milagroso que hay en lo cotidiano, a ver todo lo bueno y lo bello que nos rodea, y que tanto empeño ponemos en pasar por alto:


Hagamos que dure, y dejémosle espacio…

18/7/13

A paso de guía viejo de Chamonix

El 2 de Octubre de 2011, mientras descendía de su intento de cumbre en el Cho Oyu (8.201 m), Pepe Quintana se cayó.

Es de noche y cruzamos Francia en dirección a Chamonix. Conduzco mientras Pepe me relata los detalles de la caída y de los cuatro días que pasó a más de 7.500 m. Me cuenta las alucinaciones previas a la caída, la Berlingo que se le aparecía en esos momentos de delirio, habla de su deseo de saber qué ocurrió durante aquellas horas de las que solo recuerda sueños. Que sobreviviera a aquella caída es el resultado de una cadena de felices coincidencias, de pequeños milagros alineados en dirección a la vida. De todos ellos, el más decisivo quizás, fue la presencia de Jordi Tosas en el Cho Oyu y su determinación de bajar a Pepe del Campo 2 a toda costa. Lo que hizo Jordi aquellos días solo se puede calificar de heroico. Sin él, sin Bil y sin Javier Garrido, Pepe se hubiese quedado allí para siempre. Tuvo suerte, pero pagó un precio por volver a la vida: el pié izquierdo.

Pepe habla desde la distancia de quien ha asumido lo ocurrido. Sufre por lo perdido, que no es el miembro amputado, claro está, sino el andar por la montaña con la soltura con la que este mentor de tantos montañeros ha andado siempre. Es un sufrimiento legítimo.

En su libro El Elemento, Ken Robinson habla de los “proam”, los “professional amateurs”, gente que se dedica como aficionado a una actividad con el mismo nivel de exigencia que lo haría un profesional. Pepe es un proam de la montaña. Sus conocimientos y experiencia están a la altura de un guía UIAGM. Ha subido once veces el Mont Blanc, y  por eso sus amigos pensaron que esta cima debía acogerle en su reencuentro con la alta montaña. Han estado preparando este viaje durante varios meses. Saben que es pronto, que ha sido mucho tiempo sin andar por la montaña, que la adaptación a la prótesis aún está lejos de ser la óptima, pero confían en el poder mágico que la montaña ejerce sobre Pepe. Por eso estamos todos aquí: para acompañarle en este reencuentro.

Los primeros días en Chamonix los dedicamos a hacer salidas cortas: la Mer de Glace, la Petite Verte, la Aiguille du Midi, el Plan de la Aiguille… El paso de Pepe es lento, pero sorprendentemente preciso. No falla un paso. En el camino a la Mer de Glace tenemos que bajar los largos tramos de escalera que hay en la pared rocosa. Bajo y subo a medio metro de él. Me impresiona la precisión de sus movimientos. Baja las escaleras con la lentitud de Neil Armstrong descendiendo del módulo lunar. El tamaño de las botas no hace sino acrecentar el parecido. Aquí no hay un gran paso para la Humanidad; aquí la humanidad se alcanza un pequeño paso tras un pequeño paso tras un pequeño paso; a paso de guía viejo de Chamonix, como siempre dice Pepe. Pienso en lo metafórico de esas escaleras: el descenso a los infiernos, la estancia en ellos, y la ascensión a la luz. De eso va este viaje: vamos a subir algo más que una montaña.

Durante todos estos días, alrededor de la bota de vino que siempre le acompaña, Pepe se muestra entusiasmado: su memoria de montaña es enciclopédica: lo conoce todo, lo sabe todo. No para de hablar de este o aquel pico, de esta o aquella vía, de este o aquel montañero. Y como le sucede a quienes aman tanto algo, entiende mejor a la montaña que a las personas -lo que le ha causado más de un problema a este montañero tan generoso-. Las narraciones habituales describen a los amputados como personas taciturnas, atormentadas, enfadadas. No es el caso: Pepe agradece la menor muestra de amabilidad que se le brinda, ríe todas las bromas, y nunca falta la bota para ofrecer un trago. A veces se enfada, claro, pero se enfada con lo que no comprende, rabia cuando falla un paso: orgullo de montañero viejo.

Subimos en el tren cremallera que va a de St Gervais a Nid d’Aigle. Pepe mira por la ventana con su gorra siempre ladeada como los mecánicos de avión de las películas. Está abstraído de todo lo que le rodea, nosotros incluidos. Solo mira el paisaje. Me pregunto qué piensa en estos momentos, tan cerca de comenzar la primera etapa de la ascensión. Su rostro está tranquilo, lejos de todo, como un meditador, como un yogui. Sin palabras, sin conflictos, sin mundo: solo él y la montaña. Los demás andamos distraídos en nuestras conversaciones. Él está. Con su paso lento y preciso llegaremos a Tête Rousse sin problemas. Le abrazamos y nos felicitamos por este primer paso. Cada etapa finalizada es ya una pequeña cima.

El siguiente día toca trepada por el espolón rocoso que une los refugios de Tête Rousse y Goûter. Javier Garrido, guía y sobre todo amigo de Pepe, organiza la subida. Nos pide que les dejemos a Pepe, Ángel y a él algo de espacio para despreocuparse durante la subida, así que apenas les vemos hasta llegar al refugio. Subimos trepando con las botas dobles, los crampones y la mochila cargada. La subida no es difícil, pero cualquier traspiés aquí es peligroso. El paso de “la bolera” es lo más conocido, pero durante toda la subida uno no deja de pensar con algo de intranquilidad que en dos días hay que bajar por ese mismo espolón. Al llegar al refugio me pregunto cómo carajo ha subido Pepe. ¡A mí hay pasos que me han costado! ¿Cómo lo ha hecho? De nuevo, llegamos a Goûter con el mismo pensamiento que el día anterior: aunque solo sea hasta aquí, todos podemos estar más que satisfechos, pero mañana lo vamos a intentar.

A las dos de la mañana estamos desayunando. Es el gran día. A las tres estamos preparándonos para la ascensión. Crampones, frontal, arnés, cuerda… Hace una noche fantástica: llevo unos guantes finos con los que pasaría frío en la bici, pero esta noche son suficientes para caminar por la nieve. Nos encordamos en grupos como habíamos planificado, y unos tras otros vamos saliendo. Pepe sigue asombrándonos con su paso. Avanzamos durante la noche cerrada por las rampas que suben al Dôme de Goûter. Me siento muy fuerte. Presto atención a la tensión de la cuerda para ver cómo va Luisa, mi compañera de cordada. Queda mucho por delante y voy atento: trato de que no nos separemos mucho entre los grupos, de estar cerca de Pepe, Javier y Ángel, que son nuestra referencia. Durante la subida tengo una de las visiones más extrañas de mi experiencia en montaña: miro hacia abajo, al valle, y veo las luces de Chamonix y del resto de poblaciones. Es una combinación inesperada: es el tipo de paisaje nocturno que uno ve desde el confortable interior de un avión, pero que uno no espera ver caminando por la montaña. Poco después llega la segunda imagen, una de las más hermosas que recuerdo en la montaña: al coronar el Dôme, aparece de repente la cumbre del Mont Blanc frente a nosotros. Es una imagen indescriptible, imponente, hermosísima, que ninguna cámara puede captar en toda su dimensión, y que incluso al ojo le cuesta abarcar. Las primeras luces de la mañana otorgan al monte nevado una luz indescriptible. Es una visión magnífica, que se impone sobre cualquier otro pensamiento. Poco después Luisa se siente mal y decide darse la vuelta. Pepe Cordón se bajará al refugio con ella y los demás seguiremos. Permanecerán allí un buen rato, observando nuestra progresión.  Vemos las luces de las frontales de quienes nos preceden caminando por las aristas que conducen a la cumbre. El día se abre paso poco a poco mientras ascendemos. La concentración en cada paso que damos, y en el compañero de cordada, nos distraen de un paisaje cada vez más aéreo y hermoso. Hago pequeñísimas paradas para mirar alrededor. Me gustaría que fuesen más largas, poder detenerme y mirar, pero hay que seguir y hay que estar muy concentrado. Trato de retener en la retina imágenes que recordar después: los glaciares, la arista por la que caminamos, la altura, la enormidad de todo lo que nos rodea. El día avanza y nos acercamos a la cumbre. No me lo acabo de creer. Pienso que lo vamos a conseguir. Deseo con todas mis fuerzas que nadie diga que no sigue, que lleguemos como sea. Empiezo a pensar que lo vamos a conseguir. Sin saber muy bien cómo llegamos a la arista cimera. La cumbre está ahí delante, a unos pocos minutos. Durante los últimos pasos empiezo a sollozar. No me lo creo. ¡Vamos a llegar! ¡No sé cómo carajo lo ha hecho, pero Pepe está ahí delante, a punto de coronar su queridísimo Mont Blanc por duodécima vez! Y de repente estamos en la cumbre… Lloro, lloro como un niño desconsolado. No me lo puedo creer. Lloro por haber hecho cumbre y también por Pepe, por lo que acaba de hacer. Creo que ninguno pensábamos que lo fuese a lograr, pero aquí está, en la cima del Mont Blanc. Pepe, Javier, Ángel, Pablo y yo nos abrazamos emocionados. Como el resto, estoy impresionado por la determinación y la voluntad de este montañero al que nunca se le oye quejarse. Una vez más, comprendo que las montañas no se suben con las piernas, sino con la cabeza. Pepe nos ha dado una lección inolvidable. Unos días antes, en Chamonix, Pepe me decía que después de muchos años había adquirido una especie de sexto sentido que le permitía saber cuando se daban las condiciones para subir, y si iban a hacer cumbre o no, y que esta vez tenia el presentimiento de que íbamos a llegar. Su intuición ha acertado de nuevo.

Pepe ha demostrado algo importante: que no es lo mismo estar amputado que ser un discapacitado. Que la amputación es un hecho objetivo, insoslayable, pero que la discapacidad es algo más maleable: es el resultado de la relación entre nuestros deseos y nuestras habilidades. Conozco discapacitados sin amputar, y amputados sin discapacidad. Respetando nuestros límites, y eligiendo nuestros deseos con inteligencia, estamos siempre en el buen camino hacia la felicidad.

Pienso en la película El piano, en esa mujer a la que un marido enloquecido corta un dedo por venganza, y en cómo tiempo después su amante le fabrica uno metálico para que vuelva a hacer lo que más ama: tocar el piano. Eros y Tánatos. La pulsión de vida frente a la pulsión de muerte. El amor de la mujer por la música, y el amor del amante por la mujer, son lo que salvan a ambos personajes de la muerte en vida. Creo que eso fue lo que impulsó la voluntad de Pepe: su inmenso amor por la montaña, por esta montaña. Pepe habla a menudo de su miembro fantasma, ese miembro que murió cerca de la cima del Cho Oyu. De aquí en adelante, no habrá más fantasmas que ese miembro que se hace sentir sin estar. Todos los demás han sido derrotados finalmente al alcanzar esa cima.

Esté donde esté su admirado Gaston Rebuffat, no tengo la menor duda de que ha mirado con cariño y admiración esta ascensión, y también sé que hubiese defendido la pertinencia de otorgar a Pepe un honor solo reservado a los nacidos en el valle: ser guía -viejo- de Chamonix.

2/5/13

El cuerpo y el alma

Días de leer sobre el cuerpo y el alma. Unos versos de Blake:

El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma, ya
que el llamado cuerpo no es más que una porción del alma
discernida por los cinco sentidos, que en este tiempo son las
principales puertas del alma.

William Blake
El matrimonio del cielo y el infierno

29/1/13

Igjugarjuk el chamán

Igjugarjuk era un chamán esquimal caribú de una tribu que habitaba las tundras del norte canadiense. De joven había tenido constantemente sueños que no podía interpretar. Desconocidos y extraños seres se acercaban y le hablaban; y cuando se despertaba lo recordaba todo tan vívidamente que podía describirlo exactamente a sus amigos y familia. La familia, preocupada, pero sabiendo lo que ocurría, le enviaron junto a un viejo chamán llamado Peqanaoq, quien, tras diagnosticar el caso, colocó al joven en un trineo lo suficientemente grande para que pudiese sentarse, y en lo más crudo del invierno –en la absolutamente oscura y helada noche del invierno ártico- le llevó a un lejano yermo ártico y allí construyó para él un pequeño refugio de nieve con apenas sitio para sentarse con las piernas cruzadas. No le estaba permitido ponerse de pie sobre la nieve, pero fue llevado del trineo al refugio y le sentó en un trozo de piel en que apenas cabía. No le dejó ni comida ni bebida. Le fue dicho que pensase solo en el Gran Espíritu que aparecería, y fue dejado allí solo durante treinta días. Cinco días después el anciano regresó con algo de agua caliente para beber, y al cabo de quince días más, con una segunda bebida y un poco de carne. Pero eso fue todo. El frío y el ayuno eran tan severos que, como Igjugarjuk le contó a Rasmussen, “a veces moría un poco”. Y durante todo ese tiempo pensó y pensó, y pensó en el Gran Espíritu, hasta que, hacia el final de la penosa experiencia, de hecho llegó un espíritu benéfico en forma de mujer que pareció materializarse en el aire. Nunca volvió a verla, pero se convirtió en su espíritu benéfico. Entonces, el chamán más viejo le llevó de nuevo a casa, donde le fue ordenado ayunar y estar a régimen durante otros cinco meses; y, tal como contó a su huésped danés, dichos ayunos, a menudo repetidos, son los mejores medios para alcanzar el conocimiento de las cosas escondidas. “La única sabiduría verdadera”, dijo Igjugarjuk, “vive lejos de la humanidad, en la gran soledad, y sólo puede ser alcanzada mediante el sufrimiento. Solo la privación y el sufrimiento abren la mente de un hombre a todo lo que permanece escondido para los demás”.

Los mitos
Joseph Campbell
Editorial Kairós 

15/1/13

Aprender a vivir. Crónica del Aconcagua.

“Por lo general, cuando algo nos es ajeno se debe a que no guarda ninguna relación con nosotros, ni nosotros con ello. Sin embargo, lo que nos resulta menos familiar es lo que tenemos más cerca y hemos olvidado.

[…].

Podría decirse que este proceso de despertar es profundamente sanador si no fuera porque hemos llegado a una idea de salud tremendamente superficial. Para la mayoría de nosotros, la curación es lo que hace que nos sintamos cómodos y lo que alivia el dolor. Es lo que mitiga, lo que nos protege. Y sin embargo, con frecuencia aquello de lo que queremos ser sanados es lo mismo que nos curará si podemos soportar la incomodidad y el dolor.

[…]

La verdad es sencilla, de una hermosa sencillez: si queremos crecer, convertirnos en verdaderos hombres y mujeres, tenemos que enfrentarnos a la muerte antes de morir. Tenemos que descubrir lo que es para poder escabullirnos entre bastidores y desaparecer. Nuestra cultura occidental nos lo impide cuidadosamente.”

En los oscuros lugares del saber.
Peter Kingsley.
Atalanta.

Leí el libro hace varios años. Si tuviese que quedarme con un libro de todos los que he leído, será este. No por lo que cuenta, sino por lo que refiere. El libro es una lectura heterodoxa del poema de Parménides, el poema fundacional de la filosofía occidental. Una lectura que habla de la filosofía como amor a la sabiduría antes que como un discurso de la razón, y que muestra a los pitagóricos como sanadores antes que cómo científicos. Igual que existe el maridaje entre vinos y comidas, existe el maridaje entre libros y viajes: hay que dejar que se crucen entre sí, que la lectura oriente la mirada del viajero, y que el viaje oriente la mirada del lector. El Aconcagua era una buena ocasión de releer a Kingsley.

Lo que sigue es una crónica del viaje a la montaña más alta del continente americano. Es cronológica, pero también emocional y sentimental; tanto como permite la elaboración de la memoria.

25/12/2012. Disonancias cognitivas.

Aeropuerto de Guarulhos, Sao Paulo, Brasil. En la sala de embarque del avión a Buenos Aires una televisión emite un potaje de mensajes. Un anuncio corporativo de General Electric habla de cómo la corporación ayuda a Brasil a desarrollar sus proyectos de movilidad. En otro, una especie de predicador insta a los brasileños a pelear por tener acceso a una energía más barata. En un tercero aparecen las obras de ampliación del aeropuerto. Por la ventana vemos un movimiento frenético de tractores, furgonetas, coches… “Toda la gasolina que se quema sin que se mueva un solo avión”. Movimiento, tránsito, velocidad… Me vienen a la cabeza los curries de Fraggle Rock. Aunque normalmente soy un curry, supongo que hoy soy el fraggle que se come lo que los currys producen. Entre todo esto, la tele emite un anuncio sobre sostenibilidad. “Hay que mantener la Tierra limpia, como mantenemos nuestra casa limpia. Eso es la sostenibilidad”. “Somos necesarios para la sostenibilidad del planeta”. El taxista que me llevó a Atocha me iba indicando todos los bares cerrados que el año anterior estaban abiertos. Después de su largo y disparatado análisis sobre la crisis, su sentencia final fue: “en una palabra, esto es insostenible. Lo que hay que hacer es crear empleo”.

26/12/2012 Buenos Aires desde el aire.

Veo en el avión “El extraño caso de Benjamin Button”. Al acabar la peli me quedo pensando en una frase: de cuando en cuando hay que aprovechar las oportunidades de cambio para romper con todo lo anterior.

Es algo obvio, pero la aproximación final a un aeropuerto es algo muy distinto a pasear por las calles de una ciudad, y también es muy distinto a mirar un mapa. A diferencia de un mapa, al mirar por la ventanilla se ven los coches, los camiones, los trenes en movimiento, el agua de los ríos, las nubes, la niebla, la ciudad viva. A diferencia de la ciudad a pié, uno está lejos de las personas. Es una impresión geográfica. Más cercana que un documental, pero aún así aséptica, distante, segura. Por mucho que difiera el paisaje, hay algo siempre común en esa primera mirada que uno echa sobre el destino de su viaje, da igual que uno vaya a Buenos Aires, Chicago, Estambul o Ulan Bator: el fuselaje del avión es tan cálido y protector como el útero materno, y al llegar al aeropuerto uno es expulsado a un mundo feo y hostil como el niño al ser parido.

Desde el avión, Buenos Aires se ve como una ciudad vertical, llena de hormigón, como sus hermanas de América del Norte, aunque más dispersa, y como lo son todas las modernas ciudades asiáticas. Me pregunto cómo llegarán el agua y los alimentos a lo alto de esos edificios el día que falte la energía barata que tenemos hoy. No hace falta responder. Aterrizamos. Como tenemos tiempo hasta el vuelo a Mendoza, salimos a ver el Mar del Plata y me como un choripan con una cerveza. Lo disfruto como si fuese un bifé de chorizo.

27/12/2012 Trámites en Mendoza.

La mañana se va en contratar las mulas para llevar el desde Puente del Hinca a Plaza Mulas, pagar el permiso de ascensión al Cerro, cambiar euros y comprar el billete de bus a Mendoza. Por la tarde compramos bombonas de gas y nos dedicamos a tomar cerveza Stella Artois y una parrilla en Caro Pepe.

28/12/2012 Río arriba.

En el viaje en bus hacia Mendoza vemos los primeros picos de los Andes. Pienso por primera vez en el tamaño de la montaña a la que vamos. Es difícil imaginar casi 7000 m en vertical.

La carretera sigue el curso del río, pero nosotros vamos en dirección contraria al agua. El agua desciende; nosotros ascendemos. Igual que sucede al montar en avión, nos adentramos en los territorios de la muerte (la altura, la velocidad…), esquivándola, ignorándola. Pienso en el libro de Kingsley: vemos a la muerte como un adversario al que debemos derrotar, o simplemente ignorar, no como una maestra de quién aprender a vivir. De alguna manera, una cultura que ignora la muerte es una cultura de muerte. ¿Cuál es el sentido de este viaje, de esta ascensión? No tengo una respuesta. Me pregunto si no tendremos algo que aprender del agua que corre río abajo.

Leo un cartel en la carretera: “respete los límites de velocidad”. Los límites como garantía de vida antes que restricciones a la vida. Respetamos los límites convencionales, e ignoramos los límites fundamentales.

Pienso también en cómo los otros son un espejo de uno mismo, en la importancia de vernos (no necesariamente reconocernos) en la mirada de los otros.

A través del cristal de autobús veo el mundo que hemos construido, con sus casas, sus postes de la luz, sus escombros, su chatarra. Es un mundo sucio, aunque no siempre un mundo feo (muchas veces sí). Sea como sea, este es nuestro punto de partida: hagamos lo que hagamos mañana, tendremos que hacerlo a partir de aquí, a partir de todo esto. De todo lo que veo, hay algo que sí me parece hermoso y cautivador: durante decenas de kilómetros, la carretera discurre paralela a una línea férrea abandonada. Me cautivan esas dos líneas paralelas como una hermosa cicatriz en el paisaje. No hay un solo punto feo en todo su trayecto. Es como si un cirujano hubiese tenido que coser la piel de una bailarina o de una actriz: cada punto, cada puente, cada túnel, está construida como si el cirujano hubiese tenido la calma y la sangre fría de pensar en la posteridad de su trabajo, en la cicatriz final, y no en la inmediatez y la urgencia de suturar la herida.

El autobús llega a Puente del Inca. Allí recogemos nuestros petates y pasamos los trámites de admisión al parque. Así es como empezamos a andar. Al poco vemos por fin la cara Sur del Aconcagua. Es impresionante. Parece que estamos al lado, ¡pero estamos a más de treinta y cinco kilómetros en línea recta de la pared!

El cielo tiene una claridad que es desconocida para quienes vivimos en una ciudad. No hay solución de continuidad entre el cielo y los picos que se recortan en el horizonte. Es una frontera abrupta, repentina. Está el marrón de los picos e inmediatamente el intenso azul del cielo. El peso de la mochila cargada se hace notar en estos primeros kilómetros. El paisaje de vuelve árido y polvoriento. Se asemeja a la última parte del trekking del Annapurna, pasado el paso del Thorung La. A las tres horas llegamos a Confluencia, donde pasamos el control médico y montamos la tienda. En un día hemos pasado de los 750 m de Mendoza a los 3400 m de Confluencia. Por la noche me viene a la memoria una estufa de gas que había en casa cuando era pequeño, y unas casetas que hacíamos con cajas de fruta en casa de mi abuela. La magdalena de Proust…

28/12/2012 Plaza Mulas.

Hoy toca la larga caminata desde Confluencia a Plaza de Mulas (4300 m). Caminamos por una llanura de alubión, siguiendo el curso del río Horcones, en un paisaje muy semejando el del Khali Gandaki en el Annapurna. A primera hora de la mañana, la sombra se proyecta por delante, como si quisiera tirar de nosotros. Ganamos altura poco a poco, dado el perfil llano del río. El sol quema. Llegamos finalmente a la famosa Cuesta Brava, último repecho antes de llegar a Plaza de Mulas. Es corta, pero desde luego es brava. Después de todo un día andando, hay que tomársela con calma. Según la subo pienso que en la montaña no hay atajos. En una carrera de atletismo, si uno se cansa, para y se mete en el primer bar. Aquí no: todo lo que uno anda, lo tiene que desandar. Es como si en la maratón, al acabar, uno tuviese que volver por donde ha venido, con el agua y la comida que haya sido capaz de llevar, y sin poder cambiarse de ropa. Es el segundo día de caminata y ya pienso en poder ponerme ropa limpia y hacer la colada. En uno o dos días dejaré pensar en ello.

Plaza Mulas está lleno de jóvenes argentinos que trabajan durante el verano para las empresas de andinismo. Es como un festival de verano, pero en lugar de fumar, beber y liarse entre ellos, sirven desayunos, comidas o portean (fumar, beber y liarse entre ellos, por la noche). El paisaje es impresionante. Al final del valle hay varios glaciares que se precipitan sobre las cornisas de la montaña, o que fluyen hacia abajo hasta derretirse para alimentar al río Horcones. Vemos también los primeros penitentes de hielo, las formaciones características del Aconcagua. El tiempo es espléndido, sin una sola nube. Montamos la tienda Altus, que ya no desmontaremos. En comparación con la Vaude que tenemos para altura, es un adosado. Pienso en lo que nos queda por delante, y en que no se puede volver atrás. De alguna manera, a partir de aquí, ya no somos dueños de nuestros pasos. Todo va a empeorar, y a pesar de eso, hay que seguir, como en una agonía. Pienso en comer. Nos cuentan que hay tres desaparecidos en la cara Sur. Dos de ellos no volverán nunca.

30/12/2012 Descanso.

Me levanto con un ligero dolor de cabeza que me acompañará durante varios días. Toca día de descanso, así que dormitamos en la tienda o tomamos el sol fuera. Sigo fascinado con el azul del cielo y la intensidad de la luz. Pasamos el control médico y mi saturación de oxígeno en sangre está muy baja, como siempre en altura. Charlamos con el guardaparques: “hay muchas cumbres aquí, así que no se obsesionen con el Cerro y disfruten, que es lo importante.”

31/12/2012 Aclimatación a Nido de Cóndores.

De nuevo amanece con un pequeño dolor de cabeza. Deberíamos portear, pero como no me siento muy allá, decidimos subir sin peso a ver qué tal. Se da bien y llegamos a Nido de Cóndores (5380 m). A lo largo del día charlamos con un par de miembros de la patrulla de rescate, y con Charly, un porteador que nos dará indicaciones para llegar a cumbre. Hoy he aprendido mucho de alta montaña. Lo rápido que el frío entra en las manos. Lo importante de estar bien alimentado, cómo el cuerpo sigue cuando estás cansado. Durante la subida como poco. La bajada se me hace larga. Hay mucha piedra suelta. El día es algo duro. Al llegar abajo me tumbo. Estoy muy cansado. Bajamos a cenar a una de las carpas restaurante. Nuestra cena de fin de año será un lomo simple con coca-cola (una especie de bocadillo de carne con ensalada). ¡El bocata me da la vida!

01/01/2013 Subida a Nido de Cóndores.

A mediodía cargamos la mochila con tienda, cocina, comida y ropa, nos ponemos las botas dobles, y empezamos a subir para montar el campamento en Nido de Cóndores. Abajo queda nuestro adosado Altus y sus comodidades. Andamos despacio como si fuésemos astronautas caminando por la Luna. Es la mejor forma de subir con peso a esta altura. Trato de mantener la concentración al andar para respirar bien, a ser posible por la nariz, y que los movimientos sean fluidos y usando la mínima energía. Aún así, si sopla algo de viento es difícil mantener el equilibrio. Durante la subida imagino el momento de hacer cumbre y lloro. La comida es un pensamiento recurrente.

02/01/2013 Descanso en Nido de Cóndores.

Tengo falta de apetito y algo de dolor de cabeza. Leve mal de altura. Hoy toca día de descanso para aclimatar. Duermo mal. Me despierto a la una de la mañana y ya casi no duermo.

03/01/2013 Aclimatación a Plaza Cólera.

Dentro de la tienda está lleno de escarcha al amanecer. Nieva dentro con cada ráfaga de viento. Unos finos cristales de hielo caen sobre la cara y se derriten. No es molesto. El recuerdo de la estufa de mi infancia vuelve una y otra vez. Tengo una enorme ampolla en el talón a causa de las botas dobles. Es del tamaño de una moneda de euro. El botiquín lo dejé en Plaza Mulas. Tendremos que apañarnos con un poco de esparadrapo. Me acuerdo de mi padre y de mi hermana. Nostalgia de la distancia. Pienso que nunca cuidamos suficiente a nuestra gente.

Subimos hacia Plaza Cólera (5975 m) para seguir aclimatando en altura. Mi mayor altura hasta ahora eran 5600 m. El paisaje es árido, desgastado, con piedras erosionadas y mucho azufre, que en contacto con el agua forma un barro espeso que se adhiere a la bota. El viento es frío, muy frío, y se hace duro cuando pega de frente. Si da en otra dirección, el Gore protege bien. Trato de mantener el equilibrio y la concentración en el paso. El viento hace difícil mantener el equilibrio. El aire es muy, muy seco y la garganta se resiente. Duele. Noto cómo se me hinchan las manos y cómo pierdo sensibilidad en la punta de los dedos (diez días después, todavía no he recuperado del todo el tacto en un par de dedos). Llegamos bien a Cólera y allí descansamos una hora mirando hacia el último tramo de la ruta. Un par de argentinos de Catamarca que conocimos en el autobús han hecho cumbre y se bajan ya. Catamarca está a 3500 m sobre el nivel del mar. Para ellos un 7000 es como para nosotros un 4000. El paisaje circundante es increíble. Es un tópico, pero es como navegar en un mar de montañas. Miramos el horizonte desde el puente de mando. Bajo a Plaza Mulas con el plumas gordo puesto por el frío. Le hablo al Cerro y le pido que nos muestre hasta dónde está dispuesto a dejarnos llegar. No le pido más. Pienso en la primera ducha que me daré a llegar a Madrid, y en ese momento como una suspensión del tiempo.

04/01/2013 Descanso en Nido de Cóndores.

A primera hora de la mañana, el helicóptero sobrevuela la tienda, literalmente: pasará a unos cuatro o cinco metros de altura, ya que la plataforma de aterrizaje está a unos metros de la tienda. Hace mucho viento pero está soleado. Decidimos esperar a mañana para subir a Cólera. La misma rutina al despertar: nieva dentro de la tienda. La tienda es más pequeña que una cama de matrimonio. Ahí tenemos que hacer vida dos personas rodeadas de sacos de pluma, chaquetas de pluma, mochilas, Gore-Tex… Hay que dormir, cocinar, hacer agua, pasar las horas. John Lennon y Yoko Onno en su famosa protesta, aunque algo más incómodo. Durante el día nos acercamos al domo de la patrulla de rescate y charlamos con ellos de trivialidades y lugares comunes: la inamovible situación argentina, la situación española, precios de los coches, sueldos, fútbol… Es una charla agradable. Hoy me siento fuerte y bien aclimatado. No tengo molestias, y tengo apetito. Todo el mundo habla de una ventana de buen tiempo el día 6. Encaja perfectamente en nuestra progresión de aclimatación. Eso significa que mañana deberíamos subir a Cólera para montar el último campo, y intentar el ascenso al día siguiente.

05/01/2013 Descanso en Nido de Cóndores.

Paso una mala noche con apnea. A ratos me falta el aire. Demasiado líquido encharca los pulmones. En cuanto me incorporo un poco se me pasa. Amanece con el famoso hongo sobre el Aconcagua, una formación nubosa característica alrededor de la cumbre que anuncia mal tiempo. ¿Qué pasó con la ventana del 6? Dudamos si seguir subiendo o bajar a Plaza Mulas. De hacerlo, sería el fin del viaje. Preguntamos a los guías en el campo, que nos dicen que despejará por la tarde. No sabemos qué hacer. Al final decidimos subir. Me pongo el plumas de altura, y cuando voy a ponerme la mochila noto que algo se engancha. Me quito la mochila y oigo cómo una tela se rasga. Acabo de arrancar el gorro del plumas, y este está rasgado a lo largo de todo el cuello. Solo acierto a soltar un “me cago en la puta”. Primero el hongo, y ahora esto. En fin, reparamos el plumas con cinta americana y para arriba. No hay más. La subida se hace dura. El poco comer y el poco dormir se hacen notar y a media subida me da una pájara importante. Según voy andando pienso que me voy a desmayar. Oigo a mi compañero con medio segundo de retraso. Paro de cuando en cuando a comer algo de fruta seca y chocolate, pero no es suficiente. Cuando me quedan diez metros de desnivel para llegar, me tomo un gel de glucosa. Así de mal voy. Mi compi llega con un importante dolor de cabeza. Al llegar, como todo lo que pillo: embutido, queso, chocolate, galletas. Hasta ahora hemos tenido una aclimatación excelente, y una alimentación deficiente. La cosa pinta mal para mañana. Y sin embargo, ¡cuánto estoy aprendiendo!

06/01/2013 6835 m.

Hace mucho viento toda la noche. Llevo dos noches sin dormir apenas, y con esta serán tres. Deberíamos salir a las cinco de la mañana hacia cumbre, pero dudamos. Al final salimos a las 7:45. Es muy tarde, pero decidimos llegar hasta donde lleguemos, y ya está. Al fin y al cabo, ayer por la mañana pensábamos que ni siquiera pasaríamos de Nido de Cóndores. Cuando empiezo a andar estoy muy nervioso. No consigo tranquilizarme. El día es precioso. Apenas hay viento, y luce un sol espléndido. No podríamos pedir un día mejor. La ventana del día 6 resulta ser un mirador con vistas al Mediterráneo. Ganamos altura sin dificultad. Llegamos sin problemas al refugio Independencia (6400 m). Ayer este lugar hubiese sido un buen final, pero hoy seguimos adelante sin problemas. Después del refugio hay una travesía fácil desde la que se ven Nido de Cóndores e incluso, abajo del todo, Plaza de Mulas (2500 metros por debajo). Pasamos la Travesía y nos adentramos en la Canaleta. Aquí la cosa se pone dura. Es muy empinada y de piedra muy suelta. El esfuerzo es grande. Los pies y los bastones se resbalan una y otra vez. Es como subir por una duna empinada. Respiro como si me estuviese ahogando para forzar la entrada de aire en los pulmones. La garganta se resiente por el frío y la sequedad, pero ya me preocuparé luego de eso. Con mucho esfuerzo pasamos la Cueva y finalmente llegamos al Filo del Guanaco. Hemos alcanzado a un grupo de japoneses que salió casi tres horas antes que nosotros, pero estamos totalmente agotados. Todos los guías nos decían que si a las dos no estábamos en cumbre, había que darse la vuelta. Son las tres y media y aún nos queda una hora o más para llegar. No hay mucho que pensar. Nos damos la vuelta sin el menor problema. Miramos el altímetro, que varía entre los 6820 y los 6835 m. A pesar de los poco más de cien metros que nos quedan por recorrer, estoy muy contento. Antes de venir, no esperaba ni por asomo llegar hasta aquí. Como dice Rober citando a Iñaki de Ochoa: es como comerse el pastel y dejar la guinda. Para ser la primera experiencia en alta montaña (lo del Annapurna fue otra cosa), está muy bien. La bajada es muy dura. Me caigo varias veces. Las piernas no me sostienen. Llega un momento en que se desconectan. Me tomo el primer gel de glucosa, y poco más abajo otro. Me siento como un parapléjico que trata de aprender a andar de nuevo. Las piernas van donde quieren. En la Travesía encontramos a un belga tirado sobre su costado a dos metros del camino. No puede levantarse. Trato de llegar hasta él pero me resbalo y acabo cinco metros más abajo. Le grito, y me responde “Get me back to the track, please”. Estamos a unos 6500 m. Me pregunto cómo coño va a bajar hasta Cólera si no es capaz de levantarse para recorrer dos metros. Mi compi se acerca hasta él y consigue levantarlo. Unos italianos se hacen cargo de su mochila. Increíblemente, cuando lo ponemos de pié es capaz de sostenerse y andar. Yo hubiese bajado y avisado a la patrulla de rescate. Vamos bajando los cinco. A medida que bajo, el agotamiento se hace notar. Me voy quedando dormido al andar. Se me ocurre contar para mantenerme despierto. Cuento en voz alta del uno al diez, del diez al uno, del uno al veinte, del veinte al uno, cambiando la secuencia para que la letanía no produzca el efecto contrario y me duerma definitivamente. Cuando llegamos, me siento un rato fuera de la tienda y respiro un buen rato a través de la braga, intentando calentar la garganta. Y todavía hay que fundir nieve para hacer agua. La voluntad no lo puede todo. Me meto en el saco absolutamente agotado.

07/01/2013 Bajada a Plaza Mulas.

Me levanto muy cansado. Antes de ponernos en marcha hacia Plaza Mulas reflexiono sobre lo que significan los poco más de cien metros que nos quedaron hasta la cumbre. El resultado depende de tantas cosas, que cien metros no significan nada. Podía haber subido como podía haberme quedado en Cólera sin pasar de los 6000 m. En cualquier caso, no pienso volver para hacerlos. Me dan igual. Ni quitan ni ponen a lo que hemos hecho. De ninguna manera ha sido una ascensión incompleta. Todo lo contrario. He sufrido y he aprendido. Por lo demás, ya lloré imaginándome arriba, así que por esa parte, nada en el debe. Significan una foto que no haremos, eso sí, pero eso es bien poca cosa. En fin, que la cumbre haya quedado un poco más alta que mi sufrimiento, es totalmente irrelevante.

Descendemos a Plaza Mulas despacio. Hay mucha gente en el camino, mucha más de la que había cuando subimos. Solo pienso en llegar abajo y comer algo decente. Muy, muy cansados, llegamos finalmente a Plaza Mulas. Oigo que una de las chicas de Aymará, la empresa con la que contratamos las mulas, pregunta a un compañero si llegamos bien. Hemos pasado una semana arriba. Mi compi vende tienda, botas y cocina a Charly, el porteador que nos hemos encontrado varias veces. Felipe, uno de los chicos de Aymará, recién licenciado en ingeniería, se enfada porque quería la cocina para un viaje en bici que está planeando. Olvida que las paredes de una tienda no son las de una casa y que oímos todo lo que dice sobre el gallego que vendió la cocina a un “rastafari”. Pienso en las dificultades que tienes Felipe para hacer lo que hacemos nosotros: un país pobre, una divisa que es como dinero del monopoly… Por riqueza ¿a qué porcentaje de la población mundial pertenezco? ¿A qué altura de capacidad de derroche estoy?

08/01/2013 Bajada a Horcones.

Pienso en todos los días que llevo desconectado del mundo, de ese Internet que leo compulsivamente si estoy en la oficina o en casa. Aquí, sin embargo, solo me preocupa saber si ha pasado algo a los míos mientras yo estaba lejos. Pienso que estar aquí es como estar muerto, que el mundo sigue dando vueltas esté yo o no esté, pero aún así, necesito saber que todo va bien. Caminamos por la larga planicie de Playa Chica y Playa Ancha hacia Confluencia primero, y Horcones después (el fin del trayecto). Pienso en el viaje como lo entendían los griegos: como una transformación de la mirada; como un volver al mismo lugar para mirarlo de una manera distinta (La Ilíada). Pienso en el libro de Kingsley: experimentar la muerte en vida para ver la vida con verdadera sabiduría. Me gustaría ser un pitagórico y saber lo que ellos sabían. ¿En qué consistía su misterio? Me pregunto si, en definitiva, este viaje ha cambiado mi mirada en algo. No lo sé. Pero si hay algún cambio, creo que tiene que ver con el sufrimiento más que con el paisaje, con la altura, o con la grandeza de la montaña. La mortificación por sí misma no da nada; es lo que hacemos con ella lo que es significativo. Eso es lo que aquellos griegos sabían y nosotros hemos olvidado.

A medida que descendemos el aire deja de ser un fantasma que zarandea la tienda, y empieza a ser algo tangible, casi líquido, palpable. Es denso, respirable, llena los pulmones. También volvemos a oír el canto de los pájaros, volvemos a ver el color verde, primero como manchas espinosas y polvorientas aquí y allá, y después como un leve manto verde que alguien hubiese arrojado entre las piedras. El río se ensancha y ruge con fuerza creciente. Aparecen también los primeros domingueros, que se adentran por los primeros kilómetros de la ruta, y que ni nos saludan ni nos prestan atención. Al final del camino, el primer coche, la primera bocanada de humo, el principio del camino asfaltado… Y finalmente el edificio del guardaparques, donde haremos los trámites de salida.

Nos llevan en furgoneta a Puente del Inca. Después de cuarenta kilómetros andando en un solo día, somos como los fugitivos de una prisión que son recogidos por sus cómplices en el punto acordado. No queremos que nadie nos hable, que nadie nos diga nada; solo queremos llegar al hotel, coger (tomar) una habitación, y darnos una larga ducha. Al llegar a la habitación de la hostería me miro en el espejo por primera vez en casi quince días: estoy quemado, demacrado, flaco. No me reconozco. Habré perdido más de tres kilos. Gasto casi una pastilla de jabón pequeña en una ducha larguísima. Después, casi sin poder andar, cenamos en un bar cercano que me recuerda a los bares de Galicia de hace treinta años. Allí conocemos a un catalán que está recorriendo Sudamérica en moto. Ha comprado una pequeña 200 cc con la que cada día va decidiendo por dónde ir y dónde parar. Nos comenta que decidió comprar una moto pequeña como esa para olvidarse de problemas. Si surge algún imprevisto, la deja tirada y se vuelve a España. Al pensar en esa moto de usar y tirar, y en mi propio viaje y lo que acarrea, vuelvo a pensar nuevamente en la Ahimsa, la palabra sánscrita para designar la no violencia, el caminar dejando una huella leve en el mundo. Y pienso, como en algún otro momento del viaje, en todo el daño que podemos hacer sin darnos cuenta, en actos cotidianos que no asociamos a la violencia. La palabra queda resonando en mi cabeza, mientras reflexiono sobre la profundidad de mi huella en el mundo, y sobre la sabiduría de aquellos pitagóricos que practicaban el silencio y la incubación.