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27/11/12

En quince o veinte años...

Propongo responder por escrito a las siguientes preguntas, y guardar la respuesta en un cajón para leerla dentro de quince años:

¿Tendré un vehículo particular? Si creo que lo tendré, ¿cómo será?
¿Viajaré a largas distancias en mis vacaciones?
¿Dónde trabajaré?
¿Cuál será el coste de la energía para cocinar, calentar y moverse?
¿Cómo será la medicina?
¿Cómo serán los cuidados de los mayores y los niños?
¿Cómo educaremos a nuestros niños?
¿Qué típo de régimen político habrá?

7/10/12

La llamada

Un colectivo político gana las elecciones con una mayoría amplia. Su programa político está articulado alrededor de una idea fundamental: la política ha de contribuir al sostenimiento de la vida. A partir de este principio fundamental, y razonando acerca de cuestiones como el impacto de la velocidad y los recorridos de grandes distancias en el sostenimiento de la vida, ese colectivo incluyó en su programa electoral propuestas sobre movilidad en distintos ámbitos con la intención de transformar la economía hacia actividades de corta distancia y baja velocidad. Políticas de vivienda tendentes a acercar puesto de trabajo y residencia, políticas fiscales sobre el uso del vehículo basadas en kilometraje recorrido, políticas agrícolas para un suministro de ciclo corto en los alimentos, y un largo etcétera. Y, por supuesto, paralización de infraestructuras como autovías y trenes de alta velocidad.

Suspendamos temporalmente la opinión que tenemos sobre un programa político como este, bien sea esa opinión sobre el contenido, o sobre su factibilidad (precisamente lo que interesa aquí es cómo se forma esa opinión, antes que su contenido), y planteemos otra pregunta: ¿cómo reaccionaría el poder económico frente a un programa como este?, ¿cómo se anticipa a amenazas como esta?

Siguiendo con nuestro ejercicio de política ficción, ¿podemos imaginar una llamada del representante de la patronal de las constructoras que discurra en los términos siguientes al día siguiente de la victoria electoral?

“Señor Presidente, reciba en primer lugar mi más sincera felicitación por su reciente victoria electoral, así como la del resto de los miembros de esta patronal. Tras revisar detenidamente sus propuestas electorales, nos gustaría comentar con usted algunos aspectos que nos han causado cierta preocupación. Nos gustaría asegurarnos de que, llegado el momento de poner en marcha su programa electoral, ustedes tienen toda la información necesaria para tomar las mejores decisiones. Quizás haya aspectos de la política de infraestructuras que personas no familiarizadas puedan pasar por alto. Sepa, por ejemplo, que cada año las empresas de las que forma parte esta patronal facturan alrededor de unos tres mil millones de euros, dinero que permite a medio millón de familias pagar sus hipotecas, disfrutar de unas merecidas vacaciones, pagar el colegio de sus hijos, y las facturas. No le voy a negar que nos preocupa el impacto que pueda tener su programa en nuestra cuenta de resultados, pero como comprenderá, el grupo al que represento podría vivir durante muchas generaciones aunque cesasen mañana todas sus actividades económicas. En definitiva, nos gustaría hablar de estos y otros asuntos antes de que tome ninguna decisión precipitada que pueda tener unas consecuencias indeseables por todos, difíciles de corregir llegado el caso. Quedamos a su entera disposición para reunirnos con ustedes cuando lo estimen oportuno, si bien creemos que esta reunión debería producirse más pronto que tarde.”

Cuando pensamos en la relación entre el poder político y el económico, solemos pensar en términos de soborno. Es otra de las muchas conclusiones a las que el mensaje de los medios nos induce a pensar, porque en los medios de comunicación veremos al político corrupto que aceptó un sobre, pero nunca, jamás tendremos noticia de una llamada como esta. Pero existen (y hablamos de cifras decenas de miles de veces superiores a las de cualquier soborno, pero son cifras invisibles).

A la vista de lo anterior, creo que chantaje es una palabra más precisa que soborno para describir la relación entre política y poder económico. Las reglas de juego del sistema funcionan como un chantaje: si uno las sigue, el poder gana; si uno las cuestiona, el coste sería tan grande, que ninguna formación política podría permitírselo.

Nuestra mente es una poderosa máquina narrativa: no solo comprende muy bien las narraciones, sino que es capaz de construir narraciones para explicar lo que sucede. Pero esa característica de la mente es algo más que una habilidad: es a la vez un impulso y una limitación. Al explicar las cosas, necesitamos narraciones limitadas, coherentes, con un principio y un fin, una cronología, unos protagonistas, unas escenas. Pero la realidad es mucho más compleja de lo que podemos narrar. Por eso, entre otras cosas, el futuro de la Humanidad y nuestras fantasías sobre ese futuro están cada vez más alejadas.

La forma en la que el poder se ejerce es infinitamente más sutil de lo que la mayoría de nosotros estamos preparados para comprender. La idea de una conspiración de los poderosos se ajusta bien a nuestras preferencias por las narraciones, pero dista mucho de ser cierta. Ahora bien, que no exista una conspiración, no disminuye un ápice la capacidad de las élites económicas de dar forma a una realidad cada vez más estrecha para los de abajo y para la naturaleza, y más ancha para los de arriba, por mucho que una estructura así no pueda sostenerse durante mucho tiempo.

Una de las varas de medir las narraciones es eso que llamamos comúnmente “sentido común”. El sentido común es un artefacto cultural, tan variable como las culturas que le dan forma. Tiene menos que ver con lo que es verdad, que con lo que un grupo de gente considera verdadero en un momento de la historia. El sentido común es otro de los instrumentos que el poder trata de moldear a su servicio; al fin y al cabo, es el lugar desde el que la gente juzgará si tienen sentido o no programas electorales como el de nuestro colectivo político, o argumentos que cuestionan las creencias imperantes (cuando un argumento entra en conflicto con nuestras creencias, siempre tomaremos partido por nuestras creencias, por eso no existe poder que no intente inculcar un sistema de creencias que favorezca sus intereses).

El ejercicio explícito del poder es fácil de comprender, porque es fácil de narrar: es fácil comprender una escena de una persona amenazando a otra con un arma, o la escena de un servidor público aceptando un soborno, pero la construcción del sentido común es un asunto que no admite una narración simple, pero eso no lo hace menos importante. Todo lo contrario. El verdadero poder es un poder sutil, invisible, un poder que se ejerce con nuestra colaboración cuando admitimos como cierto todo aquello que el sentido común nos señala como posible.

El sentido común nos dice que el progreso es bueno, y nos dice que consiste en pasar de la carretera a la autovía, del tren convencional al de alta velocidad, de un coche de hace diez años a un coche nuevo… y lo dice porque desde siempre hemos visto en la televisión, o leído en los libros de texto cosas como que la energía nuclear ha supuesto un enorme avance para la humanidad. Cada vez más, el sentido común se sostiene sobre un conjunto de creencias antes que sobre un conjunto de observaciones. Nuestro sentido común, nuestras creencias se sostienen sobre la autoridad que el poder, empezando por nuestros mayores, otorgan al aprendizaje que proporcionan los libros de texto o los medios de comunicación. Nadie nos dijo nunca que lo que hay en esos libros es algo de lo que debiésemos sospechar. Como el chantaje, el sentido común es otro de los puntos de apoyo sobre el que el poder se ejerce (y no es un punto de apoyo menor).

Así que llegados aquí, conviene observar que la llamada imaginaria se hace desde el interés, y no desde el sentido común, por mucho que las razones expuestas pretendan hacerse pasar por razones sensatas. No existe una sola mentira que no trate de ampararse en razones que apelan al sentido común.

21/8/12

Vuelve ETA

Ya se va notando en la cocina de TVE el aroma al menú que el comisario político Somoano venía cocinando en Telemadrid, con ETA como plato estrella. No importa que la ETA que le toca cocinar a Somoano huela a muerto, porque el congelador televisivo está repleto de documentales que, si bien ya saben algo rancio, sirven para seguir ofreciendo el exitoso menú, con txalaparta de acompañamiento musical de fondo.

No me voy a extender sobre la insistencia con que los análisis de sangre de la derecha muestran un notable y endémico déficit democrático. Lo que me interesa señalar es cómo la predilección de la derecha por ETA y sus víctimas, lejos de probar su compromiso con la libertad y la democracia, prueba exactamente lo contrario.

No es el Mal al que nos enfrentamos lo que determina nuestra talla moral; es la elección de ese Mal lo que nos califica. O sea, no es la posición de la derecha frente a ETA lo que demuestra su compromiso democrático; es el hecho de que esa elección oculte otra lo que demuestra su bajeza moral. Exhibir su compromiso democrático frente a ETA permite a la derecha no abordar su falta de compromiso a la hora de condenar el franquismo (en términos de democracia, un Mal incomparablemente mayor). Cuanto más alardea la derecha de defensa de las víctimas de ETA, más patente es su desprecio por las otras víctimas.

La derecha española ha sido históricamente reacia a condenar el régimen franquista y sus crímenes durante y después de la Guerra Civil. Su sospechosa postura sería algo así como un “no hace falta condenarlo, ya pasó”. No es de extrañar esta postura, dada la continuidad ideológica, familiar, e incluso afectiva. Una gran mayoría de la derecha sigue viendo en el franquismo aquel régimen autoritario pero benigno y paternal encarnado en las narraciones de la propaganda del NODO. La derecha siempre ha sido muy comprensiva con aquel régimen fascista (o usando el lenguaje moral católico de moda, ha mostrado un notable relativismo moral al respecto).

Se trata de un conflicto difícil de resolver: no se puede confesar lo que realmente se piensa sobre el pasado reciente de España, pero al mismo tiempo uno se ve a sí mismo con la misma estatura moral que cualquier otro, y se siente herido por no ser reconocido como tal. Y es aquí donde comisarios políticos como Somoano han sido capaces de proporcionar a las huestes de la derecha una fuente de legitimidad y talla moral capaz de resolver semejante conflicto (una falsa resolución, claro está).

Como la resolución del conflicto en términos de autocrítica y de ruptura con el franquismo y lo que este supuso, es un imposible, los ideólogos de la derecha han convertido a ETA en la encarnación de lo que el franquismo supuso para el resto de ciudadanos, empezando por adjetivarla con el término “fascista”. Fue Aznar el artífice de la ruptura sin ruptura de la derecha con el franquismo. Aznar y su gente sabían bien que una batalla está casi siempre perdida si la plantea el adversario, y casi siempre ganada si la plantea uno. Así, sabedores de que la batalla por la legitimidad democrática alrededor del franquismo estaba perdida, tuvieron la habilidad de plantear esa batalla alrededor de ETA. Como estrategas hay que reconocer su mérito. Como personas, hay que señalar su maldad.

Así, ETA funciona para la derecha como el régimen franquista funciona para la izquierda: un Mal que nos permite demostrar la talla moral; el anclaje en el que apuntalar la legitimidad democrática. Solo que aquí esa demostración tiene un reverso que es más importante que el anverso: la posición frente a ETA hace aún más patente el silencio de la derecha frente a los crímenes del franquismo. Lo que no condenamos evidencia nuestra talla moral tanto más como lo que condenamos. Los combates que rehuimos dicen de nosotros tanto como los que afrontamos.

6/8/12

Piramide invertida de la opresión

La pirámide invertida de la opresión muestra cómo funciona el sistema frente a los problemas que causa. VicenteManzano-Arrondo la describe de la siguiente manera:

Nada ocurre [invisibilización]. Si ocurriera, no es una injusticia [interpretación] porque la causa no es humana (naturalización), la consecuencia no recae sobre humanos (cosificación), realmente es justo (inversión), lo relevante es otra cosa (perspectivación) o se trata de una observación falsa (deslegitimación). Si se interpretara como injusticia, no es achacable al sistema [canalización] pues es el mismo grupo humano el que se genera el daño (victimización), proviene de fuera del sistema (agente externo), mientras que el sistema cuenta ya con vías para superar la  injusticia (tokenismo). Si la injusticia se identificara como causa del funcionamiento del sistema, es mejor no hacer nada [inmovilización] ya que se están tomando las medidas oportunas (solución en marcha), el líder pide confianza (acto de fe), la solución es cosa de especialistas (especialización),  es iluso actuar (fatalismo), el problema se resuelve en la ficción (catarsis virtual), el asunto es demasiado difuso como para abordarlo (difuminación), sería peor el remedio que la enfermedad (solución indeseable), es un problema ajeno o lejano (distanciamiento), o constituye una excepción de un funcionamiento impecable (anecdotización). Si las personas sienten la necesidad inevitable de hacer algo, se suministran los instrumentos pertinentes que no atentan contra el orden [domesticación] alentando las acciones individuales aisladas (trascendencia individual), definiendo con precisión las acciones grupales permisibles (acotación de la acción colectiva) o guiando la acción mediante el pensamiento y este mediante el lenguaje (imposición de lenguaje). Si ello finalmente tampoco funcionara, se procede a parar directamente el movimiento [represión]

A servidor se le ocurre el siguiente ejemplo:

Invisibilización: “España va bien”.
Interpretación: “Si la gente compra tantos pisos, es porque tiene dinero”.
Canalización: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.
Inmovilización: “No tenemos libertad para elegir”. “Estamos haciendo los deberes”. “Hay que hacer sacrificios hoy para salir de la crisis mañana”. Gobiernos de tecnócratas.
Domesticación: “Los problemas no se solucionan detrás de una pancarta, sino trabajando”, “Es el momento de que todos arrimemos el hombro, no de poner palos en la rueda”.
Represión: Modificación del código penal que iguala la resistencia pasiva a un acto de resistencia a la autoridad, e incluso a la kale borroka. El uso de la policía antidisturbios…

El mecanismo es tan sencillo, y tan eficaz, que acojona…

24/7/12

Recortes

Hace unos días preguntaba a los oyentes una locutora de radio, por dónde recortarían en época de crisis. Ahí va una primera lista de cosas que se me ocurren:

- Horas de trabajo: tendríamos que trabajar al menos la mitad de horas para poder dedicar tiempo a formarnos, informarnos, participar, convivir, socializar, cuidar, ayudar…
- Objetos consumidos: tendríamos que pensar qué cosas pueden salir de casa, en lugar de pensar qué cosas entran en casa.
- Velocidad: tendríamos que recortar en la velocidad a la que hacemos todo. Deberíamos demorarnos más en las cosas, tomarnos nuestro tiempo, bajar la velocidad del pensamiento para poder mirar, para ver, para prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor.
- Televisión y demás pantallas: si no nos atrevemos a prescindir de la tele, habría que dividir por varios números las horas de tele. Igual para el resto de pantallas. Más experiencia vivida, menos experiencia referida. A pisar la calle.
- Kilómetros: definitivamente, hay que recorrer menos kilómetros. Y los que se recorren, deben recorrerse a menos velocidad.
- Comidas: conviene comer menos carne, y menos “productos Marco Polo” (aquellos que recorren medio mundo hasta llegar a nuestra mesa).
- Gente tóxica: si no puedes alejarte de ellos, al menos ignóralos.
- Expectativas y deseos: tendríamos que aprender a clasificar nuestras expectativas y deseos para distinguir las razonables de las que no lo son, las legítimas de las que no lo son. Desear ser amado es legítimo, incluso razonable; esperar que esa persona particular sea quién me ame, no lo es. Una expectativa razonable nos abre los ojos, una expectativa irracional nos ciega.
- Pensamientos negativos: sin dejar de ver lo malo que hay en el mundo, hay que “saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

Se admiten sugerencias.

26/5/12

14/5/12

No nos representan

“!Que no, que no, que no nos representan, que no!”.

El 15M tiene un subconsciente, y el subconsciente nos hace decir cosas que no sabíamos, o no creíamos haber dicho. El eslogan más conocido del 15M es un buen ejemplo. Paradójicamente, se trata de un eslogan que trabaja en dirección contraria al 15M (cosas del subconsciente).

Empecemos proponiendo que se trata de un movimiento fundamentalmente “metodológico”, no “programático”; es decir, de un movimiento que prima el cómo hacer política sobre el qué políticas hacer. No es que las políticas no sean importantes, sino que es más importante la manera de decidirlas. Sobre esto se podría hablar largo y tendido, pero dejémoslo en que un cambio en el sujeto político significa un cambio de políticas.

Propongamos también que la política, hoy, se entiende como un objeto de consumo, y como tal objeto, los partidos funcionan como la televisión: uno compra el aparato, y después el aparato mostrará lo que otros deciden mostrar. El comprador no tiene más opciones que seguir viendo cabreado ese canal, cambiar de canal, o apagar el aparato. Lo que no puede hacer es interpelar a quien sea que esté al otro lado.

El 15M rompió la pantalla del televisor y se presenció en medio del plató: “no queremos que sigan diciendo que programan lo que el público quiere; el público somos nosotros y venimos a pensar qué queremos ver”. No a decir qué queremos ver, sino a pensar qué queremos ver.

Pero volvamos al subconsciente aflorando en el habla. Si el movimiento hubiese dicho “nadie nos representa”, no hubiese habido lugar a equívoco. El problema al decir “[ellos] no nos representan”, es que pone el foco sobre el “ellos” en lugar de sobre el “no nos representan”, y esa perspectiva hizo pensar a muchos que el propio movimiento podía llegar a ser un “ellos” nuevo que sí nos representara. Muchos vieron en el 15M el embrión de una nueva opción de consumo, un “estos sí me representan”. No era eso. El 15M nos invitó a todos a no ser espectadores, sino participantes.

Y ahí es donde empezamos a mirarnos los unos a los otros con extrañeza, como si hubiésemos sintonizado un canal con una película birmana sin subtítulos: sencillamente, no sabemos cómo participar, no queremos asumir esa carga (que lo es). Preferimos que nos representen, ahorrarnos el trabajo de participar, de escuchar a otros para aprender, para construir colectivamente. Preferimos votar a un partido que sabemos que no hará nada de aquello que promete y después enfadarnos cínicamente, como si nos pillase por sorpresa la mentira tantas veces repetida.

Se oye decir que el 15M ya no es lo que era, que se ha “radicalizado”. Suena a excusa. Si eso es cierto, es porque un día dejamos a unos pocos pensando en el plató, nos volvimos a casa y encendimos la televisión a ver si algo había cambiado, pero solo estaban los viejos programas de siempre. No fue el 15M quién se alejó de la sociedad; fue la sociedad la que se alejó del 15M. El movimiento no es de nadie y es de todos; de todos los que están en las plazas.

7/4/12

Abracadabra

Bajo a tirar la basura y veo un viejo monitor de rayos catódicos en el cuarto de las basuras.

Pienso que la clave del capitalismo es la misma que la de la magia: crear una ilusión ocultando el truco. El capitalismo, como la magia, está lleno de dobles fondos, trampillas, pequeños pájaros sacrificados, innumerables trucos que invisibilizan los costes y consecuencias de su funcionamiento, y hacen creer que lo imposible es posible. Y aunque todos sabemos que hay truco, no queremos conocerlo.


Quién ha abandonado ese monitor cree en la magia: el monitor apareció un día por arte de magia en una tienda, y desaparecerá por arte de magia del cuarto de la basura. Sin más, sin otra consecuencia.


Y un segundo pensamiento: hasta no hace mucho, viejo era sinónimo de inútil. Ya no. Ahora viejo es sinónimo de pasado de moda. Mundo raro este en que lo útil ya no tiene valor.

6/4/12

El que la hace la paga

El que la hace la paga. Tienes que ser responsable y hacerte cargo de las consecuencias. Los responsables pagarán por ello.


Del hablar común hay que desconfiar porque nos acerca a la verdad por un estrecho camino. Dejando de lado esta objeción –no menor-, queda esa verdad a la que el hablar se refiere: en lo que nos ocupa, que la justicia no es otra cosa sino la reparación de una deuda. La ley, así las cosas, no es más que el acuerdo sobre fijación de precios vigente en cada momento para saldar esa deuda, un acuerdo hasta cierto punto arbitrario, convenido y pactado, cambiante, sujeto a modas. Pero la variabilidad histórica en el acuerdo no hace menos cierta la verdad anterior: la justicia no es sino la reparación de una deuda.


Vivimos en un mundo que hace tiempo abandonó cualquier ideal de justicia a favor de formas más o menos disimuladas de rapiña. Sin embargo, quizás por una cuestión de formas (o sea, de hipocresía), nuestro hablar sigue hablando de ella. Así, los ególatras, narcisistas y psicópatas que suelen dirigir las instituciones empresariales, financieras o estatales que nos conducen derechitos al desastre, hablan de las “responsabilidades del cargo”, o sea, de la deuda que tenemos con ellos. Han conseguido convencernos de que dirigir lo que sea en beneficio propio nos hace al resto deudores hasta un extremo tal, que cualquier remuneración monetaria está justificada para saldar esa deuda.


Se trata del único caso en que responsabilidad y acreedor de la deuda coinciden en el mismo sujeto. O sea, que aquí el responsable cobra en lugar de pagar. Lo asombroso es que la cosa cuela, lo que dice muy poco del resto de nosotros.


Algunas objeciones: la responsabilidad no es un atributo de la posición -el padre, el jefe-, sino la consecuencia de un acto previo. Y si la responsabilidad es la consecuencia de un acto, ¿hemos de entender acaso, que estamos pagando por adelantado a unas personas por las consecuencias que sobre esas mismas personas tendrán los errores que cometan en el futuro? Basta con mirar alrededor para ver que esto no es así: en el pago por la responsabilidad hay pago, pero no hay responsabilidad. Se cometen errores, claro, pero somos el resto los que pagamos, mientras los responsables se desentienden, e incluso, en un último acto de cinismo, nos devuelven la responsabilidad al resto -jefes culpando a los empleados de los malos resultados, banqueros culpando a los ciudadanos por endeudarse, políticos hablando de un vivir por encima de no sé qué posibilidades, entrenadores culpando a los jugadores, y podríamos seguir-. Visto que no era responsabilidad lo que estábamos pagando, ¿qué era entonces?


Hay una alternativa a esta forma de hacer las cosas. Se trata de una alternativa mucho más difícil, pero también más justa y verdadera: desconfiar de los farsantes que acarrean “la pesada carga de la responsabilidad”. No delegar y distribuirnos esa carga colectivamente. Hay una razón poderosa para ello: es mucho más fácil ser injusto con los demás que serlo con uno mismo.

29/3/12

Tres apuntes sobre la huelga

Un oyente comenta en la radio que tenía un piso y lo perdió, que vive debajo de un puente, que los banqueros son unos sinvergüenzas. Después acusa al locutor de haber jaleado a la gente para ir a a huelga, y que esto solo se arregla si todos arrimamos el hombro.

Otra oyente dice: "a pesar de que soy universitaria, tengo un empleo precario".

Un grupo de ciclistas corta la M-30. La policía, deja hacer y se limita a hacer gestos a los automovilistas para que se tranquilicen.

13/3/12

El gran juego

El negocio y su lenguaje lo invaden todo. Esa forma de ser y de estar va imponiéndose en todos los ámbitos de la vida, desde la política a la pareja, desde el colegio al hospital, desde el agua a la semilla. Es difícil encontrar una respuesta peor a las necesidades humanas, y una práctica más hostil hacia la lógica de la vida, lo que hace difícil de comprender el éxito que ha alcanzado. La soberbia, el cinismo, el narcisismo, la avaricia, la pereza, los pecados en fin, han sido los sospechosos habituales a los que atribuir su empuje y el éxito de su carrera delictiva. Sin dejar de ser cierta, esta explicación es insuficiente. Entonces, ¿qué atrae a tantos hacia algo tan destructor y tan nihilista?


Antes de nada, convengamos en que, en general, la vida en el mundo es dura, precaria, difícil, y que el mundo rara vez nos da lo que anhelamos (salvo que uno haya educado la atención, también es cierto). No es que el mundo sea hostil, es que sencillamente es indiferente hacia nosotros.


Hace veinte años, Mihaly Csikszentmihalyi publicó Fluir, un texto en el que definía el concepto de flujo como ese sentimiento profundo de disfrute que hace que las personas gasten gran cantidad de energía en una actividad. Csikszentmihalyi identifica ocho componentes básicos para que ese disfrute ocurra:


- La experiencia sucede cuando tenemos una oportunidad de lograr la tarea (1).

- Debemos ser capaces de concentrarnos en lo que hacemos (2).

- La tarea tiene unas metas claras (3), y una retroalimentación inmediata (4).

- Uno actúa sin esfuerzo, con una profunda involucración que aleja de la conciencia las preocupaciones y frustraciones de la vida cotidiana (5).

- Las experiencias agradables permiten a la personas ejercer un sentimiento de control sobre sus acciones (6).

- Desaparece la preocupación por la personalidad (7)

- El sentido de la duración se altera (8).


El autor añade que una proporción abrumadora de experiencias óptimas ocurre dentro de secuencias de actividades que se hallan dirigidas hacia una meta y reguladas por normas. Lo interesante del asunto es que Csikszentmihalyi identifica unas condiciones que carecen por completo de cualquier connotación moral. La condición de flujo puede alcanzarse realizando actividades moralmente buenas, o moralmente repugnantes.


A la vista de la teoría de Csikszentmihalyi, no es difícil ver que la naturaleza de los negocios hace de ellos un territorio tan bueno para originar experiencias de flujo como el ajedrez o la cocina. Que además de eso ratifique los delirios narcisistas, exija unas buenas dosis de cinismo, proporcione innumerables estrategias de compensación de complejos y, además, proporcione ese bono convertible en casi cualquier cosa que es el dinero, no hace sino añadir razones para el éxito. Que sea un éxito inmoral y nihilista es otro asunto, pero desde la perspectiva de Csikszentmihalyi, un asunto tan disparatado como una sociedad sustentada en los negocios, tiene sentido (aunque sea una sociedad delirante).


Pero hay un problema: una inmensa proporción de los jugadores (los trabajadores, los pobres, los explotados, los que se hacen cargo de las consecuencias), se niegan a participar. Participamos obligados, sí, pero sin creernos las reglas, cuestionándolas. Y eso resta disfrute a los que han hecho de este juego su forma de vida. Hasta ahora les había bastado con explotarnos, pero ahora todos esos jefes entregados “necesitan” que nosotros nos creamos el papel que representamos para poder creerse ellos mismos el suyo, como aquel rey desnudo… y es entonces cuando alguien se acuerda del compromiso.


Hace poco oía a un jefe clasificar a los empleados en dos grupos: los que “solo hacen su trabajo” y los que “se comprometen”. Hay una primera lectura de esta división: uno siempre puede demostrar que ha hecho su trabajo (y esto es una sólida línea de defensa). ¿Pero el compromiso? ¿Cuándo demuestra uno suficiente compromiso? Como le sucede a las mujeres maltratadas, uno nunca está a la altura (lo que nos deja a merced de los caprichos arbitrarios del maltratador): “no me quieres suficiente” dice él, “¿qué puedo hacer para arreglarlo?”, responde ella. No importa cuánto se haga, porque nunca es suficiente. Ese es el lugar en el que nos quieren: siempre por debajo de lo que se espera; siempre obligados a esforzarnos un poco más. Así es como hay que entender el compromiso: como un chantaje.


Pero hay una segunda lectura, más interesante quizás: el trabajador que “solo hace su trabajo” niega al trabajo cualquier otro valor que no sea el de un medio (bastante indeseable, por otro lado) para alcanzar los verdaderos fines que desea, siempre localizados fuera del negocio. Esta visión es un grito al oído del rey: “!estás desnudo!”. Sin embargo, al conseguir su compromiso, al convencer al incauto de que sus objetivos personales son los de la empresa, ya no hay voces molestas que hablen de un mundo más allá de ese que proporciona tanto placer, tanto disfrute a unos pocos (a costa de todos los demás, y de todo lo demás). Al comprometer a los peones, el rey hace del tablero el único mundo verdadero. La fantasía se impone sobre la realidad, como la única realidad.


Por supuesto, como todo en este juego, se trata de un compromiso falso, al servicio, de nuevo, del narcisismo, o de cualquier otro complejo cuya curación requiera algún esfuerzo. Ahora bien, al comprometerse con unos objetivos personales que no lo son, lo que se hace es dificultar la comprensión del conflicto. El trabajador que “solo hace su trabajo” comprende que el conflicto se establece entre el trabajo y todo lo que el trabajo impide (vivir, sin ir más lejos). El trabajador “comprometido” tampoco vive, pero es su compromiso el que le impide comprender: siempre ve en la organización defectuosa, el jefe incapaz o los compañeros perezosos, el origen de la dificultad en realizar sus objetivos. Como se equivoca al identificar el conflicto, su frustración no tiene fin. Le han robado hasta la posibilidad de soñar un propósito significativo para su propia vida.


Nos reiríamos de cualquier actor que afirmase ser el verdadero Hamlet, y sin embargo, somos incapaces de ver el público que atiende, asombrado, a esta obra delirante en que hemos convertido el mundo. Ninguna locura ha impedido, hasta el día de hoy, que llegado el momento el telón caiga.

25/2/12

Desarrollo a escala humana

¿Y qué pasará en el futuro? Con respecto a este tema, me gustaría compartir con ustedes la idea de un buen amigo mío, el distinguido ecólogo argentino Dr. Gilberto Gallopin, que ha propuesto tres posibles versiones del futuro.

La primera es la posibilidad de la extinción total o parcial de la especia humana. la forma más obvia de que esto ocurra es a través de un holocausto nuclear, el cual, según sabemos, se basa en el principio de la Destrucción Mutua Asegurada. Pero además del holocausto nuclear, hay una serie de procesos actuales que pueden causar dicha situación: el deterioro del medio ambiente, la destrución de los bosques, la destrucción de la diversidad genética, la polución de los mares, lagos y ríos, la lluvia ácida, el efecto invernadero, la reducción de la capa de ozono, y otros.

La segunda posibilidad es la barbarización del mundo. Algunas características serían el surgimiento de burbujas de enorme riqueza, rodeadas de barricadas o fortalezas para proteger esa riqueza de los inmensos territorios de pobreza y miseria que se extienden más allá de las barricadas. Es interesante destacar que esta versión aparece cada vez más en la literatura de ciencia ficción de la última década. Es como la atmósfera de Mad Max, tan brillantemente descrita por los australianos en este film. Muchos de estos síntomas ya se encuentran en algunas actitudes mentales y en la existencia real de áreas aisladas para los muy ricos, que no quieren contaminarse visual, auditiva o físicamente con la pobreza. Un componente de esta versión será el resurgimiento de regímenes represivos, que cooperarán con las élites ricas e impondrán condiciones de vida cada vez peores para los pobres.

La tercera versión presenta la posibilidad de una gran transición –el pasaje de una racionalidad dominante de competencia económica ciega y de codicia, a una racionalidad basada en los principios de la solidaridad y el compartir-. Podríamos llamarlo el pasaje de una Destrucción Mutua Asegurada a una Solidaridad Mutua Asegurada. La pregunta es si podemos hacerlo. ¿Tenemos las herramientas, la voluntad y el talento para construir una Solidaridad Mutua Asegurada? ¿Podemos vencer la estupidez que hace que posibilidades como esa queden fuera de nuestro alcance? Creo que sí podemos, y que tenemos la capacidad. Pero no nos queda mucho tiempo.

Queremos cambiar el mundo, pero nos enfrentamos a una gran paradoja. En esta etapa de mi vida, he llegado a la conclusión de que no soy capaz de cambiar el mundo, ni siquiera una parte de él. Solo tengo el poder de cambiarme a mí mismo. Y lo fascinante es que si decido cambiarme a mí mismo, no hay fuerza policial en el mundo que pueda impedirme hacerlo. La decisión depende de mí, y si quisiera hacerlo, puedo hacerlo. Pero el punto fascinante es que si yo cambio, puede ocurrir algo en consecuencia que conduzca a un cambio en el mundo. Pero tenemos miedo a cambiar. Siempre es más fácil intentar cambiar a los otros. La enseñanza de Sócrates fue: “conócete a ti mismo”, porque sabía que los seres humanos tienen miedo a conocerse. Sabemos mucho de nuestros vecinos, pero muy poco sobre nosotros mismos. Entonces, si simplemente pudiéramos cambiar nosotros mismos podría darse la posibilidad de que algo fascinante pueda suceder en el mundo.

Espero que llegue el día en que cada uno de nosotros sea lo suficientemente valiente para poder decir, con toda honestidad: “soy, y porque soy, me volví parte de…”. Me parece que este es el camino correcto a seguir si queremos poner fin a una manera estúpida de vivir.


Desarrollo a escala humana.

Manfred Max-Neef

11/2/12

Acceso no autorizado

"Soñamos con la conspiración porque implicaría la existencia de un orden, y eso nos calma. Gentes que piensan a largo plazo, gentes que estudian y se organizan, proyectan y actúan. Esas gentes existen, desde luego; el dinero acumulado facilita la organización. Pero no están unidas. Nuestra política hoy es forcejeo, no hay otra palabra más noble para definirla, ni más misteriosa. Fuerzas que intentan vencer resistencias, y lo hacen las más de las veces de forma grosera, sin respetar las reglas pues, si nadie las cree, ¿quién las va a defender? Forcejean más y hieren más y vencen los que más han acumulado, cuanto más forcejean y vencen, más acumulan y más siguen teniendo. Desde el otro lado solo hay pequeños avances, escarceos que no logran dar un vuelco a la situación."

Acceso no autorizado, Belén Gopegui.

3/2/12

El talón de hierro

Al oir estos días a un conocido banquero español, he recordado esta palabras:


"Verá que los poderosos están convencidos de la justeza de sus acciones. Esto es lo más grave y absurdo de toda la situación. Es algo tan íntimo a su naturaleza, que son incapaces de hacer algo que no consideren correcto. Han de justificar siempre sus actos.

Cuando tratan de realizar algo, algún negocio, por supuesto, le dan vueltas en sus cabezas hasta que encuentran una justificación religiosa, ética, científica o filosófica que les asegure de lo correcto del proceder. No importa de qué se trate, la sanción moral acaba llegando. Se sirven de una casuística elemental, jesuítica; siempre ven en el mal que puedan hacer los beneficios que pueden resultar de él. Una de las ocurrencias más axiomaticas a la que han llegado es la de que son superiores al resto de la humanidad en talento y eficiencia. De ahí proviene su idea de que proporcionan el pan y la mantequilla al resto de la humanidad. Han resucitado las antiguas teorías del derecho divino de los reyes, en su caso un derecho mcercantil.

La debilidad de su postura es que se trata simplemente de hombres de negocios; no son filósofos. No son biólogos ni sociólogos. Si lo fueran, por supuesto que todo marcharía mejor. Un empresario que fuera también biólogo o sociólogo estaría más próximo a conocer las acciones más adecuadas para regir la humanidad. Pero fuera de su actividad lucrativa, son profundamente ignorantes. No tienen ni idea de en qué consiste la sociedad, y la humanidad les es ajena, pero se consideran ellos mismos como los regidores del destino de millones de hambrientos y de todos los seres socialmente derrotados. Algún día, la historia se mofará de toda esta maraña."


El Talón de Hierro, Jack London (publicada en 1908).

27/7/11

Maiakovski en América

Aprovechándome de la ausencia de muchedumbre en el viaje de vuelta, intenté organizar mis impresiones más importantes de los Estados Unidos:


Primero. El futurismo de la tecnología desnuda, del impresionismo superficial de humos y cables que tenía el gran papel de revolucionar la mentalidad estancada, impregnada del mundo campestre, ese futurismo primitivo está totalmente consolidado en los Estados Unidos.

Aquí no tienes que hacer llamamientos ni proclamas. Solo queda transportar Fordsons a Novorossiyisks, tal y como lo hace Amtorg.


A los trabajadores del arte se les presenta el reto de LEF: no celebrar la tecnología, sino domarla en nombre de los intereses de la humanidad. En vez de dedicarse a la admiración estética de las escaleras metálicas contra incendios de los rascacielos, hay que resolver el problema de la vivienda.


¿Qué tiene el automóvil de especial…? Hay muchos: ha llegado el momento de pensar en qué hay que hacer para que no ensucien el aire.


No es cuestión de construir rascacielos en los que es imposible vivir pero la gente vive.


Las ruedas de los trenes elevados que pasan volando escupen polvo, y parece que pisan tus orejas. En lugar de cantar al estrépito, hay que poner silenciadores: los poetas tenemos que poder hablar en el vagón. Están el vuelo sin motor, el telégrafo sin cable, la radio, los autobuses que desplazan tranvías que corren sobre raíles, el metro que ha ocultado todas las apariencias bajo el suelo.


Tal vez la tecnología de mañana, incrementando las fuerzas por millones, vaya por el camino de la liquidación de las obras, del estrépito y de otras apariencias del reino tecnológico.


Segundo: La división del trabajo aniquila la calificación humana. El capitalista selecciona y separa un porcentaje de los obreros que le cuesta caro (mano de obra cualificada, líderes de sindicatos amarillos, etcétera) para después tratar al resto de los trabajadores como una mercancía inagotable.


Si queremos, vendemos; si queremos, compramos. Si no queréis trabajar, esperaremos; si declaráis una huelga, cogeremos a otros. Recompensaremos a los sumisos y a los talentosos; a los insumisos los esperan los palos de la policía del Estado, los máuseres, y los colts de los detectives de las agencias privadas.


La astuta segregación de la clase trabajadora en obreros y privilegiados, la ignorancia de la gente obsesionada por el trabajo que después de la jornada laboral bien organizada ni siquiera tiene fuerzas para pensar, el bienestar relativo del obrero que gana el mínimo vital, la esperanza vana de una futura riqueza que se nutre con las historias bien pintadas de limpiabotas que llegan a ser multimillonarios, unas auténticas fortalezas militares instaladas en las esquinas de numerosas calles y la amenazadora palabra “deportación” aplazan considerablemente cualquier tipo de expectativas de explosiones revolucionarias en los Estados Unidos. Aunque tal vez un día la Europa revolucionaria se niegue a pagar alguna deuda… o los japoneses empiecen a cortar las uñas de la manaza extendida a través del océano Pacífico. Por eso la asimilación de la tecnología estadounidense y los esfuerzos con el objetivo de un segundo descubrimiento de América –para la URSS- es la tarea que tiene que cumplir cualquier persona que viaje por los Estados Unidos.


Tercero: Tal vez sean fantasías. Los Estados Unidos acumulan demasiada grasa. Toman a la gente que tiene un par de millones de dólares por unos jóvenes principiantes con recursos limitados. Entregan créditos a quién sea: incluso al Papa, que compra el palacio de enfrente para que ningún curioso ni por sus ventanas papales.


Ese dinero sale de todas partes, incuso de la cartera poco poblada de los trabajadores estadounidenses.


Los bancos hacen una publicidad muy agresiva de los depósitos para obreros. Poco a poco, esos depósitos crean la convicción de que hay que preocuparse por los intereses y no por el trabajo.


Los Estados Unidos se convertirán en un país exclusivamente financiero, usurero. Los antiguos trabajadores que tienen aún deudas por el automóvil comprado a plazo y una casa microscópica, tan regada con el sudor que no es extraño que haya crecido hasta la segunda planta, esos antiguos trabajadores pueden creer que su tarea consiste en vigilar que su dinero no desaparezca.


Es posible que Estados Unidos se conviertan en su totalidad en los últimos defensores armados de la causa desesperada de la burguesía. Entonces, la historia podrá escribir una buena novela parecida a La guerra de los mundos, de Wells.


El propósito de mi ensayo es impulsar el estudio de las debilidades y fortalezas de los Estados Unidos en vistas de una lucha lejana.


Rochambeau entró en El Havre. Unas casitas analfabetas que solo saben contar plantas con los dedos. Un puerto a media hora de la ciudad. Cuando todavía estaban echando las amarras, la costa se pobló de minusválidos andrajosos y con chiquillos.


Les tiraban centavos inútiles desde el vapor (se dice que eso “trae suerte”) y los chiquillos, empujándose, acabando de desgarrar con dientes y dedos sus camisas plagadas de agujeros, luchaban por las monedas de cobre.


Los engreídos estadounidenses se reían desde la cubierta y sacaban fotografías.


Esos mendigos se me presentan como un símbolo de la Europa del futuro si no de arrastrarse ante el dinero de los Estados Unidos o a la vista de cualquier dinero.


Viajamos hacia París. Taladrando con túneles las montañas interminables que atravesaban el camino.


En comparación con los Estados Unidos, las casas parecían unas chabolas miserables. Cada palmo de tierra había sido conquistado con una lucha milenaria, agotado por siglos y usando con mezquindad avara para cultivar violetas o lechugas. Pero incluso ese apego a la casa, a la tierra, a lo suyo, despreciable y premeditado durante siglos, ahora me parecía una cultura extraordinaria en comparación con el régimen de campamentos provisionales, con el carácter rapaz de la vida estadounidense.


En cambio, hasta Rouen, en las interminables carreteras flanqueadas de castaños, en la región más poblada de Francia, solo nos cruzamos con un automóvil.



Fragmento de América, de Vladimir Maiaovski, libro publicado en 1926.

En España ha sido editado recientemente por Gallo Nero ediciones, con traducción de Olga Korobenko.

2/5/11

¿Cuánto mide una tumba?

Estos días echan en la tele una serie de documentales sobre la construcción de las pirámides egipcias. Un grupo de profesores y estudiantes de una universidad de ingeniería civil de los Estados Unidos, trata de analizar la construcción en busca de hipótesis razonables sobre las técnicas constructivas empleadas. Discuten, por ejemplo, si el transporte de los materiales se realizaba mediante una única rampa longitudinal, o mediante una perimetral, o sobre la cantidad de hombres que eran necesarios para arrastrar uno de los bloques de piedra. Sean los métodos constructivos, sean los jeroglíficos, sean las distintas cámaras mortuorias o pasillos y canales, las preguntas que a menudo se formulan sobre las pirámides suelen ir en esa dirección: ¿cuál era la función de tal o cual elemento? ¿cómo realizaron tal o cual tarea?


Son preguntas pertinentes para una edificación formada por unos 2.300.000 bloques de piedra, cuyo peso medio es de dos toneladas y media por bloque, construida hace cuatro mil quinientos años por miles de hombres durante un periodo de veinte años. Nos asombramos antes las pirámides, pero se trata de un asombro cuantitativo -¡qué grande!-. Ahora bien, a todas esas interesantes cuestiones, uno puede añadir una más que provoca un asombro de distinta naturaleza: ¿cuánto mide una tumba?


Al formular esta pregunta, todas las anteriores pasan a un segundo plano, y el asombro se desplaza hacia otro lugar: ¿miles de operarios para colocar más de dos millones de enormes bloques de piedra durante veinte años para construir la tumba de un solo hombre? Esta es una de las preguntas que formula Lewis Mumford en El mito de la máquina, un texto que desarrolla una mirada tan atípica como lúcida sobre nuestro pasado como especie desde los primeros balbuceos hasta los cohetes espaciales, y que revela aspectos fundamentales de lo que subyace bajo lo que vemos. Siguiendo con las pirámides: el gran invento de los egipcios no fue semejante construcción, sino la máquina social necesaria para abordar una tarea como esa.


Como todo los textos verdaderamente iluminadores, el de Mumford permite ver lo común que hay bajo lo aparentemente distinto. Estamos convencidos de vivir en una época distinta a la que dio lugar a las pirámides. Lo que afirma Mumford es que no, que hoy las pirámides son otras, pero existen, porque así lo exige lo que él vino a denominar la “megamáquina”: un tipo de orden social que antepone el desarrollo tecnológico y científico a cualquier otra consideración digamos humana.


Hoy la pirámide se llama economía: podemos dedicar tanto tiempo como queramos a discutir sobre los aspectos técnicos de esta nueva pirámide, a condición de no preguntarnos acerca de lo fundamental: su sentido. Cómo sucedía con las pirámides -aunque de forma más sutil ahora- uno intuye que existe una desproporción creciente entre la función que realiza el sistema -digamos la satisfacción de necesidades-, y la solución para satisfacerlos -que demasiado a menudo consiste precisamente en no satisfacerlas-. Sucede con nuestro sistema económico lo mismo que sucedía con las pirámides: su gigantismo y desproporción como respuesta a una función, es una amenaza para quienes construimos estas pirámides modernas. Algún día nuestros sucesores se preguntarán asombrados cómo pudimos estar tan ciegos.


p.d. un saludo a un nuevo blog amigo –escribiendo en los márgenes-.

13/2/11

Desinformados

El enfado con los políticos circula por Internet. Se habla de su inutilidad, de su falta de preparación, de su ambición de poder, de sus sueldos, de su incapacidad, y de tantos otros males. También el CIS, cuando pregunta por los problemas más importantes, los encuentra a ellos. Este post no será un alegato en su defensa, pero sí será un alegato parcialmente exculpatorio. Creo que mientras señalamos a los políticos como el origen de nuestros males, otros salen con el botín por la puerta principal de nuestras vidas. Somos, sin saberlo, cómplices del saqueo que se perpetra contra nosotros.


Empecemos diciendo que, si algo ha demostrado esta crisis, no es tanto la incapacidad de los políticos como su falta de poder -decía un ministro de cultura francés que lo más terrible del poder es darse cuenta de que no se tiene-.


Entonces, ¿por qué seguimos creyendo aún en el poder de los políticos? En primer lugar, obviamente, porque ellos tratan de convencernos de que lo tienen. Difícilmente podría alguien alcanzar un puesto de responsabilidad política señalando los límites del poder al que se aspira. Lo primero que hace el político es convencernos de que puede hacer cosas que sabe bien que no puede hacer. Sin embargo, cuando lo prometido no se cumple, son pocos los ciudadanos que piensan en los limites del poder en lugar de en los límites del político. Esto explica, en parte, la frustración y la desconfianza hacia ellos. A los políticos se les puede echar en cara lo mismo que a esos padres que prometen llevarnos al zoo, y que al final se quedan viendo el fútbol en casa: o sea, de ilusionar primero para desilusionar después. Pero esto es solo parte de la historia. Hay un aspecto más siniestro y más peligroso: el interés del poder real por desacreditar el papel de la política.


El poder político, entendido como la capacidad de los ciudadanos para decidir sobre su realidad de manera colectiva, es el mayor obstáculo para que unos pocos impongan sus intereses a la colectividad. Así que los poderosos buscan por todos los medios debilitar un poder que ellos perciben como un obstáculo. Y eso se consigue haciendo pasar por falta de capacidad lo que es una limitación del poder político. Son muchos los mecanismos a su alcance, pero el más importante, sin duda, es el poder de escribir el relato de lo que sucede. Ya lo hemos señalado anteriormente: al contrario que en la guerra, en política, el que impone su narración, gana.


La mayoría de la gente que se asoma a los medios lo hace creyendo que son una inocente ventana a la realidad, en la que el paisaje que se nos muestra se nos muestra de manera más o menos desinteresada. Nada más lejos de la realidad. El asunto funciona de la siguiente manera: los medios hablan de una selección de temas desde un determinado enfoque, y luego esos medios preguntan a la gente sobre cuáles son los temas importantes. Sorprendentemente, la gente responde que los temas importantes son esos de los que se habla en los medios, y los medios presentan esas encuestas como si ellos no tuviesen nada que ver con el resultado. Si los políticos se perciben como el mayor problema es porque los medios primero hablan mal de ellos, y luego preguntan acerca de ellos. El mecanismo es tan sencillo que asusta.


Es curioso que no se perciba como un problema la ausencia de una red de guarderías públicas que alcance al 100 % de la población; o que haya cientos de miles de ancianos, por no decir millones, viviendo por debajo del umbral de la pobreza; o la destrucción de un patrimonio natural sin el que no existirían las medicinas, o todo el conocimiento en el que se fundamenta nuestra sabiduría. Y así cientos de cosas. Una vez más, hay que formular la pregunta: ¿Quién decide sobre de qué se habla en el espacio público? ¿Desde qué intereses? O sea, ¿quién decide de qué NO se habla?


Nuestras opiniones se explican mejor a partir del funcionamiento de los medios que de una realidad que uno sospecha se parece bien poco a lo que los medios refieren. En otras ocasiones hemos hablado sobre lo poco que importa nuestra experiencia a la hora de construir una imagen mental de la realidad, y lo mucho que importa lo que nos cuentan. Quizás nunca como hoy haya estado la balanza tan desequilibrada hacia lo que nos cuentan.


La mayoría de los medios no buscan que pensemos, sino que reaccionemos, que la primera reacción no sea de reflexión, sino de un posicionamiento inmediato; un “estoy a favor o en contra”. Los asuntos que presentan y la forma de presentarlos busca movilizar a los ciudadanos en una dirección, muchas veces alejada de sus propios intereses, y alineada con los intereses de los propietarios de esos medios, o sea, de los intereses de unos pocos, de una élite económica y financiera, del poder real. Para comprender esto, Pascual Serrano se ha dedicado a investigar quién está detrás de los medios. El resultado es Traficantes de Información, un libro que muestra, con nombres y apellidos, quienes están detrás de los medios, lo que, sin mucha más explicación, debería ser suficiente para que cualquier ciudadano se explique lo que esos medios cuentan.


¿Lo que se nos presenta en los medios es toda la realidad? ¿Es acaso siquiera una parte importante de la realidad? ¿O como mínimo una parte significativa de la realidad? Sospecho que no. Como señala Pascual Serrano, hoy la censura no se ejerce por limitación, sino por saturación. Constantemente nos bombardean con información, y pensamos que por ello estamos informados, cuando sucede exactamente lo contrario. La mayoría de nosotros carece de la información que necesita para comprender lo que sucede y lo que le sucede, y la brecha creciente entre una realidad limitadora, y una información insuficiente, no hace si no aumentar la frustración, el enfado, la ansiedad, la ira, y la depresión de todos nosotros.


Hay, creo yo, un interés claro por deslegitimar la política y a los políticos. Y por lo que dicen las encuestas, funciona. Es así como el poder va apartando los obstáculos que se puedan interponer en su camino, lo que facilita la imposición de sus intereses. Pasa aquí y pasa en todas partes.


¿Significa esto que toda crítica a los políticos sea ilegítima? !En absoluto! !Los políticos son más que criticables! Pero también deberían serlo las grandes empresas y los medios de comunicación. ¿Quién ejerce esa crítica? ¿Es razonable pensar que los medios van a criticarse a sí mismos? ¿A quienes financian sus actividades? Difícilmente. Sin embargo, a los políticos les exigimos un plus de virtud que no exigimos ni a nosotros mismos.


Quizás nunca antes ha habido una necesidad tan grande de recuperar el papel de la política, de convencernos de que el poder no se delega, de que la condición de ciudadano es inseparable de la condición política, de que debemos dejar de responsabilizar a otros de lo que nos ocurre, de asumir nuestra responsabilidad y de ejercerla, de que si otros tienen poder es porque nuestra pasividad lo permite. Deberíamos hacer algo más que reaccionar a las cosas que nos cuentan, y deberíamos ser más críticos, formular más preguntas del tipo "qué intereses defiende quién me habla", y ser más activos en la búsqueda de información. Porque de lo contrario es posible que, sin ser conscientes de ello, estemos tomando partido en contra de nuestros propios intereses.


Si aceptamos que el poder no está en manos de los políticos, entonces hay que preguntarse dónde está, y cómo recuperarlo.

23/10/10

De derrota en derrota

Hace unos días pregunté a Ramón Lobo en la Casa Encendida de Madrid, si la izquierda es hoy en día tan inofensiva que el poder se siente suficientemente cómodo como para cedernos amablemente los espacios donde lo criticamos. Ponía como ejemplos dos lugares que apenas distan doscientos metros: la propia Casa Encendida (propiedad de Caja Madrid), y el no menos paradójico edificio de la Tabacalera, Centro Social Autogestionado, cedido por el Ministerio de Cultura… No se si no entendió la pregunta tal y como la formulaba, o si no le gustó. El caso es que respondió como si fuese una crítica personal. Lástima, porque creo que su blog dedica bastantes líneas a reflexionar sobre esta misma cuestión.

Hace un mes de la huelga general, y ya la hemos olvidado. No tendrá ningún efecto. El gobierno sigue adelante con sus reformas, y los demás seguimos cada uno a lo nuestro. En Francia, más conscientes de lo que se avecina, los sindicatos hacen más ruido, pero sospecho que el resultado será el mismo.

En fin, todo esto viene a que he leído este texto en El País vagamente relacionado con aquella pregunta.

Y a pesar de todo, paso de desanimarme. Como se suele decir, “de derrota en derrota hasta la victoria final”.

29/9/10

Kanikosen, el pesquero

En las guerras, el que gana impone su narración; en la política, el que impone su narración, gana.

Desde la crisis financiera de hace dos años, el poder económico y la izquierda han tratado de construir primero, e imponer después, sus respectivos relatos. Y en ambos casos han tratado de construir su discurso como un enfrentamiento entre el “podría” y el “debería”.

El poder económico ha tratado de convencernos, con todos los medios a su alcance, o sea, los de comunicación, de que la situación “podría” ser peor de no seguir una determinada hoja de ruta que pasa por el empobrecimiento de los trabajadores, y por la pérdida de derechos. Y al mismo tiempo trata de convencernos de que el sindicalismo, o sea, la organización colectiva de los trabajadores, “debería” ser mucho más virtuosa de lo que es, más adaptada a los tiempos, más comprensiva con la realidad según la entiende el poder.


La izquierda, por otro lado, trata de explicarnos que el poder político “debería” cambiar las reglas del juego para evitar la repetición de la crisis financiera, y ha dejado de lado el “podría”.


El “podría” es el discurso de la imaginación, y el “debería” es el de la moral, o sea, lo real frente a lo abstracto. Y en esa batalla siempre se impone lo real (porque la realidad, no lo olvidemos, es una construcción de la imaginación). Y por eso esta guerra la va a ganar el poder económico.


La izquierda ha sido totalmente incapaz de construir una narración del mundo que “podría ser” si el poder económico triunfa; ha sido incapaz de contar las historias de los trabajadores de dentro de cinco años, o de diez, o de veinte, mientras que el poder económico sí ha sido capaz de inculcar el miedo al mundo que “podría ser” si no seguimos sus indicaciones. Así que, en un momento en el que deberíamos estar apedreando sucursales bancarias, el descontento se vuelve hacia los sindicatos.


Quien escribe no sabe hacia donde vamos, pero sí sabe de dónde venimos; venimos del pesquero Kanikosen.


En 1929, Takiji Kobayashi escribió “Kanikosen, el pesquero”, un relato durísimo acerca de las condiciones laborales a borde de un buque factoría que faena cerca de la isla de Sajalín. Un trabajo de hambre, maltrato físico y brutalidad, jornadas de trabajo agotadoras e interminables, arbitrariedad, enfermedad, malnutrición y muerte. Kobayashi fue torturado y asesinado por su militancia comunista a los veintinueve años de edad. Esta era la narración entonces:


“Algún directivo inteligente había atado cabos y ligado la empresa a los “intereses del Imperio japonés”. Y sumas ingentes de dinero iban a parar a sus bolsillos. Y, entonces, dentro de su automóvil, pensaba que, para sacar más provecho, presentaría su candidatura a diputado. Exactamente en ese mismo momento, los trabajadores del Chichibu Maru, a miles de millas de distancia, en el oscuro mar del Norte, como un pedazo e cristal roto, se enfrentaban al viento y a las afiladas olas. “!Luchando a vida o muerte!”, pensaba el estudiante mientras descendía las escaleras en dirección a la letrina. “Y eso no es algo que le pase a otra gente”, se decía.”


Unos pocos millones de privilegiados ya no trabajamos en el Kanikosen. En el resto del mundo, cientos de millones de personas siguen en ese barco, y nosotros pensamos, ingenuamente, que nunca volveremos a subir a bordo. Mientras, otros piensan cómo sacar partido de esa ingenuidad.