Hacia el final de Caótica Ana -de Julio Medem- un guerrero toma el hacha y asesina a una mujer mientras baila enloquecido una danza siniestra: lo masculino-destrucción tratando de destruir a lo femenino-creación. No hay nada en la escena que permita explicar el asesinato: ni venganza, ni locura; se trata solo de dos fuerzas de la naturaleza enfrentándose entre sí.
Dice Belén Gopegui que la política en la novela es “un pistoletazo en medio de un concierto”. Algo similar podría decirse de la maternidad en la empresa. No se trata, no hace falta decirlo, de disminución alguna en el rendimiento laboral; sencillamente, sucede que la maternidad irrumpe en la empresa como una pregunta intolerable: a quienes viven entregados a un yo del conquistar, del tener, del competir, del destruir -cosas y personas-, a la soberbia, la codicia, la vanidad, la ira... les dice: ¿qué hacéis? Porque la maternidad es un dar sin pedir, un dar sin medida. Su simple presencia es suficiente para que la imagen que el narcisista ve en el espejo se deforme hasta avergonzar al reflejado. Su llegada significa la suspensión inmediata de la ficción. Por eso, no importa cuánto sacrifique la mujer, porque no habrá conciliación posible: solo se permiten los hijos a condición de renunciar a la maternidad. Solo si la mujer acepta ser un guerrero más, puede continuar en la empresa.
Es por eso que el guerrero mata a la mujer: para él, la imagen de la maternidad es sencillamente insoportable.
8 robles
12 castaños
6 cerezos
3 nogales
3 fresnos
3 manzanos
1 ciruelo
1 peral
Mucho me resistí a empezarlo, y mucho me alegro de haberlo comenzado. Esta bitácora cumple hoy un año.
Repasando lo escrito, creo haber respondido –con más o menos ironía- a las preguntas que tiene uno que hacerse: el qué, el porqué, el donde y el quien. Falta el cuando, pero no tengo respuesta para eso: simplemente me pregunto por qué a veces tarda uno tanto en ver la luz -del faro, no nos pongamos místicos-.
No puedo decir que haya sido un año malo, aunque sí duro; difícil, pero también clarificador –o quizás debiera decir difícil por clarificador-. Ver con claridad jode, pero también alivia. Dejémoslo ahí.
Al empezar me impuse una única regla: no mentirle al papel, escribir como si no fuese a leerme nadie -o sea, intentando no mentirme a mí-. A veces lo he conseguido y otras no. En cualquier caso, si alguna satisfacción causa el texto escrito –y en esto reside su dificultad-, es la de reconocerse en lo que uno escribe. Porque de eso va este blog: de reconocerse, de saber más de uno mismo exponiéndose a los demás. Y cito de nuevo a Berger:
La dificultad de expresión de una gran parte de la clase trabajadora y de la clase media inglesa es el resultado de una privación cultural sistemática. Se les ha privado de los medios para traducir lo que saben a ideas sobre las que pueden pensar. Carecen de ejemplos en los que las palabras clarifican la experiencia. […] Para ellos, una gran parte de su experiencia –especialmente la emocional y la introspectiva- no tiene nombre.
Hace tiempo -mucho- solía bromear diciendo que yo no tenía amigos, sino publico. Cuando me la recuerdan, ya no me reconozco en la broma. Pertenece a un tipo que ya no soy yo –a veces lo imito, pero ya no soy yo-. Me decía un buen amigo que necesitamos aprender a renunciar. Toda libertad empieza ahí: renunciar a la máscara, renunciar a la mentira, renunciar, sobre todo, al miedo.
Hace poco, otra amiga me decía que estoy en una encrucijada. Yo creo, sin embargo, que todo momento, para todo el mundo, es una encrucijada: a veces tomamos un camino porque sabemos a dónde va, y otras para saber a dónde lleva. Aunque siempre he sido más de lo primero, ahora empiezo a ver la potencia –y la importancia- de lo segundo. Este blog existe por y para ese cambio.
Hay que intentarlo.
A mí con el sentido común me ocurre como a aquel nazi con la palabra cultura: cuando oigo la expresión, me hecho la mano al cinto. Si hay una expresión tramposa, es esta. Es, como pocas, una expresión de la soberbia y la pereza; soberbia porque niega cualquier explicación –es de sentido común, no necesito decir más-, y pereza porque supone la negativa a seguir pensando –es de sentido común, no necesito pensar más-.
Hay palabras y expresiones hacia las que uno siente un rechazo especial. La mía es esta. Cuando alguien la menciona, tengo problemas para seguir con la conversación. Si dijera que la odio, creo que no estaría lejos de la verdad.
No soy de los que leen buscando la identificación con lo leído –demasiado fácil, prefiero lo desconocido que obliga al esfuerzo-. Sin embargo, si la identificación es con el esfuerzo que el texto realiza, y no con el texto en sí, el libro se convierte en algo parecido a un amigo. Esto me ha ocurrido con Un hombre afortunado, de John Berger. Les dejo un párrafo:
Sassal disfrutaba corriendo ese peligro. El pensamiento que no entraña riesgos equivalía para él entonces a asentarse en tierra firme. “Hace muchos años que el sentido común es para mí un tabú, salvo, tal vez, cuando se aplica a problemas muy concretos y fáciles de evaluar. Es mi mayor enemigo en el trato con los seres humanos, y mi mayor tentación. Me tienta a aceptar lo obvio, lo más fácil, la respuesta que está más a mano. Me ha fallado casi siempre que lo he utilizado, y solo Dios sabe cuántas veces he caído y todavía caigo en la trampa.”
Un aerolito en el cine puede ser una amenaza de proporciones apocalípticas. En el cielo claro de Agosto es una razón para pasar la noche mirando las estrellas. En mi barrio, un aerolito es un milagro con el que uno se cruza cada vez que sube al Metro.
En un pequeño descampado, rodeada por tres calles que se prolongan justo lo que alcanza su perímetro, a una prudente distancia de los típicos edificios de la reciente oleada de ladrillismo, hay una pequeña construcción solitaria superviviente de lo que fueron los Villaverde y Usera de los años cincuenta. Era aquel un barrio donde los inmigrantes llegados de Extremadura, Andalucía, Galicia, o alguna de las dos Castillas, levantaban sus casas casi de un día para otro -como las que hoy se ven, por cierto, en esa ciudad fantasma que es la Cañada Real Galiana-. Que una casa así esté hoy en la calle del Aerolito no deja de tener su aquel -la realidad tiene su gracia creando poemas visuales-.
Alguien debió ofrecerles un salida con forma de cheque, pero a mí me gusta pensar que esos viejos que en verano sacan las sillas a la calle, están exactamente donde quieren estar: en una calle que no viene de ningún sitio y que no va a ninguna parte; porque al que está donde quiere estar, todos los caminos le sobran.
Cada vez que paso miro la casa con asombro y también con cierta envidia; envidio el árbol en el patio, el coche impecable a lo “Cuéntame”, las persianas verdes de tablilla de madera, tanta vida acumulada entre las paredes encaladas; pero lo que envidio sobre todo son esas tres calles que no van a ningún sitio. Esa es la calle en la que quiero vivir, la calle del Aerolito, caída del cielo en cualquier lugar, rodeada de cualquier cosa, pero llena de sí misma, olvidada de todo lo que la rodea.

Entrenadores y médicos
Uno de cada tres atletas no alcanza en sus saltos los cinco metros que exige el entrenador. Este, con el objetivo de conseguir que un mayor número de ellos alcance esa marca, propone mover la línea a los cinco metros y medio.
Un médico diagnostica que lo que le pasa al paciente es que tiene mala salud.
Parte de bajas
En este país, uno de cada tres alumnos que empiezan la educación obligatoria –para entendernos, la secundaria- no titula. En otras palabras: uno de cada tres alumnos no alcanza una mínima competencia lectora ni una mínima habilidad para el razonamiento lógico-matemático.
Hay un discurso muy repetido que señala como causa de estos males a la falta de una “cultura del esfuerzo” –recuerden al médico- y a la “poca exigencia” en la evaluación –recuerden al entrenador-.
Del esfuerzo
Ya hemos formulado en otro post anterior la pregunta de si la cultura del esfuerzo es un requisito previo para el éxito en la educación, o si es un producto de la educación. Al respecto interesa saber que el informe PISA, de todos los factores que estudia, señala al entorno socioeconómico del alumno como el único del que se puede decir que tiene una relación directa con el éxito y el fracaso escolar: o sea, si un niño vive en un buen barrio, en una familia de padres con estudios, libros en las estanterías y una buena situación económica, tiene más posibilidades de éxito en su educación que si tiene unos padres sin educación, sin libros y sin dinero, y vive en un barrio pobre. No creo que nadie se sorprenda, pero conviene no perder nunca de vista esto cuando se escuchan las medidas que algunos proponen para “mejorar” la educación –no olviden nunca al entrenador-.
De la poca exigencia
Que un 4 es menos que un 6 es tan verdad en la teoría de números como falso en educación; el contexto importa:
Un alumno escolarizado por primera vez con 13 años, sin conocimientos previos de español, obtiene un 4 en un examen de lengua española un año después.
Un alumno escolarizado desde los 6 años en un centro bien dotado en lo material, con un buen proyecto educativo y un buen equipo, obtiene un 6 en un examen de lengua española a los 14 años.
En educación, un 6 puede ser menos que un 4.
A tener en cuenta cuando alguien nos presente un resultado y oculte el contexto.
Sobre centrifugadoras
¿Porqué dedicar una parte proporcionalmente más grande de los recursos a los alumnos con menor rendimiento? Mejor centrifuguemos a esos alumnos y dediquemos esos recursos a los más dotados. Aquellos a quienes esto les parece razonable, deberían saber que un 20% de los pacientes de la red sanitaria consumen el 80% de los recursos –un asunto interesante para otro post: cómo se gestionará esto en una sistema sanitario donde conviven hospitales de titularidad pública y privada: ¿adivinan en cuál de los dos tipos acabará ese 20%? ¿adivinan cómo se presentarán al público los resultados de unos y otros? De nuevo el contexto…-.
¿Qué tipo de alumnos son los que centrifugaría el sistema? Recuerden PISA… ¿Podemos permitirnos que uno de cada tres alumnos apenas sepan leer y escribir y tengan unas habilidades lógico-matemáticas deficientes? No solo podemos, es que hay quien necesita que existan ciudadanos así: pobres e ignorantes.
Sobre incubadoras
Allí donde se han puesto en práctica –o sea, allí donde se ha puesto dinero-, los programas de diversificación curricular –programas de refuerzo educativo, por no entrar en más detalles- han permitido que obtuvieran el título de educación secundaria alumnos que de otra forma tendrían muy pocas posibilidades de obtenerlo –ninguna si estudiasen en un sistema centrífugo-. Además, con reducciones significativas en la conflictividad escolar y niveles altos de satisfacción en el alumnado y el profesorado. Si hay una manera de lograr que este alumno llegue al cinco ¿porqué centrifugarlo?
Elegir
¿Quién ve las corrientes en una foto del mar? Nadie, pero están ahí. Conviene no olvidarlo cuando uno se mete en el agua. El debate sobre la educación es un debate lleno de trampas donde las cosas no son nunca lo que aparentan:
Recordemos al médico tramposo: un mal diagnóstico conduce a un mal tratamiento.
Recordemos al entrenador tramposo: un mal tratamiento empeora las cosas.
Un ateo ha abandonado la creencia consciente: niega a Dios, y piensa por ello que ha descristianizado su pensamiento. !Qué equivocado está!
El pensamiento del ateo seguirá impregnado de cristianismo a menos que se esfuerce por identificar el poso que este ha dejado en forma de todo tipo de creencias y mecanismos mentales -podríamos hablar de la culpa, por ejemplo-, y someta esas ideas a la crítica.
Ayer hablaba con una persona que se definía como atea. Esta persona cuestionaba la adopción por parte de parejas homosexuales. Su argumento era que existe una supuesta "ley natural" que impide reproducirse a los homosexuales y que eso debería hacernos pensar. Esa misma "ley natural" es la que impide a un niño sobrevivir a su infancia si nace con una cardiopatía congénita, y a nadie -o a muy pocos- se le ocurriría argumentar en contra de los transplantes de corazón echando mano de esa supuesta "ley natural".
Porque lo que nos hace humanos y nos distingue del resto de las especies no es que nos hayamos enfrentado a "ley natural" alguna, sino que hemos dejado de creer en ella en términos del capricho y la voluntad de un ente superior para pensarla en términos de un conjunto de leyes físicas accesibles a la razón: esta es la distancia que separa la "ley natural" del creyente de la "ley natural" científica, por llamarlas de algún modo. O dicho de otra forma: ¿un transplante de corazón no es algo natural? ¿lanzar un cohete al espacio no es natural? ¿la descomposición del átomo no es natural?
Pero me desvío: lo importante es que detrás de esa idea de la "ley natural" de la que hablaba mi amiga atea se esconde la muy religiosa creencia de un "poder sobrenatural" al que debemos respetar y cuyos límites no debemos traspasar. Esa "ley natural" se parece, sospechosamente, a la idea del Dios cristiano; no es más que una creencia religiosa agazapada en la mente de un ateo.
Es a este tipo de creencias a las que me refería con el post anterior.
Tu pregunta, Anónimo, me ha permitido darle otra vuelta de tuerca a este asunto. Gracias por ello.
De todos modos, aun cuando esta creencia mía sea errónea, me resulta útil (en verdad, no conozco ninguna creencia auténtica, es decir, coherente con la realidad, que arroje resultados prácticos interesantes. Aunque toda creencia es falsa, es decir, no coherente con la realidad de los hechos, en tanto que una creencia es algo limitativo, pobre, incapaz de abarcar toda la rica variedad y dimensionalidad del Universo; pero justamente, por ser limitativa, y mientras no sea descabelladamente delirante –y a veces a pesar de serlo–, la creencia produce un efecto sumamente eficaz, concentrado, en toda acción. De modo que para triunfar en la vida es preciso creer en algo, o sea estar, por definición, equivocado).
Mario Levrero, El discurso vacío, Caballo de Troya, Madrid, 2007.
Hace unos meses, podíamos leer en el diario Público un artículo en el que se mencionaba un estudio del profesor de la universidad de Salamanca Jaume Masip acerca del funcionamiento de las creencias en nuestro pensamiento.
Si el discurso de Levrero se interesa por la relación entre creencia y acción, y el estudio de Masip por la relación entre creencia y verdad, ambos pasan por alto algo fundamental de la mayoría de nuestras creencias: su invisibilidad, su transparencia.
Según lo que sabemos acerca de lo que sabemos, podríamos establecer la siguiente clasificación:
– Lo que sabemos que sabemos: conducir, comer bocadillos de calamares.
- Lo sabemos que no sabemos: física cuántica, arreglar un radiador.
- Lo que no sabemos que no sabemos: vaya usted a saber...
- Lo que no sabemos que sabemos...
Si lo primero podría tener que ver con la vanidad, lo segundo con las capacidades –o la pereza–, y lo tercero con la curiosidad, lo último tiene que ver con la trampa: eso que no sabemos que sabemos son nuestras creencias inconscientes: eso a través de lo que pensamos. No son, como a menudo se cree, algo de lo que uno habla, sino el lugar desde el que uno habla, la perspectiva, la posición. No constituyen un catálogo que podamos enumerar de manera consciente, sino un conjunto de conjeturas inconscientes que dan forma al pensamiento. Ninguna conversación debería comenzar sin el ejercicio de toma de conciencia que supone la verbalización de esas creencias, y sin una crítica a estas –basta con transformar en pregunta cada una de las afirmaciones–.
Las creencias, como los principios –y como las ideologías–, no son las verdades axiomáticas –los cimientos– sobre las que construimos nuestro pensamiento, sino los límites que le imponemos a este: no tienen otro sustento en la realidad que la firme convicción del creyente acerca de su veracidad. Se trata de una frontera autoimpuesta que solo puede franquearse si uno renuncia al miedo, si uno acepta que pensar, más que pensar por uno mismo es pensar en soledad.
Pero si las creencias suponen un peligro para el conocimiento, no es menos cierto que cada día más, las creencias en forma de opiniones invaden el terreno de los hechos: que a las tres de la mañana es de noche no está sujeto a opinión, pero hasta aquí llegan ya las hijas de las creencias. El éxito de la opinión frente al argumento no es de extrañar: las opiniones demandan respeto y no hay que molestarse en argumentarlas. Si, todas las opiniones son respetables, siempre que sean eso: opiniones...
De un cuento de Cristina Fernández Cubas, dice Alejandro Gándara: “El ángulo del horror” va de tener cuidado no con lo que miras, sino desde dónde lo miras. Las cosas matan menos que las perspectivas. Y lo peor es que las perspectivas son contagiosas.
El pensamiento, como la memoria, habita tanto en los objetos externos como en las regiones internas del cerebro humano. Cuando las equivalencias físicas del pensamiento desaparecen, también el pensamiento o la posibilidad de pensar se pierde.
Robert Macfarlane, Naturaleza virgen.
Este fin de semana, el mismo Gobierno que trajo la Ley de la Memoria Histórica ha comenzado el derribo de uno de los espacios donde esta memoria habita: la cárcel de Carabanchel. La tiran abajo como se arroja a la basura un objeto amortizado. Y es que quizás eso es exactamente esa Ley para ellos: un objeto amortizado.
No lo olvidaremos.
Se puede decir de esta manera, por ejemplo:
Vamos, yo es que cojo el periódico y flipo. Es que todos los días viene la última parida del gili de turno para tocarnos las pelotas en los aeropuertos. Por nuestra seguridad dicen... ¡Que me descojono!
Y mira que yo soy educado con toda esa panda burros, ¿eh? Que a mi me dicen lo de quitarse el cinturón y me lo quito, que el colgate a una bolsita y a la bolsita que va, que el pintalabios de la parienta con el colgate y con el colgate que va, que me quite los zapatos y los zapatos que me quito. Y ni una mala cara, ni una mala contestación, que yo soy, antes de nada, un señor. Y eso que la chorrada esta no la hacen más que en Europa, que lo se de buena tinta, que ya te dice eso mucho de para qué cojones sirve toda esta puta parafernalia.
Cuando estuve en Nueva York en Semana Santa –que nos compramos de todo, que hay que aprovechar cómo está el euro–, ni caso hicieron del colgate los yankis del aeropuerto. Y un primo mío, que es muy de irse a la aventura, kilos de colgate podía meter en el sitio ese de donde salen las pateras. ¿Cómo se llama? ¿Cereal? ¡ah, no, eso: Senegal, Senegal! Y En China y Japón ni te cuento. Pero claro, en esos países sí que hay respeto, no como aquí.
Y todo esto por los cabrones de los ingleses, que son los que inventan todas estas mamonadas entre sorbo de té y bocado a las pastas. Cualquier día se lían a latigazos con uno de la que subes al avión. Y las de aduanas, disfrazadas de guardias de un campo de concentración. Al tiempo, ya verás...
Y todo esto es porque los ingleses follan poco y mal. Que vamos, eso lo sabe todo el mundo. Los franceses, que siempre han follado mucho y bien, no inventan estas hostias. Ni los inquisidores, que serían lo que quieras, pero antes que nada eran prácticos.
Es que de verdad, lo del avión es una tortura, coño. Si es que no se yo si no será violación de los derechos humanos toda esa mierda de los controles. A ver si se entera el Garzón este de los cojones y hace algo ya, que para otras cosas bien que se entera el cabrón. Que solo le falta la capa de superman. O la INTERPOL, que pa lo que hacen todo el puto día...
Si es que solo les falta arrancarnos la piel a tiras, coño, a ver si nos hemos cosido a la lorza un kalasnikov, o una batería antiaérea, no te jode. Capaces son. Al tiempo.
No se qué cojones he oído que es el último invento: no se qué de una onda que va por milímetros, o por microondas o algo así me suena, que no estoy seguro. Qué más dá: seguro que da urticaria la cabrona de la onda, o cáncer, vete a saber. O peór aún: ¡que no se te levante después! ¡Cualquier cosa te puedes esperar!
Impotente es como se siente uno frente a todo rollo, coño. A ver si nos dejan en paz de una puta vez, que encima no hacen más que dar la murga con eso del “si es por vuestro bien”. ¡Que nos dejen ya, coño! ¡Que nos dejen, que ya somos mayorcitos para conducir mamaos, hostia! ¡Asco de gente, coooooño! ¿Qué no tienen nada que hacer en su puta casa o qué? ¡Dejen ya de tocar los cojones, hombre! ¡Que ya somos ma–yor–ci–tos, entérense!
¡Que ya se yo que vivir es peligroso, hostia! ¡Que pa segura la “vida” de mi bisabuela, que hace ya cuarenta años que no le preocupa nada de este mundo más que las raíces de las flores que tiene encima!
O se puede decir de esta otra:
Desnudo integral