21/8/12

Vuelve ETA

Ya se va notando en la cocina de TVE el aroma al menú que el comisario político Somoano venía cocinando en Telemadrid, con ETA como plato estrella. No importa que la ETA que le toca cocinar a Somoano huela a muerto, porque el congelador televisivo está repleto de documentales que, si bien ya saben algo rancio, sirven para seguir ofreciendo el exitoso menú, con txalaparta de acompañamiento musical de fondo.

No me voy a extender sobre la insistencia con que los análisis de sangre de la derecha muestran un notable y endémico déficit democrático. Lo que me interesa señalar es cómo la predilección de la derecha por ETA y sus víctimas, lejos de probar su compromiso con la libertad y la democracia, prueba exactamente lo contrario.

No es el Mal al que nos enfrentamos lo que determina nuestra talla moral; es la elección de ese Mal lo que nos califica. O sea, no es la posición de la derecha frente a ETA lo que demuestra su compromiso democrático; es el hecho de que esa elección oculte otra lo que demuestra su bajeza moral. Exhibir su compromiso democrático frente a ETA permite a la derecha no abordar su falta de compromiso a la hora de condenar el franquismo (en términos de democracia, un Mal incomparablemente mayor). Cuanto más alardea la derecha de defensa de las víctimas de ETA, más patente es su desprecio por las otras víctimas.

La derecha española ha sido históricamente reacia a condenar el régimen franquista y sus crímenes durante y después de la Guerra Civil. Su sospechosa postura sería algo así como un “no hace falta condenarlo, ya pasó”. No es de extrañar esta postura, dada la continuidad ideológica, familiar, e incluso afectiva. Una gran mayoría de la derecha sigue viendo en el franquismo aquel régimen autoritario pero benigno y paternal encarnado en las narraciones de la propaganda del NODO. La derecha siempre ha sido muy comprensiva con aquel régimen fascista (o usando el lenguaje moral católico de moda, ha mostrado un notable relativismo moral al respecto).

Se trata de un conflicto difícil de resolver: no se puede confesar lo que realmente se piensa sobre el pasado reciente de España, pero al mismo tiempo uno se ve a sí mismo con la misma estatura moral que cualquier otro, y se siente herido por no ser reconocido como tal. Y es aquí donde comisarios políticos como Somoano han sido capaces de proporcionar a las huestes de la derecha una fuente de legitimidad y talla moral capaz de resolver semejante conflicto (una falsa resolución, claro está).

Como la resolución del conflicto en términos de autocrítica y de ruptura con el franquismo y lo que este supuso, es un imposible, los ideólogos de la derecha han convertido a ETA en la encarnación de lo que el franquismo supuso para el resto de ciudadanos, empezando por adjetivarla con el término “fascista”. Fue Aznar el artífice de la ruptura sin ruptura de la derecha con el franquismo. Aznar y su gente sabían bien que una batalla está casi siempre perdida si la plantea el adversario, y casi siempre ganada si la plantea uno. Así, sabedores de que la batalla por la legitimidad democrática alrededor del franquismo estaba perdida, tuvieron la habilidad de plantear esa batalla alrededor de ETA. Como estrategas hay que reconocer su mérito. Como personas, hay que señalar su maldad.

Así, ETA funciona para la derecha como el régimen franquista funciona para la izquierda: un Mal que nos permite demostrar la talla moral; el anclaje en el que apuntalar la legitimidad democrática. Solo que aquí esa demostración tiene un reverso que es más importante que el anverso: la posición frente a ETA hace aún más patente el silencio de la derecha frente a los crímenes del franquismo. Lo que no condenamos evidencia nuestra talla moral tanto más como lo que condenamos. Los combates que rehuimos dicen de nosotros tanto como los que afrontamos.

6/8/12

Piramide invertida de la opresión

La pirámide invertida de la opresión muestra cómo funciona el sistema frente a los problemas que causa. VicenteManzano-Arrondo la describe de la siguiente manera:

Nada ocurre [invisibilización]. Si ocurriera, no es una injusticia [interpretación] porque la causa no es humana (naturalización), la consecuencia no recae sobre humanos (cosificación), realmente es justo (inversión), lo relevante es otra cosa (perspectivación) o se trata de una observación falsa (deslegitimación). Si se interpretara como injusticia, no es achacable al sistema [canalización] pues es el mismo grupo humano el que se genera el daño (victimización), proviene de fuera del sistema (agente externo), mientras que el sistema cuenta ya con vías para superar la  injusticia (tokenismo). Si la injusticia se identificara como causa del funcionamiento del sistema, es mejor no hacer nada [inmovilización] ya que se están tomando las medidas oportunas (solución en marcha), el líder pide confianza (acto de fe), la solución es cosa de especialistas (especialización),  es iluso actuar (fatalismo), el problema se resuelve en la ficción (catarsis virtual), el asunto es demasiado difuso como para abordarlo (difuminación), sería peor el remedio que la enfermedad (solución indeseable), es un problema ajeno o lejano (distanciamiento), o constituye una excepción de un funcionamiento impecable (anecdotización). Si las personas sienten la necesidad inevitable de hacer algo, se suministran los instrumentos pertinentes que no atentan contra el orden [domesticación] alentando las acciones individuales aisladas (trascendencia individual), definiendo con precisión las acciones grupales permisibles (acotación de la acción colectiva) o guiando la acción mediante el pensamiento y este mediante el lenguaje (imposición de lenguaje). Si ello finalmente tampoco funcionara, se procede a parar directamente el movimiento [represión]

A servidor se le ocurre el siguiente ejemplo:

Invisibilización: “España va bien”.
Interpretación: “Si la gente compra tantos pisos, es porque tiene dinero”.
Canalización: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.
Inmovilización: “No tenemos libertad para elegir”. “Estamos haciendo los deberes”. “Hay que hacer sacrificios hoy para salir de la crisis mañana”. Gobiernos de tecnócratas.
Domesticación: “Los problemas no se solucionan detrás de una pancarta, sino trabajando”, “Es el momento de que todos arrimemos el hombro, no de poner palos en la rueda”.
Represión: Modificación del código penal que iguala la resistencia pasiva a un acto de resistencia a la autoridad, e incluso a la kale borroka. El uso de la policía antidisturbios…

El mecanismo es tan sencillo, y tan eficaz, que acojona…

24/7/12

Recortes

Hace unos días preguntaba a los oyentes una locutora de radio, por dónde recortarían en época de crisis. Ahí va una primera lista de cosas que se me ocurren:

- Horas de trabajo: tendríamos que trabajar al menos la mitad de horas para poder dedicar tiempo a formarnos, informarnos, participar, convivir, socializar, cuidar, ayudar…
- Objetos consumidos: tendríamos que pensar qué cosas pueden salir de casa, en lugar de pensar qué cosas entran en casa.
- Velocidad: tendríamos que recortar en la velocidad a la que hacemos todo. Deberíamos demorarnos más en las cosas, tomarnos nuestro tiempo, bajar la velocidad del pensamiento para poder mirar, para ver, para prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor.
- Televisión y demás pantallas: si no nos atrevemos a prescindir de la tele, habría que dividir por varios números las horas de tele. Igual para el resto de pantallas. Más experiencia vivida, menos experiencia referida. A pisar la calle.
- Kilómetros: definitivamente, hay que recorrer menos kilómetros. Y los que se recorren, deben recorrerse a menos velocidad.
- Comidas: conviene comer menos carne, y menos “productos Marco Polo” (aquellos que recorren medio mundo hasta llegar a nuestra mesa).
- Gente tóxica: si no puedes alejarte de ellos, al menos ignóralos.
- Expectativas y deseos: tendríamos que aprender a clasificar nuestras expectativas y deseos para distinguir las razonables de las que no lo son, las legítimas de las que no lo son. Desear ser amado es legítimo, incluso razonable; esperar que esa persona particular sea quién me ame, no lo es. Una expectativa razonable nos abre los ojos, una expectativa irracional nos ciega.
- Pensamientos negativos: sin dejar de ver lo malo que hay en el mundo, hay que “saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

Se admiten sugerencias.

26/5/12

14/5/12

No nos representan

“!Que no, que no, que no nos representan, que no!”.

El 15M tiene un subconsciente, y el subconsciente nos hace decir cosas que no sabíamos, o no creíamos haber dicho. El eslogan más conocido del 15M es un buen ejemplo. Paradójicamente, se trata de un eslogan que trabaja en dirección contraria al 15M (cosas del subconsciente).

Empecemos proponiendo que se trata de un movimiento fundamentalmente “metodológico”, no “programático”; es decir, de un movimiento que prima el cómo hacer política sobre el qué políticas hacer. No es que las políticas no sean importantes, sino que es más importante la manera de decidirlas. Sobre esto se podría hablar largo y tendido, pero dejémoslo en que un cambio en el sujeto político significa un cambio de políticas.

Propongamos también que la política, hoy, se entiende como un objeto de consumo, y como tal objeto, los partidos funcionan como la televisión: uno compra el aparato, y después el aparato mostrará lo que otros deciden mostrar. El comprador no tiene más opciones que seguir viendo cabreado ese canal, cambiar de canal, o apagar el aparato. Lo que no puede hacer es interpelar a quien sea que esté al otro lado.

El 15M rompió la pantalla del televisor y se presenció en medio del plató: “no queremos que sigan diciendo que programan lo que el público quiere; el público somos nosotros y venimos a pensar qué queremos ver”. No a decir qué queremos ver, sino a pensar qué queremos ver.

Pero volvamos al subconsciente aflorando en el habla. Si el movimiento hubiese dicho “nadie nos representa”, no hubiese habido lugar a equívoco. El problema al decir “[ellos] no nos representan”, es que pone el foco sobre el “ellos” en lugar de sobre el “no nos representan”, y esa perspectiva hizo pensar a muchos que el propio movimiento podía llegar a ser un “ellos” nuevo que sí nos representara. Muchos vieron en el 15M el embrión de una nueva opción de consumo, un “estos sí me representan”. No era eso. El 15M nos invitó a todos a no ser espectadores, sino participantes.

Y ahí es donde empezamos a mirarnos los unos a los otros con extrañeza, como si hubiésemos sintonizado un canal con una película birmana sin subtítulos: sencillamente, no sabemos cómo participar, no queremos asumir esa carga (que lo es). Preferimos que nos representen, ahorrarnos el trabajo de participar, de escuchar a otros para aprender, para construir colectivamente. Preferimos votar a un partido que sabemos que no hará nada de aquello que promete y después enfadarnos cínicamente, como si nos pillase por sorpresa la mentira tantas veces repetida.

Se oye decir que el 15M ya no es lo que era, que se ha “radicalizado”. Suena a excusa. Si eso es cierto, es porque un día dejamos a unos pocos pensando en el plató, nos volvimos a casa y encendimos la televisión a ver si algo había cambiado, pero solo estaban los viejos programas de siempre. No fue el 15M quién se alejó de la sociedad; fue la sociedad la que se alejó del 15M. El movimiento no es de nadie y es de todos; de todos los que están en las plazas.

7/4/12

Abracadabra

Bajo a tirar la basura y veo un viejo monitor de rayos catódicos en el cuarto de las basuras.

Pienso que la clave del capitalismo es la misma que la de la magia: crear una ilusión ocultando el truco. El capitalismo, como la magia, está lleno de dobles fondos, trampillas, pequeños pájaros sacrificados, innumerables trucos que invisibilizan los costes y consecuencias de su funcionamiento, y hacen creer que lo imposible es posible. Y aunque todos sabemos que hay truco, no queremos conocerlo.


Quién ha abandonado ese monitor cree en la magia: el monitor apareció un día por arte de magia en una tienda, y desaparecerá por arte de magia del cuarto de la basura. Sin más, sin otra consecuencia.


Y un segundo pensamiento: hasta no hace mucho, viejo era sinónimo de inútil. Ya no. Ahora viejo es sinónimo de pasado de moda. Mundo raro este en que lo útil ya no tiene valor.

6/4/12

El que la hace la paga

El que la hace la paga. Tienes que ser responsable y hacerte cargo de las consecuencias. Los responsables pagarán por ello.


Del hablar común hay que desconfiar porque nos acerca a la verdad por un estrecho camino. Dejando de lado esta objeción –no menor-, queda esa verdad a la que el hablar se refiere: en lo que nos ocupa, que la justicia no es otra cosa sino la reparación de una deuda. La ley, así las cosas, no es más que el acuerdo sobre fijación de precios vigente en cada momento para saldar esa deuda, un acuerdo hasta cierto punto arbitrario, convenido y pactado, cambiante, sujeto a modas. Pero la variabilidad histórica en el acuerdo no hace menos cierta la verdad anterior: la justicia no es sino la reparación de una deuda.


Vivimos en un mundo que hace tiempo abandonó cualquier ideal de justicia a favor de formas más o menos disimuladas de rapiña. Sin embargo, quizás por una cuestión de formas (o sea, de hipocresía), nuestro hablar sigue hablando de ella. Así, los ególatras, narcisistas y psicópatas que suelen dirigir las instituciones empresariales, financieras o estatales que nos conducen derechitos al desastre, hablan de las “responsabilidades del cargo”, o sea, de la deuda que tenemos con ellos. Han conseguido convencernos de que dirigir lo que sea en beneficio propio nos hace al resto deudores hasta un extremo tal, que cualquier remuneración monetaria está justificada para saldar esa deuda.


Se trata del único caso en que responsabilidad y acreedor de la deuda coinciden en el mismo sujeto. O sea, que aquí el responsable cobra en lugar de pagar. Lo asombroso es que la cosa cuela, lo que dice muy poco del resto de nosotros.


Algunas objeciones: la responsabilidad no es un atributo de la posición -el padre, el jefe-, sino la consecuencia de un acto previo. Y si la responsabilidad es la consecuencia de un acto, ¿hemos de entender acaso, que estamos pagando por adelantado a unas personas por las consecuencias que sobre esas mismas personas tendrán los errores que cometan en el futuro? Basta con mirar alrededor para ver que esto no es así: en el pago por la responsabilidad hay pago, pero no hay responsabilidad. Se cometen errores, claro, pero somos el resto los que pagamos, mientras los responsables se desentienden, e incluso, en un último acto de cinismo, nos devuelven la responsabilidad al resto -jefes culpando a los empleados de los malos resultados, banqueros culpando a los ciudadanos por endeudarse, políticos hablando de un vivir por encima de no sé qué posibilidades, entrenadores culpando a los jugadores, y podríamos seguir-. Visto que no era responsabilidad lo que estábamos pagando, ¿qué era entonces?


Hay una alternativa a esta forma de hacer las cosas. Se trata de una alternativa mucho más difícil, pero también más justa y verdadera: desconfiar de los farsantes que acarrean “la pesada carga de la responsabilidad”. No delegar y distribuirnos esa carga colectivamente. Hay una razón poderosa para ello: es mucho más fácil ser injusto con los demás que serlo con uno mismo.

29/3/12

Tres apuntes sobre la huelga

Un oyente comenta en la radio que tenía un piso y lo perdió, que vive debajo de un puente, que los banqueros son unos sinvergüenzas. Después acusa al locutor de haber jaleado a la gente para ir a a huelga, y que esto solo se arregla si todos arrimamos el hombro.

Otra oyente dice: "a pesar de que soy universitaria, tengo un empleo precario".

Un grupo de ciclistas corta la M-30. La policía, deja hacer y se limita a hacer gestos a los automovilistas para que se tranquilicen.

17/3/12

Ahimsa

Ahimsa: causar el menor daño posible.

13/3/12

El gran juego

El negocio y su lenguaje lo invaden todo. Esa forma de ser y de estar va imponiéndose en todos los ámbitos de la vida, desde la política a la pareja, desde el colegio al hospital, desde el agua a la semilla. Es difícil encontrar una respuesta peor a las necesidades humanas, y una práctica más hostil hacia la lógica de la vida, lo que hace difícil de comprender el éxito que ha alcanzado. La soberbia, el cinismo, el narcisismo, la avaricia, la pereza, los pecados en fin, han sido los sospechosos habituales a los que atribuir su empuje y el éxito de su carrera delictiva. Sin dejar de ser cierta, esta explicación es insuficiente. Entonces, ¿qué atrae a tantos hacia algo tan destructor y tan nihilista?


Antes de nada, convengamos en que, en general, la vida en el mundo es dura, precaria, difícil, y que el mundo rara vez nos da lo que anhelamos (salvo que uno haya educado la atención, también es cierto). No es que el mundo sea hostil, es que sencillamente es indiferente hacia nosotros.


Hace veinte años, Mihaly Csikszentmihalyi publicó Fluir, un texto en el que definía el concepto de flujo como ese sentimiento profundo de disfrute que hace que las personas gasten gran cantidad de energía en una actividad. Csikszentmihalyi identifica ocho componentes básicos para que ese disfrute ocurra:


- La experiencia sucede cuando tenemos una oportunidad de lograr la tarea (1).

- Debemos ser capaces de concentrarnos en lo que hacemos (2).

- La tarea tiene unas metas claras (3), y una retroalimentación inmediata (4).

- Uno actúa sin esfuerzo, con una profunda involucración que aleja de la conciencia las preocupaciones y frustraciones de la vida cotidiana (5).

- Las experiencias agradables permiten a la personas ejercer un sentimiento de control sobre sus acciones (6).

- Desaparece la preocupación por la personalidad (7)

- El sentido de la duración se altera (8).


El autor añade que una proporción abrumadora de experiencias óptimas ocurre dentro de secuencias de actividades que se hallan dirigidas hacia una meta y reguladas por normas. Lo interesante del asunto es que Csikszentmihalyi identifica unas condiciones que carecen por completo de cualquier connotación moral. La condición de flujo puede alcanzarse realizando actividades moralmente buenas, o moralmente repugnantes.


A la vista de la teoría de Csikszentmihalyi, no es difícil ver que la naturaleza de los negocios hace de ellos un territorio tan bueno para originar experiencias de flujo como el ajedrez o la cocina. Que además de eso ratifique los delirios narcisistas, exija unas buenas dosis de cinismo, proporcione innumerables estrategias de compensación de complejos y, además, proporcione ese bono convertible en casi cualquier cosa que es el dinero, no hace sino añadir razones para el éxito. Que sea un éxito inmoral y nihilista es otro asunto, pero desde la perspectiva de Csikszentmihalyi, un asunto tan disparatado como una sociedad sustentada en los negocios, tiene sentido (aunque sea una sociedad delirante).


Pero hay un problema: una inmensa proporción de los jugadores (los trabajadores, los pobres, los explotados, los que se hacen cargo de las consecuencias), se niegan a participar. Participamos obligados, sí, pero sin creernos las reglas, cuestionándolas. Y eso resta disfrute a los que han hecho de este juego su forma de vida. Hasta ahora les había bastado con explotarnos, pero ahora todos esos jefes entregados “necesitan” que nosotros nos creamos el papel que representamos para poder creerse ellos mismos el suyo, como aquel rey desnudo… y es entonces cuando alguien se acuerda del compromiso.


Hace poco oía a un jefe clasificar a los empleados en dos grupos: los que “solo hacen su trabajo” y los que “se comprometen”. Hay una primera lectura de esta división: uno siempre puede demostrar que ha hecho su trabajo (y esto es una sólida línea de defensa). ¿Pero el compromiso? ¿Cuándo demuestra uno suficiente compromiso? Como le sucede a las mujeres maltratadas, uno nunca está a la altura (lo que nos deja a merced de los caprichos arbitrarios del maltratador): “no me quieres suficiente” dice él, “¿qué puedo hacer para arreglarlo?”, responde ella. No importa cuánto se haga, porque nunca es suficiente. Ese es el lugar en el que nos quieren: siempre por debajo de lo que se espera; siempre obligados a esforzarnos un poco más. Así es como hay que entender el compromiso: como un chantaje.


Pero hay una segunda lectura, más interesante quizás: el trabajador que “solo hace su trabajo” niega al trabajo cualquier otro valor que no sea el de un medio (bastante indeseable, por otro lado) para alcanzar los verdaderos fines que desea, siempre localizados fuera del negocio. Esta visión es un grito al oído del rey: “!estás desnudo!”. Sin embargo, al conseguir su compromiso, al convencer al incauto de que sus objetivos personales son los de la empresa, ya no hay voces molestas que hablen de un mundo más allá de ese que proporciona tanto placer, tanto disfrute a unos pocos (a costa de todos los demás, y de todo lo demás). Al comprometer a los peones, el rey hace del tablero el único mundo verdadero. La fantasía se impone sobre la realidad, como la única realidad.


Por supuesto, como todo en este juego, se trata de un compromiso falso, al servicio, de nuevo, del narcisismo, o de cualquier otro complejo cuya curación requiera algún esfuerzo. Ahora bien, al comprometerse con unos objetivos personales que no lo son, lo que se hace es dificultar la comprensión del conflicto. El trabajador que “solo hace su trabajo” comprende que el conflicto se establece entre el trabajo y todo lo que el trabajo impide (vivir, sin ir más lejos). El trabajador “comprometido” tampoco vive, pero es su compromiso el que le impide comprender: siempre ve en la organización defectuosa, el jefe incapaz o los compañeros perezosos, el origen de la dificultad en realizar sus objetivos. Como se equivoca al identificar el conflicto, su frustración no tiene fin. Le han robado hasta la posibilidad de soñar un propósito significativo para su propia vida.


Nos reiríamos de cualquier actor que afirmase ser el verdadero Hamlet, y sin embargo, somos incapaces de ver el público que atiende, asombrado, a esta obra delirante en que hemos convertido el mundo. Ninguna locura ha impedido, hasta el día de hoy, que llegado el momento el telón caiga.