2/5/11

¿Cuánto mide una tumba?

Estos días echan en la tele una serie de documentales sobre la construcción de las pirámides egipcias. Un grupo de profesores y estudiantes de una universidad de ingeniería civil de los Estados Unidos, trata de analizar la construcción en busca de hipótesis razonables sobre las técnicas constructivas empleadas. Discuten, por ejemplo, si el transporte de los materiales se realizaba mediante una única rampa longitudinal, o mediante una perimetral, o sobre la cantidad de hombres que eran necesarios para arrastrar uno de los bloques de piedra. Sean los métodos constructivos, sean los jeroglíficos, sean las distintas cámaras mortuorias o pasillos y canales, las preguntas que a menudo se formulan sobre las pirámides suelen ir en esa dirección: ¿cuál era la función de tal o cual elemento? ¿cómo realizaron tal o cual tarea?


Son preguntas pertinentes para una edificación formada por unos 2.300.000 bloques de piedra, cuyo peso medio es de dos toneladas y media por bloque, construida hace cuatro mil quinientos años por miles de hombres durante un periodo de veinte años. Nos asombramos antes las pirámides, pero se trata de un asombro cuantitativo -¡qué grande!-. Ahora bien, a todas esas interesantes cuestiones, uno puede añadir una más que provoca un asombro de distinta naturaleza: ¿cuánto mide una tumba?


Al formular esta pregunta, todas las anteriores pasan a un segundo plano, y el asombro se desplaza hacia otro lugar: ¿miles de operarios para colocar más de dos millones de enormes bloques de piedra durante veinte años para construir la tumba de un solo hombre? Esta es una de las preguntas que formula Lewis Mumford en El mito de la máquina, un texto que desarrolla una mirada tan atípica como lúcida sobre nuestro pasado como especie desde los primeros balbuceos hasta los cohetes espaciales, y que revela aspectos fundamentales de lo que subyace bajo lo que vemos. Siguiendo con las pirámides: el gran invento de los egipcios no fue semejante construcción, sino la máquina social necesaria para abordar una tarea como esa.


Como todo los textos verdaderamente iluminadores, el de Mumford permite ver lo común que hay bajo lo aparentemente distinto. Estamos convencidos de vivir en una época distinta a la que dio lugar a las pirámides. Lo que afirma Mumford es que no, que hoy las pirámides son otras, pero existen, porque así lo exige lo que él vino a denominar la “megamáquina”: un tipo de orden social que antepone el desarrollo tecnológico y científico a cualquier otra consideración digamos humana.


Hoy la pirámide se llama economía: podemos dedicar tanto tiempo como queramos a discutir sobre los aspectos técnicos de esta nueva pirámide, a condición de no preguntarnos acerca de lo fundamental: su sentido. Cómo sucedía con las pirámides -aunque de forma más sutil ahora- uno intuye que existe una desproporción creciente entre la función que realiza el sistema -digamos la satisfacción de necesidades-, y la solución para satisfacerlos -que demasiado a menudo consiste precisamente en no satisfacerlas-. Sucede con nuestro sistema económico lo mismo que sucedía con las pirámides: su gigantismo y desproporción como respuesta a una función, es una amenaza para quienes construimos estas pirámides modernas. Algún día nuestros sucesores se preguntarán asombrados cómo pudimos estar tan ciegos.


p.d. un saludo a un nuevo blog amigo –escribiendo en los márgenes-.

13/2/11

Desinformados

El enfado con los políticos circula por Internet. Se habla de su inutilidad, de su falta de preparación, de su ambición de poder, de sus sueldos, de su incapacidad, y de tantos otros males. También el CIS, cuando pregunta por los problemas más importantes, los encuentra a ellos. Este post no será un alegato en su defensa, pero sí será un alegato parcialmente exculpatorio. Creo que mientras señalamos a los políticos como el origen de nuestros males, otros salen con el botín por la puerta principal de nuestras vidas. Somos, sin saberlo, cómplices del saqueo que se perpetra contra nosotros.


Empecemos diciendo que, si algo ha demostrado esta crisis, no es tanto la incapacidad de los políticos como su falta de poder -decía un ministro de cultura francés que lo más terrible del poder es darse cuenta de que no se tiene-.


Entonces, ¿por qué seguimos creyendo aún en el poder de los políticos? En primer lugar, obviamente, porque ellos tratan de convencernos de que lo tienen. Difícilmente podría alguien alcanzar un puesto de responsabilidad política señalando los límites del poder al que se aspira. Lo primero que hace el político es convencernos de que puede hacer cosas que sabe bien que no puede hacer. Sin embargo, cuando lo prometido no se cumple, son pocos los ciudadanos que piensan en los limites del poder en lugar de en los límites del político. Esto explica, en parte, la frustración y la desconfianza hacia ellos. A los políticos se les puede echar en cara lo mismo que a esos padres que prometen llevarnos al zoo, y que al final se quedan viendo el fútbol en casa: o sea, de ilusionar primero para desilusionar después. Pero esto es solo parte de la historia. Hay un aspecto más siniestro y más peligroso: el interés del poder real por desacreditar el papel de la política.


El poder político, entendido como la capacidad de los ciudadanos para decidir sobre su realidad de manera colectiva, es el mayor obstáculo para que unos pocos impongan sus intereses a la colectividad. Así que los poderosos buscan por todos los medios debilitar un poder que ellos perciben como un obstáculo. Y eso se consigue haciendo pasar por falta de capacidad lo que es una limitación del poder político. Son muchos los mecanismos a su alcance, pero el más importante, sin duda, es el poder de escribir el relato de lo que sucede. Ya lo hemos señalado anteriormente: al contrario que en la guerra, en política, el que impone su narración, gana.


La mayoría de la gente que se asoma a los medios lo hace creyendo que son una inocente ventana a la realidad, en la que el paisaje que se nos muestra se nos muestra de manera más o menos desinteresada. Nada más lejos de la realidad. El asunto funciona de la siguiente manera: los medios hablan de una selección de temas desde un determinado enfoque, y luego esos medios preguntan a la gente sobre cuáles son los temas importantes. Sorprendentemente, la gente responde que los temas importantes son esos de los que se habla en los medios, y los medios presentan esas encuestas como si ellos no tuviesen nada que ver con el resultado. Si los políticos se perciben como el mayor problema es porque los medios primero hablan mal de ellos, y luego preguntan acerca de ellos. El mecanismo es tan sencillo que asusta.


Es curioso que no se perciba como un problema la ausencia de una red de guarderías públicas que alcance al 100 % de la población; o que haya cientos de miles de ancianos, por no decir millones, viviendo por debajo del umbral de la pobreza; o la destrucción de un patrimonio natural sin el que no existirían las medicinas, o todo el conocimiento en el que se fundamenta nuestra sabiduría. Y así cientos de cosas. Una vez más, hay que formular la pregunta: ¿Quién decide sobre de qué se habla en el espacio público? ¿Desde qué intereses? O sea, ¿quién decide de qué NO se habla?


Nuestras opiniones se explican mejor a partir del funcionamiento de los medios que de una realidad que uno sospecha se parece bien poco a lo que los medios refieren. En otras ocasiones hemos hablado sobre lo poco que importa nuestra experiencia a la hora de construir una imagen mental de la realidad, y lo mucho que importa lo que nos cuentan. Quizás nunca como hoy haya estado la balanza tan desequilibrada hacia lo que nos cuentan.


La mayoría de los medios no buscan que pensemos, sino que reaccionemos, que la primera reacción no sea de reflexión, sino de un posicionamiento inmediato; un “estoy a favor o en contra”. Los asuntos que presentan y la forma de presentarlos busca movilizar a los ciudadanos en una dirección, muchas veces alejada de sus propios intereses, y alineada con los intereses de los propietarios de esos medios, o sea, de los intereses de unos pocos, de una élite económica y financiera, del poder real. Para comprender esto, Pascual Serrano se ha dedicado a investigar quién está detrás de los medios. El resultado es Traficantes de Información, un libro que muestra, con nombres y apellidos, quienes están detrás de los medios, lo que, sin mucha más explicación, debería ser suficiente para que cualquier ciudadano se explique lo que esos medios cuentan.


¿Lo que se nos presenta en los medios es toda la realidad? ¿Es acaso siquiera una parte importante de la realidad? ¿O como mínimo una parte significativa de la realidad? Sospecho que no. Como señala Pascual Serrano, hoy la censura no se ejerce por limitación, sino por saturación. Constantemente nos bombardean con información, y pensamos que por ello estamos informados, cuando sucede exactamente lo contrario. La mayoría de nosotros carece de la información que necesita para comprender lo que sucede y lo que le sucede, y la brecha creciente entre una realidad limitadora, y una información insuficiente, no hace si no aumentar la frustración, el enfado, la ansiedad, la ira, y la depresión de todos nosotros.


Hay, creo yo, un interés claro por deslegitimar la política y a los políticos. Y por lo que dicen las encuestas, funciona. Es así como el poder va apartando los obstáculos que se puedan interponer en su camino, lo que facilita la imposición de sus intereses. Pasa aquí y pasa en todas partes.


¿Significa esto que toda crítica a los políticos sea ilegítima? !En absoluto! !Los políticos son más que criticables! Pero también deberían serlo las grandes empresas y los medios de comunicación. ¿Quién ejerce esa crítica? ¿Es razonable pensar que los medios van a criticarse a sí mismos? ¿A quienes financian sus actividades? Difícilmente. Sin embargo, a los políticos les exigimos un plus de virtud que no exigimos ni a nosotros mismos.


Quizás nunca antes ha habido una necesidad tan grande de recuperar el papel de la política, de convencernos de que el poder no se delega, de que la condición de ciudadano es inseparable de la condición política, de que debemos dejar de responsabilizar a otros de lo que nos ocurre, de asumir nuestra responsabilidad y de ejercerla, de que si otros tienen poder es porque nuestra pasividad lo permite. Deberíamos hacer algo más que reaccionar a las cosas que nos cuentan, y deberíamos ser más críticos, formular más preguntas del tipo "qué intereses defiende quién me habla", y ser más activos en la búsqueda de información. Porque de lo contrario es posible que, sin ser conscientes de ello, estemos tomando partido en contra de nuestros propios intereses.


Si aceptamos que el poder no está en manos de los políticos, entonces hay que preguntarse dónde está, y cómo recuperarlo.

27/12/10

Viviendo dentro de la chistera del mago


Hace unos días me comentaba una amiga que su madre enferma le había dicho lo siguiente: “lo que yo tengo no puede ser malo, si yo me siento bien”. Me parece que nuestra actitud colectiva se parece bastante a esa forma de pensar que consiste en cerrar los ojos a la realidad.


He leído estos días “La Quiebra del Capitalismo Global”, de Ramón Fernández Durán, un relato estremecedor sobre lo que nos espera en los próximos veinte años si no cambiamos de manera radical nuestra forma de vivir, o sea, nuestra forma de pensar (puedes descargártelo aquí). Queremos creer que la crisis pasará, y que todo volverá a ser como era hace tres años. Pero esto supone, antes que nada, seguir ignorando cómo eran las cosas entonces (y siguen siendo hoy) más allá de nuestro entorno, de nuestra percepción inmediata de las cosas.

El mayor obstáculo para el cambio reside, precisamente, en esa percepción, en lo que Edward de Bono llama nuestros modelos de pensamiento, y George Lakoff nuestros marcos de pensamiento. Respecto a esta percepción, es posible que nunca antes haya habido un grupo de gente tan ignorante acerca de su entorno como sucede hoy con quienes habitamos las llamadas áreas ricas del planeta, desde Nueva York a Ciudad del Cabo, desde Madrid a Beijing. No tenemos ni la menor idea de cómo llegan a nosotros desde una aspirina a un coche, desde una cámara digital a un pan de molde. Seguir la pista al más simple de los objetos es casi imposible. Las cosas simplemente aparecen un día, y desaparecen otro. Sin más, como si viviésemos en la chistera de un mago (a este recpecto, es más que recomendable la lectura de La historia de las cosas, de Annie Leonard).


Ignoramos la inmensa complejidad de los procesos que traen hasta nosotros todas esas cosas, y los intricados caminos que relacionan nuestras vidas y las de seres en el otro extremo del mundo (que no seamos capaces de visualizarlas no las hace menos reales.) Y a pesar de nuestra ignorancia, aceptamos que todas y cada una de las cosas que nos rodean son signos de prosperidad y bienestar. Admitimos a regañadientes que es posible que todo esto genere cierto impacto en el medio ambiente, y quizás en la vida de otras personas, si bien es cuestión de tiempo y técnica que vayamos solucionando estos problemas, siempre sin el menor impacto en nuestras vidas. Vemos el lado más amable, y se nos oculta el más oscuro. Así, seguimos pensando en el reciclaje como solución (el “toque verde” en nuestra vida), pero nunca cuestionamos el consumo, ni el crecimiento perpetuo, ni la acumulación, ni el Yo. Pero sucede, como afirma Fernández Durán, que existe un conflicto creciente entre la lógica del capital, y la lógica de la vida.


Lo que Fernández Durán viene a decir es que vivimos un momento crepuscular. Pero lo que acaba no es siquiera el Estado del Bienestar, o la Era Industrial, o la Civilización Occidental; lo que vemos es el fin de un mundo que empezó hace unos seis mil años, basado en el Patriarcado, la Violencia, la Guerra y el Estado. Últimamente, Felix de Azua suele afirmar que asistimos a un cambio de Era, no de Época. Creo que ni siquiera él comprender hasta qué extremo.


Fernández Durán se atreve a dibujar el panorama que veremos a diez o veinte años vista, y a especular sobre lo que sucederá más allá, pero en un escenario como el que plantea, es imposible hacer predicciones. Los cambios van a ser tan dramáticos que hace impredecible cualquier futuro. Quien esto escribe piensa que, o será un mundo donde habrá desaparecido la absurda idea de especie elegida, de reintegración de los seres humanos en la Naturaleza, de cooperación en lugar de competición, o será un mundo habitado por manadas de hombres lobo. Como nada está escrito, prefiero pensar que podemos hacer algo, que no hay monstruo demasiado grande que no pueda ser vencido, que si actuamos con inteligencia y creatividad, quienes nos sucedan vivirán en un mundo mejor que este que nos ha tocado a nosotros. Sencillamente, no podemos no hacer nada, o peor aún, creer que es suficiente con lo que hacemos.


Vuelvo a Edward de Bono y su definición del tercer tipo de problema: “el problema consiste precisamente en la ausencia de problema, sus cualidades moderadas actuales bloquean la visión de sus cualidades óptimas posibles. La cuestión consiste en apercibirse de que hay un problema, reconocer la posibilidad de perfeccionamiento y definir esta posibilidad como un problema concreto”.


El problema, hoy, es nuestra forma de ver el mundo, los modelos y marcos que usamos para mirar, nuestras metáforas. El reto está, precisamente, en apercibirse del problema y en definirlo. Quizás un buen punto de partida sea revalorar nuestra propia vida, es decir, valorar de nuevo todos sus aspectos materiales y no materiales, prescindiendo, como dice de Bono, de conceptos inmutables, de cuestiones aceptadas con carácter permanente. Quizás sea esa valoración la que de lugar a las preguntas que todos tenemos que hacerle al sistema en que vivimos. Hoy, como nunca antes, estamos obligados a llevar nuestro pensamiento hacia lugares que ni siquiera sospechamos. Al menos tan lejos como lo que se nos viene encima.


Acabo con unas líneas entresacadas de el Elemento, de Ken Robinson:


No vemos el mundo directamente. Lo percibimos a través de marcos de ideas y creencias que hacen las veces de filtros sobre lo que vemos y cómo lo vemos. Algunas de estas ideas están tan profundamente arraigadas en nosotros que ni siquiera somos conscientes de ellas. Nos llegan como simple sentido común. Sin embargo, a menudo aparecen en las metáforas e imágenes que utilizamos para pensar acerca de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. […]

El hecho es que las organizaciones y las colectividades humanas no son como los mecanismos: se parecen mucho más a los organismos. […]

Desde el principio de la era industrial, los seres humanos parecen ver la naturaleza como un depósito infinito de recursos útiles para la producción industrial y la prosperidad material. […] El lado negativo de todo esto es que trescientos años después el mundo jadea y nos enfrentamos a la gran crisis del aprovechamiento de los recursos naturales de la Tierra. […]

Algunos llaman Antropoceno a la nueva era geológica, del griego anthopos, que significa “hombre”. [..]

Los científicos creen que esta crisis es real y que tenemos que plantearnos hacer un cambio profundo durante las siguientes generaciones si queremos evitar la catástrofe. […]

Durante más de trescientos años, las imágenes del industrialismo y el método científico han dominado el pensamiento occidental. Es hora de cambiar de metáforas. Tenemos que ir más allá de las metáforas lineales y mecanicistas y llegar a metáforas más orgánicas del crecimiento y el desarrollo humanos. […]

La mayoría de los seres vivos solo pueden florecer en ciertos tipos de ambientes, y las relaciones entre ellos a menudo son muy especializadas. Las plantas sanas y fructíferas toman los nutrientes que necesitan de su medio ambiente. Sin embargo, al mismo tiempo, su presencia ayuda a sostener el medio ambiente del que dependen. Hay excepciones, como los cipreses de Lyland, que parecen tomar posesión de todo lo que se ponga por delante. ¿Entiendes la idea? Lo mismo puede decirse de todas las criaturas y los animales, nosotros incluidos. […]

Los agricultores y los jardineros proporcionan las condiciones para que crezcan. Los buenos agricultores saben cuáles son estas condiciones; los malos no. […]

Lo mismo sucede con los seres humanos y las comunidades. Para crecer, necesitamos que se den las condiciones correctas en nuestros colegios, negocios y comunidades, así como en nuestra vida personal. […]

Es un punto de vista antiguo sobre la necesidad de que exista equilibrio y realización en nuestra vida, así como de que haya sinergia con la vida y aspiraciones de otras personas. Es una idea que se pierde con facilidad en nuestras actuales formas de existencia. […]

Hemos llegado lejos, pero no lo suficiente. Todavía somos demasiado intolerantes y pensamos demasiado a fondo acerca de nosotros mismos como individuos y como especie, y muy poco acerca de las consecuencias de nuestras acciones.

23/10/10

De derrota en derrota

Hace unos días pregunté a Ramón Lobo en la Casa Encendida de Madrid, si la izquierda es hoy en día tan inofensiva que el poder se siente suficientemente cómodo como para cedernos amablemente los espacios donde lo criticamos. Ponía como ejemplos dos lugares que apenas distan doscientos metros: la propia Casa Encendida (propiedad de Caja Madrid), y el no menos paradójico edificio de la Tabacalera, Centro Social Autogestionado, cedido por el Ministerio de Cultura… No se si no entendió la pregunta tal y como la formulaba, o si no le gustó. El caso es que respondió como si fuese una crítica personal. Lástima, porque creo que su blog dedica bastantes líneas a reflexionar sobre esta misma cuestión.

Hace un mes de la huelga general, y ya la hemos olvidado. No tendrá ningún efecto. El gobierno sigue adelante con sus reformas, y los demás seguimos cada uno a lo nuestro. En Francia, más conscientes de lo que se avecina, los sindicatos hacen más ruido, pero sospecho que el resultado será el mismo.

En fin, todo esto viene a que he leído este texto en El País vagamente relacionado con aquella pregunta.

Y a pesar de todo, paso de desanimarme. Como se suele decir, “de derrota en derrota hasta la victoria final”.

21/10/10

decálogo de andar por casa

  1. Que hoy puede ser un gran día es una bobada; que hoy puedes hacer un buen día lo es un poco menos.
  2. Ahora bien, nadie dijo que esto fuese fácil; aunque tampoco que fuera imposible, así que empieza por alguna parte, pero empieza.
  3. Y si no puedes hacer nada ahora, tómate una cerveza, pero si puedes, mejor déjala para otro día.
  4. Eso sí, el peligro está ahí: puedes perder el tiempo quejándote de lo que no puedes cambiar, o hacer algo aquí y ahora. Tú eliges.
  5. Aviso: no hay segundas oportunidades; todas son primeras.
  6. Observación: el pasado y la memoria son cosas distintas; el futuro y la imaginación, también. No te confundas. Por cierto, el futuro va por libre: no demostrará nada. Y si demuestra algo, será demasiado tarde.
  7. Ya sé que no mola, pero es posible que los otros sepan algo que tú no sabes, así que presta atención.
  8. Respecto a las cosas, no te empeñes: a menudo están claras; eres tú el que se lía.
  9. Y no te engañes: o te expones, o te escondes.
  10. Por último: acostúmbrate a protestar. Puedes empezar por esto que acabo de decir.

29/9/10

Kanikosen, el pesquero

En las guerras, el que gana impone su narración; en la política, el que impone su narración, gana.

Desde la crisis financiera de hace dos años, el poder económico y la izquierda han tratado de construir primero, e imponer después, sus respectivos relatos. Y en ambos casos han tratado de construir su discurso como un enfrentamiento entre el “podría” y el “debería”.

El poder económico ha tratado de convencernos, con todos los medios a su alcance, o sea, los de comunicación, de que la situación “podría” ser peor de no seguir una determinada hoja de ruta que pasa por el empobrecimiento de los trabajadores, y por la pérdida de derechos. Y al mismo tiempo trata de convencernos de que el sindicalismo, o sea, la organización colectiva de los trabajadores, “debería” ser mucho más virtuosa de lo que es, más adaptada a los tiempos, más comprensiva con la realidad según la entiende el poder.


La izquierda, por otro lado, trata de explicarnos que el poder político “debería” cambiar las reglas del juego para evitar la repetición de la crisis financiera, y ha dejado de lado el “podría”.


El “podría” es el discurso de la imaginación, y el “debería” es el de la moral, o sea, lo real frente a lo abstracto. Y en esa batalla siempre se impone lo real (porque la realidad, no lo olvidemos, es una construcción de la imaginación). Y por eso esta guerra la va a ganar el poder económico.


La izquierda ha sido totalmente incapaz de construir una narración del mundo que “podría ser” si el poder económico triunfa; ha sido incapaz de contar las historias de los trabajadores de dentro de cinco años, o de diez, o de veinte, mientras que el poder económico sí ha sido capaz de inculcar el miedo al mundo que “podría ser” si no seguimos sus indicaciones. Así que, en un momento en el que deberíamos estar apedreando sucursales bancarias, el descontento se vuelve hacia los sindicatos.


Quien escribe no sabe hacia donde vamos, pero sí sabe de dónde venimos; venimos del pesquero Kanikosen.


En 1929, Takiji Kobayashi escribió “Kanikosen, el pesquero”, un relato durísimo acerca de las condiciones laborales a borde de un buque factoría que faena cerca de la isla de Sajalín. Un trabajo de hambre, maltrato físico y brutalidad, jornadas de trabajo agotadoras e interminables, arbitrariedad, enfermedad, malnutrición y muerte. Kobayashi fue torturado y asesinado por su militancia comunista a los veintinueve años de edad. Esta era la narración entonces:


“Algún directivo inteligente había atado cabos y ligado la empresa a los “intereses del Imperio japonés”. Y sumas ingentes de dinero iban a parar a sus bolsillos. Y, entonces, dentro de su automóvil, pensaba que, para sacar más provecho, presentaría su candidatura a diputado. Exactamente en ese mismo momento, los trabajadores del Chichibu Maru, a miles de millas de distancia, en el oscuro mar del Norte, como un pedazo e cristal roto, se enfrentaban al viento y a las afiladas olas. “!Luchando a vida o muerte!”, pensaba el estudiante mientras descendía las escaleras en dirección a la letrina. “Y eso no es algo que le pase a otra gente”, se decía.”


Unos pocos millones de privilegiados ya no trabajamos en el Kanikosen. En el resto del mundo, cientos de millones de personas siguen en ese barco, y nosotros pensamos, ingenuamente, que nunca volveremos a subir a bordo. Mientras, otros piensan cómo sacar partido de esa ingenuidad.

11/9/10

Sobre presencias y ausencias

Hace algo más de un año, eligiendo diez palabras, dudaba entre pérdida y ausencia. Elegí, con acierto, pérdida, y hablaba de ella como un filo hiriente cuyas caras son la presencia y la ausencia. Decía, también, que en toda ausencia hay una presencia, y que en toda presencia hay ya una ausencia.


Un año después, aquellas palabras cobran todo su sentido. De alguna manera se han encarnado, y esa carne dolorida es la mía. La memoria trae, de golpe, todo lo que ya no está, todo lo que se fue, y el dolor es inmenso. Y uno se pregunta por qué. No por qué se fue (que también), si no por qué su presencia ahora, por qué ese afloramiento de lo que estaba ya cubierto de polvo y tierra. Y la única explicación que encuentro es que solo desde lo insoportable se puede progresar; que sin ello uno transita pero no avanza; que es en el dolor más grande donde uno tiene que decidir si se salva o se condena. Y aquí estoy, caminando por la línea que separa los dos mundos…

30/8/10

Hundertwasser

Como todas las ciudades, Viena da cuenta de la forma de pensar de quienes la planificaron y construyeron, de la sociedad que estos quisieron modelar a través de sus palacios, sus avenidas, su estructura, sus museos y sus viviendas… Pasear por Viena es pasear por el buen gusto, las buenas maneras, el progreso, la modernidad y el orden -el orden arquitectónico, pero sobre todo el orden social-.

Se trata de una ciudad imponente, y esa era la intención de quienes la concibieron a lo largo del tiempo. Una ciudad que se impone a sus habitantes, que se impone a la naturaleza, que impone el trazado recto sobre el paisaje. Quizás esto sea algo común a la mayoría de las ciudades europeas, pero lo que en las demás es un rasgo, en Viena es definitorio: forma parte de su naturaleza más profunda.

Ni siquiera el grupo Secesión, en su intento por llevar el arte vienés al siglo XX, fue capaz de escapar a esa idea del arte como sacerdocio; como una intermediación entre lo sagrado y lo humano en la que el artista señala la supremacía de lo trascendente sobre lo material, sobre el paisaje mismo: es el edificio que se impone al paisaje (de nuevo Génesis 1:28). Cómo entender si no, las palabras de Hermann Bahr: "El verdadero origen del arte y su meta esencial fue, y ha sido siempre, expresar con figuras claras las sensaciones estéticas de una minoría de personas, nobles, puras y altamente organizadas. Después, la masa, que avanza lenta y con dificultad, debe aprender poco a poco de ella lo que es hermoso y bueno". Una forma paternalista de entender el arte muy similar a la forma en la que, aún hoy, por cierto, seguimos entendiendo la política.

Y quizás haya que pasear por Viena para comprender el valor de la obra de Hundertwasser como un intento de conciliar hombre y paisaje, de prescindir del sacerdote y volver a la idea primitiva del “religare”, es decir, de volver a vincular a unos hombres con otros, y los hombres con la naturaleza (como si alguna vez hubieran sido cosas distintas). En palabras del artista:

Desde los tiempos bíblicos, el hombre fue llamado a “dominar sobre la Tierra”. El hombre moderno ha abusado de ese pensamiento y ha matado la tierra. Ahora debemos someternos a la tierra, algo que debería entenderse de forma simbólica y práctica.

Debemos volver a construir casas en las que la naturaleza esté sobre nosotros. Es nuestro deber poner la naturaleza que matamos cuando construimos una casa, de nuevo sobre su tejado. Debemos devolver a la naturaleza los territorios que hemos tomado de ella ilegalmente. La naturaleza que ponemos sobre el tejado es la pieza de tierra que hemos asesinado para construir la casa."


Tanto las casas como el museo Hudertwasser son lo último que uno debería visitar en Viena. Lo primero, sin duda, la Venus de Villendorf en el Naturhistorisches Museum. Deberíamos mirar Viena con los ojos de aquella Venus fascinante modelada a orillas del Danubio hace 20.000 años, y recordar Viena con los ojos de Hundertwasser.

30/12/09

El segundo nacimiento

Y Dios los bendijo diciendo: “Sed prolíficos y multiplicaos, poblad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuantos animales se mueven sobre la tierra”. Y añadió: “Yo os doy toda planta sementífera sobre la superficie de la tierra y todo árbol que de fruto conteniendo simiente en sí. Ello será vuestra comida. A todos los animales campestres, a las aves el cielo y a todo cuanto se mueve sobre la tierra con ánima viviente yo doy para comida todo herbaje verde”.

Génesis 1:28

Entonces la serpiente dijo a la mujer: “!No, no moriréis! Antes bien, Dios sabe que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal”.

Génesis 3:4

Por ello le arrojó del jardín de Edén para que trabajase la tierra de la que había sido tomado. Arrojó, pues, al hombre y puso delante del jardín de Edén los querubines y la llama de la espada flameante para guardar el camino del árbol de la vida.

Génesis 3:23


Sobra decir que hemos creado un Dios a nuestra imagen y semejanza: necesitamos ese Dios legitimador de nuestra conducta y de nuestro proceder; un Dios que nos exhorta a llevar a cabo el saqueo del único paraíso que existe.

El Génesis es, a mi juicio, la metáfora más precisa sobre la creación, pero no del mundo todo, sino del mundo de los hombres –de esta parte del mundo que poco a poco se va imponiendo sobre el mundo entero-; la que mejor representa nuestra extraña relación con la naturaleza. Es el relato del momento en que, haciéndonos dueños, nos convertimos en dioses; dioses de un mundo que nos ha expulsado de sí. Es el momento de la distinción, de la distancia y del sometimiento: por ser dioses somos distintos de los otros seres; por ser dioses distinguimos entre el bien y el mal -aunque la naturaleza nada sepa de esta distinción-; por ser dioses dominamos el mundo; pero sobre todo, por ser dioses estamos distanciados del mundo: nuestro acceso al árbol de la vida está vedado. Sabemos hacer uso del mundo, somos capaces de leer algunas de las reglas que lo rigen, pero parece que nos resulta imposible volver a ser parte de él.

En Avatar, de James Cameron, los na´vi -habitantes de Pandora- dicen que todo hombre nace dos veces. Quizás la figura de la resurrección no sea otra cosa que la metáfora de ese segundo nacimiento, de esa vuelta al paraíso, de la comunión de nuevo con todos y cada uno de los seres vivos o inanimados. No sé si esto es así, pero estoy seguro de que la resurrección nada tiene que ver con la muerte, ni real ni metafórica, y sí con los sentidos, con esos momentos en que comprendemos que todo está conectado con todo, y que la distancia que tratamos de imponer entre nosotros y las cosas es puro artificio, pura ficción que a la larga es posible que haga de nosotros algo insostenible.


Tras el solsticio de invierno llega el nuevo sol y con él la vida comienza ota vez. Celebrémoslo.

6/12/09

Elogio a la Gaya ciencia, por Jesús Ferrero

No se puede negar que el amor al saber puede a menudo tomar esa derivación, donde el saber se ve como una sustancia acumulativa y no como la vía de cierta verdad. También podría relacionarse con la pasión por el poder y con el intento de poseer territorios tan vastos como el mismo deseo, y es evidente que ese elemento cuenta en la iniciación al saber, a todo saber, pero también es evidente que, en la vida y los hechos de ciertos seres ejemplares, el amor al saber, así como su búsqueda incesante, creó en ellos un excedente de conciencia que redundó en su equilibrio mental y en su sentido de la piedad, que les hizo infinitamente conscientes de la infinita ignorancia que llena nuestras cabezas, y que más que su arrogancia estimuló su humildad.

Las experiencias del deseo
Jesús Ferrero
Anagrama