2/5/13
29/1/13
Igjugarjuk el chamán
Igjugarjuk era un chamán esquimal caribú de una
tribu que habitaba las tundras del norte canadiense. De joven había tenido
constantemente sueños que no podía interpretar. Desconocidos y extraños seres
se acercaban y le hablaban; y cuando se despertaba lo recordaba todo tan
vívidamente que podía describirlo exactamente a sus amigos y familia. La
familia, preocupada, pero sabiendo lo que ocurría, le enviaron junto a un viejo
chamán llamado Peqanaoq, quien, tras diagnosticar el caso, colocó al joven en
un trineo lo suficientemente grande para que pudiese sentarse, y en lo más
crudo del invierno –en la absolutamente oscura y helada noche del invierno
ártico- le llevó a un lejano yermo ártico y allí construyó para él un pequeño
refugio de nieve con apenas sitio para sentarse con las piernas cruzadas. No le
estaba permitido ponerse de pie sobre la nieve, pero fue llevado del trineo al
refugio y le sentó en un trozo de piel en que apenas cabía. No le dejó ni
comida ni bebida. Le fue dicho que pensase solo en el Gran Espíritu que
aparecería, y fue dejado allí solo durante treinta días. Cinco días después el
anciano regresó con algo de agua caliente para beber, y al cabo de quince días
más, con una segunda bebida y un poco de carne. Pero eso fue todo. El frío y el
ayuno eran tan severos que, como Igjugarjuk le contó a Rasmussen, “a veces
moría un poco”. Y durante todo ese tiempo pensó y pensó, y pensó en el Gran
Espíritu, hasta que, hacia el final de la penosa experiencia, de hecho llegó un
espíritu benéfico en forma de mujer que pareció materializarse en el aire.
Nunca volvió a verla, pero se convirtió en su espíritu benéfico. Entonces, el
chamán más viejo le llevó de nuevo a casa, donde le fue ordenado ayunar y estar
a régimen durante otros cinco meses; y, tal como contó a su huésped danés,
dichos ayunos, a menudo repetidos, son los mejores medios para alcanzar el
conocimiento de las cosas escondidas. “La única sabiduría verdadera”, dijo
Igjugarjuk, “vive lejos de la humanidad, en la gran soledad, y sólo puede ser
alcanzada mediante el sufrimiento. Solo la privación y el sufrimiento abren la
mente de un hombre a todo lo que permanece escondido para los demás”.
Los mitos
Joseph Campbell
Editorial Kairós
Los mitos
Joseph Campbell
Editorial Kairós
15/1/13
Aprender a vivir. Crónica del Aconcagua.
“Por lo general, cuando algo nos es ajeno se
debe a que no guarda ninguna relación con nosotros, ni nosotros con ello. Sin embargo,
lo que nos resulta menos familiar es lo que tenemos más cerca y hemos olvidado.
[…].
Podría decirse que este proceso de despertar
es profundamente sanador si no fuera porque hemos llegado a una idea de salud
tremendamente superficial. Para la mayoría de nosotros, la curación es lo que
hace que nos sintamos cómodos y lo que alivia el dolor. Es lo que mitiga, lo
que nos protege. Y sin embargo, con frecuencia aquello de lo que queremos ser
sanados es lo mismo que nos curará si podemos soportar la incomodidad y el
dolor.
[…]
La verdad es sencilla, de una hermosa
sencillez: si queremos crecer, convertirnos en verdaderos hombres y mujeres,
tenemos que enfrentarnos a la muerte antes de morir. Tenemos que descubrir lo
que es para poder escabullirnos entre bastidores y desaparecer. Nuestra cultura
occidental nos lo impide cuidadosamente.”
En los oscuros lugares del saber.
Peter Kingsley.
Atalanta.
Leí el libro hace varios años. Si tuviese que
quedarme con un libro de todos los que he leído, será este. No por lo que
cuenta, sino por lo que refiere. El libro es una lectura heterodoxa del poema
de Parménides, el poema fundacional de la filosofía occidental. Una lectura que
habla de la filosofía como amor a la sabiduría antes que como un discurso de la
razón, y que muestra a los pitagóricos como sanadores antes que cómo
científicos. Igual que existe el maridaje entre vinos y comidas, existe el
maridaje entre libros y viajes: hay que dejar que se crucen entre sí, que la
lectura oriente la mirada del viajero, y que el viaje oriente la mirada del
lector. El Aconcagua era una buena ocasión de releer a Kingsley.
Lo que sigue es una crónica del viaje a la
montaña más alta del continente americano. Es cronológica, pero también
emocional y sentimental; tanto como permite la elaboración de la memoria.
25/12/2012. Disonancias cognitivas.
Aeropuerto de Guarulhos, Sao Paulo, Brasil. En
la sala de embarque del avión a Buenos Aires una televisión emite un potaje de
mensajes. Un anuncio corporativo de General Electric habla de cómo la
corporación ayuda a Brasil a desarrollar sus proyectos de movilidad. En otro,
una especie de predicador insta a los brasileños a pelear por tener acceso a
una energía más barata. En un tercero aparecen las obras de ampliación del
aeropuerto. Por la ventana vemos un movimiento frenético de tractores,
furgonetas, coches… “Toda la gasolina que se quema sin que se mueva un solo
avión”. Movimiento, tránsito, velocidad… Me vienen a la cabeza los curries de
Fraggle Rock. Aunque normalmente soy un curry, supongo que hoy soy el fraggle
que se come lo que los currys producen. Entre todo esto, la tele emite un
anuncio sobre sostenibilidad. “Hay que mantener la Tierra limpia, como
mantenemos nuestra casa limpia. Eso es la sostenibilidad”. “Somos necesarios para
la sostenibilidad del planeta”. El taxista que me llevó a Atocha me iba
indicando todos los bares cerrados que el año anterior estaban abiertos.
Después de su largo y disparatado análisis sobre la crisis, su sentencia final
fue: “en una palabra, esto es insostenible. Lo que hay que hacer es crear
empleo”.
26/12/2012 Buenos Aires desde el aire.
Veo en el avión “El extraño caso de Benjamin
Button”. Al acabar la peli me quedo pensando en una frase: de cuando en cuando
hay que aprovechar las oportunidades de cambio para romper con todo lo
anterior.
Es algo obvio, pero la aproximación final a un
aeropuerto es algo muy distinto a pasear por las calles de una ciudad, y
también es muy distinto a mirar un mapa. A diferencia de un mapa, al mirar por
la ventanilla se ven los coches, los camiones, los trenes en movimiento, el
agua de los ríos, las nubes, la niebla, la ciudad viva. A diferencia de la
ciudad a pié, uno está lejos de las personas. Es una impresión geográfica. Más
cercana que un documental, pero aún así aséptica, distante, segura. Por mucho
que difiera el paisaje, hay algo siempre común en esa primera mirada que uno
echa sobre el destino de su viaje, da igual que uno vaya a Buenos Aires,
Chicago, Estambul o Ulan Bator: el fuselaje del avión es tan cálido y protector
como el útero materno, y al llegar al aeropuerto uno es expulsado a un mundo
feo y hostil como el niño al ser parido.
Desde el avión, Buenos Aires se ve como una
ciudad vertical, llena de hormigón, como sus hermanas de América del Norte, aunque
más dispersa, y como lo son todas las modernas ciudades asiáticas. Me pregunto
cómo llegarán el agua y los alimentos a lo alto de esos edificios el día que
falte la energía barata que tenemos hoy. No hace falta responder. Aterrizamos.
Como tenemos tiempo hasta el vuelo a Mendoza, salimos a ver el Mar del Plata y
me como un choripan con una cerveza. Lo disfruto como si fuese un bifé de
chorizo.
27/12/2012 Trámites en Mendoza.
La mañana se va en contratar las mulas para
llevar el desde Puente del Hinca a Plaza Mulas, pagar el permiso de ascensión
al Cerro, cambiar euros y comprar el billete de bus a Mendoza. Por la tarde
compramos bombonas de gas y nos dedicamos a tomar cerveza Stella Artois y una
parrilla en Caro Pepe.
28/12/2012 Río arriba.
En el viaje en bus hacia Mendoza vemos los
primeros picos de los Andes. Pienso por primera vez en el tamaño de la montaña
a la que vamos. Es difícil imaginar casi 7000 m en vertical.
La carretera sigue el curso del río, pero
nosotros vamos en dirección contraria al agua. El agua desciende; nosotros
ascendemos. Igual que sucede al montar en avión, nos adentramos en los
territorios de la muerte (la altura, la velocidad…), esquivándola, ignorándola.
Pienso en el libro de Kingsley: vemos a la muerte como un adversario al que
debemos derrotar, o simplemente ignorar, no como una maestra de quién aprender
a vivir. De alguna manera, una cultura que ignora la muerte es una cultura de
muerte. ¿Cuál es el sentido de este viaje, de esta ascensión? No tengo una
respuesta. Me pregunto si no tendremos algo que aprender del agua que corre río
abajo.
Leo un cartel en la carretera: “respete los
límites de velocidad”. Los límites como garantía de vida antes que
restricciones a la vida. Respetamos los límites convencionales, e ignoramos los
límites fundamentales.
Pienso también en cómo los otros son un espejo
de uno mismo, en la importancia de vernos (no necesariamente reconocernos) en
la mirada de los otros.
A través del cristal de autobús veo el mundo
que hemos construido, con sus casas, sus postes de la luz, sus escombros, su
chatarra. Es un mundo sucio, aunque no siempre un mundo feo (muchas veces sí).
Sea como sea, este es nuestro punto de partida: hagamos lo que hagamos mañana,
tendremos que hacerlo a partir de aquí, a partir de todo esto. De todo lo que
veo, hay algo que sí me parece hermoso y cautivador: durante decenas de
kilómetros, la carretera discurre paralela a una línea férrea abandonada. Me
cautivan esas dos líneas paralelas como una hermosa cicatriz en el paisaje. No
hay un solo punto feo en todo su trayecto. Es como si un cirujano hubiese
tenido que coser la piel de una bailarina o de una actriz: cada punto, cada
puente, cada túnel, está construida como si el cirujano hubiese tenido la calma
y la sangre fría de pensar en la posteridad de su trabajo, en la cicatriz
final, y no en la inmediatez y la urgencia de suturar la herida.
El autobús llega a Puente del Inca. Allí
recogemos nuestros petates y pasamos los trámites de admisión al parque. Así es
como empezamos a andar. Al poco vemos por fin la cara Sur del Aconcagua. Es
impresionante. Parece que estamos al lado, ¡pero estamos a más de treinta y
cinco kilómetros en línea recta de la pared!
El cielo tiene una claridad que es desconocida
para quienes vivimos en una ciudad. No hay solución de continuidad entre el
cielo y los picos que se recortan en el horizonte. Es una frontera abrupta,
repentina. Está el marrón de los picos e inmediatamente el intenso azul del
cielo. El peso de la mochila cargada se hace notar en estos primeros
kilómetros. El paisaje de vuelve árido y polvoriento. Se asemeja a la última
parte del trekking del Annapurna, pasado el paso del Thorung La. A las tres
horas llegamos a Confluencia, donde pasamos el control médico y montamos la
tienda. En un día hemos pasado de los 750 m de Mendoza a los 3400 m de
Confluencia. Por la noche me viene a la memoria una estufa de gas que había en
casa cuando era pequeño, y unas casetas que hacíamos con cajas de fruta en casa
de mi abuela. La magdalena de Proust…
28/12/2012 Plaza Mulas.
Hoy toca la larga caminata desde Confluencia a
Plaza de Mulas (4300 m). Caminamos por una llanura de alubión, siguiendo el
curso del río Horcones, en un paisaje muy semejando el del Khali Gandaki en el
Annapurna. A primera hora de la mañana, la sombra se proyecta por delante, como
si quisiera tirar de nosotros. Ganamos altura poco a poco, dado el perfil llano
del río. El sol quema. Llegamos finalmente a la famosa Cuesta Brava, último
repecho antes de llegar a Plaza de Mulas. Es corta, pero desde luego es brava.
Después de todo un día andando, hay que tomársela con calma. Según la subo
pienso que en la montaña no hay atajos. En una carrera de atletismo, si uno se
cansa, para y se mete en el primer bar. Aquí no: todo lo que uno anda, lo tiene
que desandar. Es como si en la maratón, al acabar, uno tuviese que volver por
donde ha venido, con el agua y la comida que haya sido capaz de llevar, y sin
poder cambiarse de ropa. Es el segundo día de caminata y ya pienso en poder
ponerme ropa limpia y hacer la colada. En uno o dos días dejaré pensar en ello.
Plaza Mulas está lleno de jóvenes argentinos
que trabajan durante el verano para las empresas de andinismo. Es como un
festival de verano, pero en lugar de fumar, beber y liarse entre ellos, sirven
desayunos, comidas o portean (fumar, beber y liarse entre ellos, por la noche).
El paisaje es impresionante. Al final del valle hay varios glaciares que se
precipitan sobre las cornisas de la montaña, o que fluyen hacia abajo hasta
derretirse para alimentar al río Horcones. Vemos también los primeros
penitentes de hielo, las formaciones características del Aconcagua. El tiempo
es espléndido, sin una sola nube. Montamos la tienda Altus, que ya no
desmontaremos. En comparación con la Vaude que tenemos para altura, es un
adosado. Pienso en lo que nos queda por delante, y en que no se puede volver
atrás. De alguna manera, a partir de aquí, ya no somos dueños de nuestros
pasos. Todo va a empeorar, y a pesar de eso, hay que seguir, como en una
agonía. Pienso en comer. Nos cuentan que hay tres desaparecidos en la cara Sur.
Dos de ellos no volverán nunca.
30/12/2012 Descanso.
Me levanto con un ligero dolor de cabeza que
me acompañará durante varios días. Toca día de descanso, así que dormitamos en
la tienda o tomamos el sol fuera. Sigo fascinado con el azul del cielo y la
intensidad de la luz. Pasamos el control médico y mi saturación de oxígeno en
sangre está muy baja, como siempre en altura. Charlamos con el guardaparques:
“hay muchas cumbres aquí, así que no se obsesionen con el Cerro y disfruten,
que es lo importante.”
31/12/2012 Aclimatación a Nido de Cóndores.
De nuevo amanece con un pequeño dolor de
cabeza. Deberíamos portear, pero como no me siento muy allá, decidimos subir
sin peso a ver qué tal. Se da bien y llegamos a Nido de Cóndores (5380 m). A lo
largo del día charlamos con un par de miembros de la patrulla de rescate, y con
Charly, un porteador que nos dará indicaciones para llegar a cumbre. Hoy he
aprendido mucho de alta montaña. Lo rápido que el frío entra en las manos. Lo
importante de estar bien alimentado, cómo el cuerpo sigue cuando estás cansado.
Durante la subida como poco. La bajada se me hace larga. Hay mucha piedra
suelta. El día es algo duro. Al llegar abajo me tumbo. Estoy muy cansado. Bajamos
a cenar a una de las carpas restaurante. Nuestra cena de fin de año será un
lomo simple con coca-cola (una especie de bocadillo de carne con ensalada). ¡El
bocata me da la vida!
01/01/2013 Subida a Nido de Cóndores.
A mediodía cargamos la mochila con tienda,
cocina, comida y ropa, nos ponemos las botas dobles, y empezamos a subir para
montar el campamento en Nido de Cóndores. Abajo queda nuestro adosado Altus y
sus comodidades. Andamos despacio como si fuésemos astronautas caminando por la
Luna. Es la mejor forma de subir con peso a esta altura. Trato de mantener la
concentración al andar para respirar bien, a ser posible por la nariz, y que
los movimientos sean fluidos y usando la mínima energía. Aún así, si sopla algo
de viento es difícil mantener el equilibrio. Durante la subida imagino el
momento de hacer cumbre y lloro. La comida es un pensamiento recurrente.
02/01/2013 Descanso en Nido de Cóndores.
Tengo falta de apetito y algo de dolor de
cabeza. Leve mal de altura. Hoy toca día de descanso para aclimatar. Duermo
mal. Me despierto a la una de la mañana y ya casi no duermo.
03/01/2013 Aclimatación a Plaza Cólera.
Dentro de la tienda está lleno de escarcha al
amanecer. Nieva dentro con cada ráfaga de viento. Unos finos cristales de hielo
caen sobre la cara y se derriten. No es molesto. El recuerdo de la estufa de mi
infancia vuelve una y otra vez. Tengo una enorme ampolla en el talón a causa de
las botas dobles. Es del tamaño de una moneda de euro. El botiquín lo dejé en
Plaza Mulas. Tendremos que apañarnos con un poco de esparadrapo. Me acuerdo de
mi padre y de mi hermana. Nostalgia de la distancia. Pienso que nunca cuidamos
suficiente a nuestra gente.
Subimos hacia Plaza Cólera (5975 m) para
seguir aclimatando en altura. Mi mayor altura hasta ahora eran 5600 m. El
paisaje es árido, desgastado, con piedras erosionadas y mucho azufre, que en
contacto con el agua forma un barro espeso que se adhiere a la bota. El viento
es frío, muy frío, y se hace duro cuando pega de frente. Si da en otra dirección,
el Gore protege bien. Trato de mantener el equilibrio y la concentración en el
paso. El viento hace difícil mantener el equilibrio. El aire es muy, muy seco y
la garganta se resiente. Duele. Noto cómo se me hinchan las manos y cómo pierdo
sensibilidad en la punta de los dedos (diez días después, todavía no he
recuperado del todo el tacto en un par de dedos). Llegamos bien a Cólera y allí
descansamos una hora mirando hacia el último tramo de la ruta. Un par de
argentinos de Catamarca que conocimos en el autobús han hecho cumbre y se bajan
ya. Catamarca está a 3500 m sobre el nivel del mar. Para ellos un 7000 es como
para nosotros un 4000. El paisaje circundante es increíble. Es un tópico, pero
es como navegar en un mar de montañas. Miramos el horizonte desde el puente de
mando. Bajo a Plaza Mulas con el plumas gordo puesto por el frío. Le hablo al
Cerro y le pido que nos muestre hasta dónde está dispuesto a dejarnos llegar.
No le pido más. Pienso en la primera ducha que me daré a llegar a Madrid, y en ese
momento como una suspensión del tiempo.
04/01/2013 Descanso en Nido de Cóndores.
A primera hora de la mañana, el helicóptero
sobrevuela la tienda, literalmente: pasará a unos cuatro o cinco metros de
altura, ya que la plataforma de aterrizaje está a unos metros de la tienda.
Hace mucho viento pero está soleado. Decidimos esperar a mañana para subir a
Cólera. La misma rutina al despertar: nieva dentro de la tienda. La tienda es
más pequeña que una cama de matrimonio. Ahí tenemos que hacer vida dos personas
rodeadas de sacos de pluma, chaquetas de pluma, mochilas, Gore-Tex… Hay que
dormir, cocinar, hacer agua, pasar las horas. John Lennon y Yoko Onno en su
famosa protesta, aunque algo más incómodo. Durante el día nos acercamos al domo
de la patrulla de rescate y charlamos con ellos de trivialidades y lugares
comunes: la inamovible situación argentina, la situación española, precios de
los coches, sueldos, fútbol… Es una charla agradable. Hoy me siento fuerte y
bien aclimatado. No tengo molestias, y tengo apetito. Todo el mundo habla de
una ventana de buen tiempo el día 6. Encaja perfectamente en nuestra progresión
de aclimatación. Eso significa que mañana deberíamos subir a Cólera para montar
el último campo, y intentar el ascenso al día siguiente.
05/01/2013 Descanso en Nido de Cóndores.
Paso una mala noche con apnea. A ratos me
falta el aire. Demasiado líquido encharca los pulmones. En cuanto me incorporo
un poco se me pasa. Amanece con el famoso hongo sobre el Aconcagua, una
formación nubosa característica alrededor de la cumbre que anuncia mal tiempo.
¿Qué pasó con la ventana del 6? Dudamos si seguir subiendo o bajar a Plaza
Mulas. De hacerlo, sería el fin del viaje. Preguntamos a los guías en el campo,
que nos dicen que despejará por la tarde. No sabemos qué hacer. Al final
decidimos subir. Me pongo el plumas de altura, y cuando voy a ponerme la
mochila noto que algo se engancha. Me quito la mochila y oigo cómo una tela se
rasga. Acabo de arrancar el gorro del plumas, y este está rasgado a lo largo de
todo el cuello. Solo acierto a soltar un “me cago en la puta”. Primero el
hongo, y ahora esto. En fin, reparamos el plumas con cinta americana y para
arriba. No hay más. La subida se hace dura. El poco comer y el poco dormir se
hacen notar y a media subida me da una pájara importante. Según voy andando
pienso que me voy a desmayar. Oigo a mi compañero con medio segundo de retraso.
Paro de cuando en cuando a comer algo de fruta seca y chocolate, pero no es
suficiente. Cuando me quedan diez metros de desnivel para llegar, me tomo un
gel de glucosa. Así de mal voy. Mi compi llega con un importante dolor de
cabeza. Al llegar, como todo lo que pillo: embutido, queso, chocolate,
galletas. Hasta ahora hemos tenido una aclimatación excelente, y una
alimentación deficiente. La cosa pinta mal para mañana. Y sin embargo, ¡cuánto
estoy aprendiendo!
06/01/2013 6835 m.
Hace mucho viento toda la noche. Llevo dos
noches sin dormir apenas, y con esta serán tres. Deberíamos salir a las cinco
de la mañana hacia cumbre, pero dudamos. Al final salimos a las 7:45. Es muy
tarde, pero decidimos llegar hasta donde lleguemos, y ya está. Al fin y al
cabo, ayer por la mañana pensábamos que ni siquiera pasaríamos de Nido de
Cóndores. Cuando empiezo a andar estoy muy nervioso. No consigo tranquilizarme.
El día es precioso. Apenas hay viento, y luce un sol espléndido. No podríamos
pedir un día mejor. La ventana del día 6 resulta ser un mirador con vistas al
Mediterráneo. Ganamos altura sin dificultad. Llegamos sin problemas al refugio
Independencia (6400 m). Ayer este lugar hubiese sido un buen final, pero hoy
seguimos adelante sin problemas. Después del refugio hay una travesía fácil
desde la que se ven Nido de Cóndores e incluso, abajo del todo, Plaza de Mulas
(2500 metros por debajo). Pasamos la Travesía y nos adentramos en la Canaleta.
Aquí la cosa se pone dura. Es muy empinada y de piedra muy suelta. El esfuerzo
es grande. Los pies y los bastones se resbalan una y otra vez. Es como subir
por una duna empinada. Respiro como si me estuviese ahogando para forzar la
entrada de aire en los pulmones. La garganta se resiente por el frío y la
sequedad, pero ya me preocuparé luego de eso. Con mucho esfuerzo pasamos la
Cueva y finalmente llegamos al Filo del Guanaco. Hemos alcanzado a un grupo de japoneses
que salió casi tres horas antes que nosotros, pero estamos totalmente agotados.
Todos los guías nos decían que si a las dos no estábamos en cumbre, había que
darse la vuelta. Son las tres y media y aún nos queda una hora o más para
llegar. No hay mucho que pensar. Nos damos la vuelta sin el menor problema.
Miramos el altímetro, que varía entre los 6820 y los 6835 m. A pesar de los
poco más de cien metros que nos quedan por recorrer, estoy muy contento. Antes
de venir, no esperaba ni por asomo llegar hasta aquí. Como dice Rober citando a
Iñaki de Ochoa: es como comerse el pastel y dejar la guinda. Para ser la
primera experiencia en alta montaña (lo del Annapurna fue otra cosa), está muy
bien. La bajada es muy dura. Me caigo varias veces. Las piernas no me
sostienen. Llega un momento en que se desconectan. Me tomo el primer gel de
glucosa, y poco más abajo otro. Me siento como un parapléjico que trata de
aprender a andar de nuevo. Las piernas van donde quieren. En la Travesía
encontramos a un belga tirado sobre su costado a dos metros del camino. No
puede levantarse. Trato de llegar hasta él pero me resbalo y acabo cinco metros
más abajo. Le grito, y me responde “Get me back to the track, please”. Estamos
a unos 6500 m. Me pregunto cómo coño va a bajar hasta Cólera si no es capaz de
levantarse para recorrer dos metros. Mi compi se acerca hasta él y consigue
levantarlo. Unos italianos se hacen cargo de su mochila. Increíblemente, cuando
lo ponemos de pié es capaz de sostenerse y andar. Yo hubiese bajado y avisado a
la patrulla de rescate. Vamos bajando los cinco. A medida que bajo, el
agotamiento se hace notar. Me voy quedando dormido al andar. Se me ocurre
contar para mantenerme despierto. Cuento en voz alta del uno al diez, del diez
al uno, del uno al veinte, del veinte al uno, cambiando la secuencia para que
la letanía no produzca el efecto contrario y me duerma definitivamente. Cuando
llegamos, me siento un rato fuera de la tienda y respiro un buen rato a través
de la braga, intentando calentar la garganta. Y todavía hay que fundir nieve
para hacer agua. La voluntad no lo puede todo. Me meto en el saco absolutamente
agotado.
07/01/2013 Bajada a Plaza Mulas.
Me levanto muy cansado. Antes de ponernos en
marcha hacia Plaza Mulas reflexiono sobre lo que significan los poco más de
cien metros que nos quedaron hasta la cumbre. El resultado depende de tantas
cosas, que cien metros no significan nada. Podía haber subido como podía
haberme quedado en Cólera sin pasar de los 6000 m. En cualquier caso, no pienso
volver para hacerlos. Me dan igual. Ni quitan ni ponen a lo que hemos hecho. De
ninguna manera ha sido una ascensión incompleta. Todo lo contrario. He sufrido
y he aprendido. Por lo demás, ya lloré imaginándome arriba, así que por esa
parte, nada en el debe. Significan una foto que no haremos, eso sí, pero eso es
bien poca cosa. En fin, que la cumbre haya quedado un poco más alta que mi
sufrimiento, es totalmente irrelevante.
Descendemos a Plaza Mulas despacio. Hay mucha
gente en el camino, mucha más de la que había cuando subimos. Solo pienso en
llegar abajo y comer algo decente. Muy, muy cansados, llegamos finalmente a
Plaza Mulas. Oigo que una de las chicas de Aymará, la empresa con la que
contratamos las mulas, pregunta a un compañero si llegamos bien. Hemos pasado
una semana arriba. Mi compi vende tienda, botas y cocina a Charly, el porteador
que nos hemos encontrado varias veces. Felipe, uno de los chicos de Aymará,
recién licenciado en ingeniería, se enfada porque quería la cocina para un
viaje en bici que está planeando. Olvida que las paredes de una tienda no son
las de una casa y que oímos todo lo que dice sobre el gallego que vendió la
cocina a un “rastafari”. Pienso en las dificultades que tienes Felipe para
hacer lo que hacemos nosotros: un país pobre, una divisa que es como dinero del
monopoly… Por riqueza ¿a qué porcentaje de la población mundial pertenezco? ¿A
qué altura de capacidad de derroche estoy?
08/01/2013 Bajada a Horcones.
Pienso en todos los días que llevo
desconectado del mundo, de ese Internet que leo compulsivamente si estoy en la
oficina o en casa. Aquí, sin embargo, solo me preocupa saber si ha pasado algo
a los míos mientras yo estaba lejos. Pienso que estar aquí es como estar
muerto, que el mundo sigue dando vueltas esté yo o no esté, pero aún así,
necesito saber que todo va bien. Caminamos por la larga planicie de Playa Chica
y Playa Ancha hacia Confluencia primero, y Horcones después (el fin del
trayecto). Pienso en el viaje como lo entendían los griegos: como una
transformación de la mirada; como un volver al mismo lugar para mirarlo de una
manera distinta (La Ilíada). Pienso en el libro de Kingsley: experimentar la
muerte en vida para ver la vida con verdadera sabiduría. Me gustaría ser un
pitagórico y saber lo que ellos sabían. ¿En qué consistía su misterio? Me
pregunto si, en definitiva, este viaje ha cambiado mi mirada en algo. No lo sé.
Pero si hay algún cambio, creo que tiene que ver con el sufrimiento más que con
el paisaje, con la altura, o con la grandeza de la montaña. La mortificación
por sí misma no da nada; es lo que hacemos con ella lo que es significativo.
Eso es lo que aquellos griegos sabían y nosotros hemos olvidado.
A medida que descendemos el aire deja de ser
un fantasma que zarandea la tienda, y empieza a ser algo tangible, casi
líquido, palpable. Es denso, respirable, llena los pulmones. También volvemos a
oír el canto de los pájaros, volvemos a ver el color verde, primero como
manchas espinosas y polvorientas aquí y allá, y después como un leve manto verde
que alguien hubiese arrojado entre las piedras. El río se ensancha y ruge con
fuerza creciente. Aparecen también los primeros domingueros, que se adentran
por los primeros kilómetros de la ruta, y que ni nos saludan ni nos prestan
atención. Al final del camino, el primer coche, la primera bocanada de humo, el
principio del camino asfaltado… Y finalmente el edificio del guardaparques,
donde haremos los trámites de salida.
Nos llevan en furgoneta a Puente del Inca.
Después de cuarenta kilómetros andando en un solo día, somos como los fugitivos
de una prisión que son recogidos por sus cómplices en el punto acordado. No
queremos que nadie nos hable, que nadie nos diga nada; solo queremos llegar al
hotel, coger (tomar) una habitación, y darnos una larga ducha. Al llegar a la
habitación de la hostería me miro en el espejo por primera vez en casi quince
días: estoy quemado, demacrado, flaco. No me reconozco. Habré perdido más de
tres kilos. Gasto casi una pastilla de jabón pequeña en una ducha larguísima.
Después, casi sin poder andar, cenamos en un bar cercano que me recuerda a los
bares de Galicia de hace treinta años. Allí conocemos a un catalán que está
recorriendo Sudamérica en moto. Ha comprado una pequeña 200 cc con la que cada
día va decidiendo por dónde ir y dónde parar. Nos comenta que decidió comprar
una moto pequeña como esa para olvidarse de problemas. Si surge algún
imprevisto, la deja tirada y se vuelve a España. Al pensar en esa moto de usar
y tirar, y en mi propio viaje y lo que acarrea, vuelvo a pensar nuevamente en
la Ahimsa, la palabra sánscrita para designar la no violencia, el caminar
dejando una huella leve en el mundo. Y pienso, como en algún otro momento del
viaje, en todo el daño que podemos hacer sin darnos cuenta, en actos cotidianos
que no asociamos a la violencia. La palabra queda resonando en mi cabeza,
mientras reflexiono sobre la profundidad de mi huella en el mundo, y sobre la
sabiduría de aquellos pitagóricos que practicaban el silencio y la incubación.
24/12/12
Y el universo se volvió transparente...
La vida es frágil. Es casi un lugar común
hablar de la facilidad con la que cualquier pequeño evento acaba con ella. Eso
nos angustia y nos entristece. Como todo, esa fragilidad tiene un reverso, un
reverso luminoso que señala lo milagroso de que algo tan frágil llegue siquiera
a suceder. Para verlo, basta con prestar atención al principio de la vida en
lugar de a su final.
Es lo que hace Fred Spier en “El lugar del
hombre en el cosmos”*. Desde el Big Bang hacia delante, Spier va describiendo
la sucesión de condiciones especialísimas que, por acumulación, han dado lugar
a la vida. Leyendo ese relato, uno no puede más que asombrarse de que algo como
la vida haya llegado siquiera a existir. Es difícil hablar de la existencia de
la vida sin pensar en lo milagroso. La vida como algo tan hermoso como
improbable.
Esa improbabilidad, esa rareza cósmica que
supone la vida, ese asombro ante el hecho de haber llegado hasta aquí, está
detrás de todo el pensamiento religioso, y debería ser, de hecho, el principio
del necesario cambio en nuestra forma de pensar que ha de darse si queremos que
la vida de nuestra especia continúe.
Spier habla de complejidad, y habla de flujos
de materia y energía, de cómo las formas de vida superiores necesitan hacer
acopio constante de materia y energía, y señala también que la continuidad de
la vida pasa por encontrar un equilibrio entre ese acopio y los límites físicos
de nuestro planeta. Nuestra herencia evolutiva nos ha proporcionado los medios
para alcanzar cotas de extracción de materia y energía inigualables para
ninguna otra especia, hasta el punto de poder considerar a nuestra especie como
un agente geológico de la magnitud de los ríos o de los volcanes. Hasta el
punto de habernos convertido en nuestra mayor amenaza.
Frente a esa herencia evolutiva, hemos de
enfrentar nuestra herencia cultural, y sobre todo la más asombrosa de nuestras
cualidades del pensamiento: la capacidad de vernos desde fuera, de observarnos
y aprender de esa observación. Y ahí, podemos recurrir, como siempre, al genio
de los griegos: hoy, como nunca antes, el futuro de la humanidad pasa por
elegir entre la hybris y la enkrateia, entre la desmesura y la contención.
Dos fragmentos del libro de Spier:
La mayor enseñanza filosófica, la impresión
que más vino a sacudir los cimientos de nuestras ideas preconcebidas, fue
contemplar la pequeñez de la Tierra… Ni siquiera las fotos logran transmitir
ajustadamente esa conmoción, dado que siempre aparecen enmarcadas. Pero cuando
uno echa un vistazo por la ventanilla del vehículo espacial, se puede ver poco
menos que la mitad del universo.
Eso significa encontrarse frente a una negrura
y una cantidad de espacio muy superior a la que jamás llegará a verse en una
fotografía enmarcada… No se trataba solo de lo pequeña que era la Tierra, sino
de lo grande que era todo lo demás.
Declaraciones del astronauta del Apolo VIII
William Anders.
Gracias a la neutralización del universo, la
radiación dejó de encontrar obstáculos y comenzó a viajar libremente. En otras
palabras, el cosmos se volvió súbitamente transparente.
* Más apropiado sería hablar del ser humano, o
de la humanidad.
27/11/12
En quince o veinte años...
Propongo responder por escrito a las siguientes preguntas, y guardar la respuesta en un cajón para leerla dentro de quince años:
¿Tendré un vehículo particular? Si creo que lo tendré, ¿cómo será?
¿Viajaré a largas distancias en mis vacaciones?
¿Dónde trabajaré?
¿Cuál será el coste de la energía para cocinar, calentar y moverse?
¿Cómo será la medicina?
¿Cómo serán los cuidados de los mayores y los niños?
¿Cómo educaremos a nuestros niños?
¿Qué típo de régimen político habrá?
¿Tendré un vehículo particular? Si creo que lo tendré, ¿cómo será?
¿Viajaré a largas distancias en mis vacaciones?
¿Dónde trabajaré?
¿Cuál será el coste de la energía para cocinar, calentar y moverse?
¿Cómo será la medicina?
¿Cómo serán los cuidados de los mayores y los niños?
¿Cómo educaremos a nuestros niños?
¿Qué típo de régimen político habrá?
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política
21/10/12
¿Oriental?
¿Oriental?
Sí. Hay un libro muy bueno, de Jean-François Revel, en el que explica que, viviendo en una casa muy moderna por la que desfilaban las más importantes eminencias y personalidades culturales, le sorprendió ver que era compatible ser sabio con ser un ladrón o un hijo de puta. Entonces descubrió que le gustaba el budismo porque allí la sabiduría consiste en vivir de una determinada manera y no en decir unas determinadas cosas. De hecho, los sabios de la Antigua Grecia no pretendían solamente tener luminosas ideas, sino vivir de una manera adecuada a esas ideas. Y a esos efectos soy bastante clásico. Si la vida de una persona es un clamoroso disparate yo no le creo y si resulta que es un gran creador, me siento muy prejuzgado hacia él. Un tiene que ser honesto en la vida, no en su discurso. El otro día me decía Mario Vargas Llosa hablando de la ficción "Fíjate, leo Madame Bovary y aún soy capaz de llorar" y claro, me quedé con ganas de preguntarle "¿Pero a que si le pasa a tu vecina no lloras?". Y es ahí donde habría que llorar. En ese sentido tengo muchos problemas para separar a la gente que conozco de su obra.
Iñaki Gabilondo en Jot Down:
http://www.jotdown.es/2011/09/inaki-gabilondo-la-democracia-es-una-herramienta-capital-pero-esta-ronosa/
Sí. Hay un libro muy bueno, de Jean-François Revel, en el que explica que, viviendo en una casa muy moderna por la que desfilaban las más importantes eminencias y personalidades culturales, le sorprendió ver que era compatible ser sabio con ser un ladrón o un hijo de puta. Entonces descubrió que le gustaba el budismo porque allí la sabiduría consiste en vivir de una determinada manera y no en decir unas determinadas cosas. De hecho, los sabios de la Antigua Grecia no pretendían solamente tener luminosas ideas, sino vivir de una manera adecuada a esas ideas. Y a esos efectos soy bastante clásico. Si la vida de una persona es un clamoroso disparate yo no le creo y si resulta que es un gran creador, me siento muy prejuzgado hacia él. Un tiene que ser honesto en la vida, no en su discurso. El otro día me decía Mario Vargas Llosa hablando de la ficción "Fíjate, leo Madame Bovary y aún soy capaz de llorar" y claro, me quedé con ganas de preguntarle "¿Pero a que si le pasa a tu vecina no lloras?". Y es ahí donde habría que llorar. En ese sentido tengo muchos problemas para separar a la gente que conozco de su obra.
Iñaki Gabilondo en Jot Down:
http://www.jotdown.es/2011/09/inaki-gabilondo-la-democracia-es-una-herramienta-capital-pero-esta-ronosa/
7/10/12
La llamada
Un colectivo político gana las elecciones con
una mayoría amplia. Su programa político está articulado alrededor de una idea
fundamental: la política ha de contribuir al sostenimiento de la vida. A partir
de este principio fundamental, y razonando acerca de cuestiones como el impacto
de la velocidad y los recorridos de grandes distancias en el sostenimiento de
la vida, ese colectivo incluyó en su programa electoral propuestas sobre
movilidad en distintos ámbitos con la intención de transformar la economía
hacia actividades de corta distancia y baja velocidad. Políticas de vivienda
tendentes a acercar puesto de trabajo y residencia, políticas fiscales sobre el
uso del vehículo basadas en kilometraje recorrido, políticas agrícolas para un
suministro de ciclo corto en los alimentos, y un largo etcétera. Y, por
supuesto, paralización de infraestructuras como autovías y trenes de alta
velocidad.
Suspendamos temporalmente la opinión que
tenemos sobre un programa político como este, bien sea esa opinión sobre el
contenido, o sobre su factibilidad (precisamente lo que interesa aquí es cómo
se forma esa opinión, antes que su contenido), y planteemos otra pregunta:
¿cómo reaccionaría el poder económico frente a un programa como este?, ¿cómo se
anticipa a amenazas como esta?
Siguiendo con nuestro ejercicio de política
ficción, ¿podemos imaginar una llamada del representante de la patronal de las
constructoras que discurra en los términos siguientes al día siguiente de la
victoria electoral?
“Señor Presidente, reciba en primer lugar mi
más sincera felicitación por su reciente victoria electoral, así como la del
resto de los miembros de esta patronal. Tras revisar detenidamente sus
propuestas electorales, nos gustaría comentar con usted algunos aspectos que
nos han causado cierta preocupación. Nos gustaría asegurarnos de que, llegado
el momento de poner en marcha su programa electoral, ustedes tienen toda la
información necesaria para tomar las mejores decisiones. Quizás haya aspectos
de la política de infraestructuras que personas no familiarizadas puedan pasar
por alto. Sepa, por ejemplo, que cada año las empresas de las que forma parte
esta patronal facturan alrededor de unos tres mil millones de euros, dinero que
permite a medio millón de familias pagar sus hipotecas, disfrutar de unas
merecidas vacaciones, pagar el colegio de sus hijos, y las facturas. No le voy
a negar que nos preocupa el impacto que pueda tener su programa en nuestra
cuenta de resultados, pero como comprenderá, el grupo al que represento podría
vivir durante muchas generaciones aunque cesasen mañana todas sus actividades
económicas. En definitiva, nos gustaría hablar de estos y otros asuntos antes
de que tome ninguna decisión precipitada que pueda tener unas consecuencias
indeseables por todos, difíciles de corregir llegado el caso. Quedamos a su
entera disposición para reunirnos con ustedes cuando lo estimen oportuno, si
bien creemos que esta reunión debería producirse más pronto que tarde.”
Cuando pensamos en la relación entre el poder
político y el económico, solemos pensar en términos de soborno. Es otra de las
muchas conclusiones a las que el mensaje de los medios nos induce a pensar,
porque en los medios de comunicación veremos al político corrupto que aceptó un
sobre, pero nunca, jamás tendremos noticia de una llamada como esta. Pero
existen (y hablamos de cifras decenas de miles de veces superiores a las de
cualquier soborno, pero son cifras invisibles).
A la vista de lo anterior, creo que chantaje
es una palabra más precisa que soborno para describir la relación entre
política y poder económico. Las reglas de juego del sistema funcionan como un
chantaje: si uno las sigue, el poder gana; si uno las cuestiona, el coste sería
tan grande, que ninguna formación política podría permitírselo.
Nuestra mente es una poderosa máquina
narrativa: no solo comprende muy bien las narraciones, sino que es capaz de
construir narraciones para explicar lo que sucede. Pero esa característica de
la mente es algo más que una habilidad: es a la vez un impulso y una
limitación. Al explicar las cosas, necesitamos narraciones limitadas, coherentes,
con un principio y un fin, una cronología, unos protagonistas, unas escenas.
Pero la realidad es mucho más compleja de lo que podemos narrar. Por eso, entre
otras cosas, el futuro de la Humanidad y nuestras fantasías sobre ese futuro
están cada vez más alejadas.
La forma en la que el poder se ejerce es
infinitamente más sutil de lo que la mayoría de nosotros estamos preparados
para comprender. La idea de una conspiración de los poderosos se ajusta bien a
nuestras preferencias por las narraciones, pero dista mucho de ser cierta.
Ahora bien, que no exista una conspiración, no disminuye un ápice la capacidad
de las élites económicas de dar forma a una realidad cada vez más estrecha para
los de abajo y para la naturaleza, y más ancha para los de arriba, por mucho
que una estructura así no pueda sostenerse durante mucho tiempo.
Una de las varas de medir las narraciones es
eso que llamamos comúnmente “sentido común”. El sentido común es un artefacto
cultural, tan variable como las culturas que le dan forma. Tiene menos que ver
con lo que es verdad, que con lo que un grupo de gente considera verdadero en
un momento de la historia. El sentido común es otro de los instrumentos que el
poder trata de moldear a su servicio; al fin y al cabo, es el lugar desde el
que la gente juzgará si tienen sentido o no programas electorales como el de
nuestro colectivo político, o argumentos que cuestionan las creencias
imperantes (cuando un argumento entra en conflicto con nuestras creencias,
siempre tomaremos partido por nuestras creencias, por eso no existe poder que
no intente inculcar un sistema de creencias que favorezca sus intereses).
El ejercicio explícito del poder es fácil de
comprender, porque es fácil de narrar: es fácil comprender una escena de una
persona amenazando a otra con un arma, o la escena de un servidor público
aceptando un soborno, pero la construcción del sentido común es un asunto que
no admite una narración simple, pero eso no lo hace menos importante. Todo lo
contrario. El verdadero poder es un poder sutil, invisible, un poder que se
ejerce con nuestra colaboración cuando admitimos como cierto todo aquello que
el sentido común nos señala como posible.
El sentido común nos dice que el progreso es
bueno, y nos dice que consiste en pasar de la carretera a la autovía, del tren
convencional al de alta velocidad, de un coche de hace diez años a un coche
nuevo… y lo dice porque desde siempre hemos visto en la televisión, o leído en
los libros de texto cosas como que la energía nuclear ha supuesto un enorme
avance para la humanidad. Cada vez más, el sentido común se sostiene sobre un
conjunto de creencias antes que sobre un conjunto de observaciones. Nuestro
sentido común, nuestras creencias se sostienen sobre la autoridad que el poder,
empezando por nuestros mayores, otorgan al aprendizaje que proporcionan los
libros de texto o los medios de comunicación. Nadie nos dijo nunca que lo que
hay en esos libros es algo de lo que debiésemos sospechar. Como el chantaje, el
sentido común es otro de los puntos de apoyo sobre el que el poder se ejerce (y
no es un punto de apoyo menor).
Así que llegados aquí, conviene observar que
la llamada imaginaria se hace desde el interés, y no desde el sentido común,
por mucho que las razones expuestas pretendan hacerse pasar por razones
sensatas. No existe una sola mentira que no trate de ampararse en razones que
apelan al sentido común.
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lo que nos rodea,
política
29/9/12
Peligrosas debilidades del pensamiento
La expresión “colapso civilizatorio” ha dejado
de ser una idea para escritores de guiones de ciencia ficción para pasar a ser
una forma razonable de describir el futuro a medio plazo de la humanidad.
Entonces, ¿cómo es posible que sigamos viviendo de espaldas a esa idea? Para
comprender nuestra actitud, una referencia enormemente útil es Pensar rápido,
pensar despacio, de Daniel Kahneman. Una muestra de sus
conclusiones:
Las condiciones bajo las cuales eventos raros
son ignorados o magnificados se entienden ahora mejor que cuando se ha
formulado la teoría de las perspectivas. La probabilidad de un evento raro será
sobrestimada (a menudo, no siempre) debido al sesgo confirmatorio de la
memoria. Si pensamos en ese evento, intentaremos hacerlo verdadero en nuestra
mente. Un evento raro será magnificado si atrae especialmente la atención. La
atención separada queda efectivamente garantizada cuando se describen las
perspectivas de modo explícito (“99 por ciento de probabilidades de ganar 1.000
dólares y 1 por ciento de probabilidades de no ganar nada”). La preocupación
excesiva, las imágenes vívidas, las representaciones concretas y los recordatorios
explícitos contribuyen a la magnificación. Y cuando no hay tal magnificación,
habrá olvido. Cuando considera probabilidades raras, nuestra mente no está
diseñada para ver las cosas correctamente. Estas son malas noticias para los
habitantes de un planeta en el que podrían producirse eventos raros a los que
ninguno de ellos ha asistido.
Pensar rápido, pensar despacio.
Daniel Kahneman.
22/9/12
El geógrafo
Mucho antes de que hubiese llegado a existir
riqueza cultural alguna, la naturaleza había provisto al hombre con su propio
modelo original de creatividad inagotable, con lo cual el azar dio paso a la
organización y esta incorporó gradualmente finalidades y significaciones. Tal
creatividad es su propia razón de existir y su auténtico premio. Ensanchar la
esfera de la creatividad significativa y prolongar su periodo de desarrollo es
la única respuesta del hombre a su propia muerte.
Lamentablemente, estas ideas son ajenas nuestra
cultura actual, dominada por las máquinas. Un geógrafo contemporáneo que vivió
imaginariamente en un asteroide artificial nos ha presentado las siguientes
observaciones: “No hay méritos inherentes en un árbol, una brizna de hierba, un
arroyo rumoroso o los hermosos contornos de un paisaje; si dentro de un millón
de años nuestros descendientes habitasen un planeta de rocas, aire, océanos y
naves espaciales, aún seguiría siendo un mundo natural”. No puede haber
declaración más absurda que esta a la luz de la Historia Natural. El mérito de
todos los componentes naturales originales que este geógrafo descarta tan
caballerosamente es en rigor que, en su totalidad inmensamente variada, han
ayudado a crear al hombre.
Como Lawrence Henderson tan brillantemente
demostró en The Fitness of the Environment, hasta las propiedades físicas del
aire, el agua y los compuestos de carbono fueron propicios para la aparición de
la vida: si esta hubiese comenzado en ese planeta pelado y estéril que el
citado geógrafo prevé como posible futuro, al hombre le habrían faltado los
recursos necesarios para su propio desenvolvimiento. Y si nuestros
descendientes redujeran este planeta a un estado tan desnaturalizado como ya
están haciendo las excavadoras, los pesticidas y defoliantes y las bombas
atómicas, entonces el hombre mismo quedará igualmente desnaturalizado, es
decir, deshumanizado.
El mito de la máquina
Lewis Mumford
El mito de la máquina
Lewis Mumford
21/8/12
Vuelve ETA
Ya se va notando en la cocina de TVE el aroma
al menú que el comisario político Somoano venía cocinando en Telemadrid, con
ETA como plato estrella. No importa que la ETA que le toca cocinar a Somoano
huela a muerto, porque el congelador televisivo está repleto de documentales
que, si bien ya saben algo rancio, sirven para seguir ofreciendo el exitoso
menú, con txalaparta de acompañamiento musical de fondo.
No me voy a extender sobre la insistencia con
que los análisis de sangre de la derecha muestran un notable y endémico déficit
democrático. Lo que me interesa señalar es cómo la predilección de la derecha
por ETA y sus víctimas, lejos de probar su compromiso con la libertad y la
democracia, prueba exactamente lo contrario.
No es el Mal al que nos enfrentamos lo que
determina nuestra talla moral; es la elección de ese Mal lo que nos califica. O
sea, no es la posición de la derecha frente a ETA lo que demuestra su
compromiso democrático; es el hecho de que esa elección oculte otra lo que
demuestra su bajeza moral. Exhibir su compromiso democrático frente a ETA
permite a la derecha no abordar su falta de compromiso a la hora de condenar el
franquismo (en términos de democracia, un Mal incomparablemente mayor). Cuanto
más alardea la derecha de defensa de las víctimas de ETA, más patente es su
desprecio por las otras víctimas.
La derecha española ha sido históricamente
reacia a condenar el régimen franquista y sus crímenes durante y después de la
Guerra Civil. Su sospechosa postura sería algo así como un “no hace falta
condenarlo, ya pasó”. No es de extrañar esta postura, dada la continuidad
ideológica, familiar, e incluso afectiva. Una gran mayoría de la derecha sigue
viendo en el franquismo aquel régimen autoritario pero benigno y paternal
encarnado en las narraciones de la propaganda del NODO. La derecha siempre ha
sido muy comprensiva con aquel régimen fascista (o usando el lenguaje moral
católico de moda, ha mostrado un notable relativismo moral al respecto).
Se trata de un conflicto difícil de resolver:
no se puede confesar lo que realmente se piensa sobre el pasado reciente de
España, pero al mismo tiempo uno se ve a sí mismo con la misma estatura moral
que cualquier otro, y se siente herido por no ser reconocido como tal. Y es
aquí donde comisarios políticos como Somoano han sido capaces de proporcionar a
las huestes de la derecha una fuente de legitimidad y talla moral capaz de
resolver semejante conflicto (una falsa resolución, claro está).
Como la resolución del conflicto en términos
de autocrítica y de ruptura con el franquismo y lo que este supuso, es un
imposible, los ideólogos de la derecha han convertido a ETA en la encarnación
de lo que el franquismo supuso para el resto de ciudadanos, empezando por
adjetivarla con el término “fascista”. Fue Aznar el artífice de la ruptura sin
ruptura de la derecha con el franquismo. Aznar y su gente sabían bien que una
batalla está casi siempre perdida si la plantea el adversario, y casi siempre
ganada si la plantea uno. Así, sabedores de que la batalla por la legitimidad
democrática alrededor del franquismo estaba perdida, tuvieron la habilidad de
plantear esa batalla alrededor de ETA. Como estrategas hay que reconocer su
mérito. Como personas, hay que señalar su maldad.
Así, ETA funciona para la derecha como el
régimen franquista funciona para la izquierda: un Mal que nos permite demostrar
la talla moral; el anclaje en el que apuntalar la legitimidad democrática. Solo
que aquí esa demostración tiene un reverso que es más importante que el
anverso: la posición frente a ETA hace aún más patente el silencio de la
derecha frente a los crímenes del franquismo. Lo que no condenamos evidencia
nuestra talla moral tanto más como lo que condenamos. Los combates que rehuimos
dicen de nosotros tanto como los que afrontamos.
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