
Al parecer, son casi tres las Españas que hacen falta para que podamos vivir los que en este país vivimos. Lo importante no es el número en sí tanto como las comparaciones que permite hacer entre nuestras creencias y la realidad, y entre realidades de distintos países –al respecto, resulta interesante un artículo de reciente publicación en el diario Público–.
Podemos preguntarnos, por ejemplo, si para reducir este índice –de tres a uno o a menos de uno– bastaría con usar bombillas de bajo consumo, electrodomésticos y vehículos más eficientes, viajar en trasporte público, apagar la tele por la noche sin usar el mando a distancia, emplear biocombustibles, aprovechar todo el potencial de energías como la eólica y la solar, siendo disciplinados en el reciclaje doméstico, y tantas otras cosas... Yo no tengo la respuesta; ahora bien, que para reducir un índice tan demoledor como el arriba mencionado se propongan justo las medidas que están a nuestro alcance debería ser suficiente para sospechar que la respuesta es no –siempre hay que sospechar cuando lo necesario es justo eso que está a nuestro alcance–.
Decía Marx que “el carácter de la sociedad está determinado por sus formas de producción”; y con la misma perspicacia advirtió que esas formas -entonces tanto como ahora- están íntimamente ligadas a “unas fuerzas industriales y científicas de las que en ninguna otra época de la historia pasada de la humanidad ni siquiera se había sospechado”. El resultado es que “una revolución continua en la producción, una conmoción interrumpida de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las demás”.
Y sin embargo, a pesar del inteligente análisis de Marx, de alguna manera han logrado convencernos –sin que opongamos demasiada resistencia, deberíamos añadir– de que basta con las pequeñas correcciones al alcance de la mano para evitar la catástrofe que algunos vaticinan.
Quizás nadie como Marx haya visto con tanta claridad el problema del sistema capitalista: que está caracterizado por una voracidad tan desmesurada como autodestructiva, y que hace tiempo que ha dejado atrás al ser humano. Es el desarrollo tecnológico –más que la tecnología en sí– el que domina al ser humano –y no a la inversa–. Todo indica que el problema no es cómo y qué consumimos, si no el hecho de que vivamos una vida supeditada a un ritmo de consumo impuesto por el desarrollo tecnológico. Y sin embargo, seguimos pensando que con poner unas bombillas de bajo consumo mañana viviremos en un mundo idéntico al de hoy...
Es cierto que aunque solo sea por que están a nuestro alcance, debemos usar esas bombillas, pero no deberíamos dejar que esto mismo nos haga perder de vista el tamaño del problema –el peligro de las “medidas verdes” es precisamente que funcionen como una distracción que impida ver el verdadero problema–.
¿Podríamos vivir en una casa tres veces más pequeñas, poner tres veces menos lavadoras, usar tres veces menos agua, hacer tres veces menos carreteras, usar tres veces menos el coche, viajar tres veces menos? ¿Son estas realmente las preguntas adecuadas?
En su biografía sobre Marx, Francis Wheen señala el pronóstico del filósofo: al madurar el capitalismo veríamos recesiones periódicas, una dependencia cada vez mayor de la tecnología y el surgimiento de inmensas empresa cuasi monopolísticas, que extenderían sus tentáculos por todo el mundo en busca de nuevos mercados que explotar. ¿Suena familiar? Pues lo dijo hace un siglo y medio.
¿Qué tenemos que saber? ¿Qué tenemos que hacer? ¿Quién tiene que contárnoslo? Necesitamos saberlo, porque sería triste pensar que, como se pregunta Ignacio Echevarría, el desarrollo tecnológico pudiera ser tan solo el sofisticado mecanismo usado por el virus humano en su ataque contra la Tierra.