27/10/08

Amortizaciones históricas



El pensamiento, como la memoria, habita tanto en los objetos externos como en las regiones internas del cerebro humano. Cuando las equivalencias físicas del pensamiento desaparecen, también el pensamiento o la posibilidad de pensar se pierde.

Robert Macfarlane, Naturaleza virgen.

Este fin de semana, el mismo Gobierno que trajo la Ley de la Memoria Histórica ha comenzado el derribo de uno de los espacios donde esta memoria habita: la cárcel de Carabanchel. La tiran abajo como se arroja a la basura un objeto amortizado. Y es que quizás eso es exactamente esa Ley para ellos: un objeto amortizado.

No lo olvidaremos.

15/10/08

Dragoneando

Se puede decir de esta manera, por ejemplo:


Vamos, yo es que cojo el periódico y flipo. Es que todos los días viene la última parida del gili de turno para tocarnos las pelotas en los aeropuertos. Por nuestra seguridad dicen... ¡Que me descojono!

Y mira que yo soy educado con toda esa panda burros, ¿eh? Que a mi me dicen lo de quitarse el cinturón y me lo quito, que el colgate a una bolsita y a la bolsita que va, que el pintalabios de la parienta con el colgate y con el colgate que va, que me quite los zapatos y los zapatos que me quito. Y ni una mala cara, ni una mala contestación, que yo soy, antes de nada, un señor. Y eso que la chorrada esta no la hacen más que en Europa, que lo se de buena tinta, que ya te dice eso mucho de para qué cojones sirve toda esta puta parafernalia.

Cuando estuve en Nueva York en Semana Santa –que nos compramos de todo, que hay que aprovechar cómo está el euro–, ni caso hicieron del colgate los yankis del aeropuerto. Y un primo mío, que es muy de irse a la aventura, kilos de colgate podía meter en el sitio ese de donde salen las pateras. ¿Cómo se llama? ¿Cereal? ¡ah, no, eso: Senegal, Senegal! Y En China y Japón ni te cuento. Pero claro, en esos países sí que hay respeto, no como aquí.

Y todo esto por los cabrones de los ingleses, que son los que inventan todas estas mamonadas entre sorbo de té y bocado a las pastas. Cualquier día se lían a latigazos con uno de la que subes al avión. Y las de aduanas, disfrazadas de guardias de un campo de concentración. Al tiempo, ya verás...

Y todo esto es porque los ingleses follan poco y mal. Que vamos, eso lo sabe todo el mundo. Los franceses, que siempre han follado mucho y bien, no inventan estas hostias. Ni los inquisidores, que serían lo que quieras, pero antes que nada eran prácticos.

Es que de verdad, lo del avión es una tortura, coño. Si es que no se yo si no será violación de los derechos humanos toda esa mierda de los controles. A ver si se entera el Garzón este de los cojones y hace algo ya, que para otras cosas bien que se entera el cabrón. Que solo le falta la capa de superman. O la INTERPOL, que pa lo que hacen todo el puto día...

Si es que solo les falta arrancarnos la piel a tiras, coño, a ver si nos hemos cosido a la lorza un kalasnikov, o una batería antiaérea, no te jode. Capaces son. Al tiempo.

No se qué cojones he oído que es el último invento: no se qué de una onda que va por milímetros, o por microondas o algo así me suena, que no estoy seguro. Qué más dá: seguro que da urticaria la cabrona de la onda, o cáncer, vete a saber. O peór aún: ¡que no se te levante después! ¡Cualquier cosa te puedes esperar!

Impotente es como se siente uno frente a todo rollo, coño. A ver si nos dejan en paz de una puta vez, que encima no hacen más que dar la murga con eso del “si es por vuestro bien”. ¡Que nos dejen ya, coño! ¡Que nos dejen, que ya somos mayorcitos para conducir mamaos, hostia! ¡Asco de gente, coooooño! ¿Qué no tienen nada que hacer en su puta casa o qué? ¡Dejen ya de tocar los cojones, hombre! ¡Que ya somos ma–yor–ci–tos, entérense!

¡Que ya se yo que vivir es peligroso, hostia! ¡Que pa segura la “vida” de mi bisabuela, que hace ya cuarenta años que no le preocupa nada de este mundo más que las raíces de las flores que tiene encima!


O se puede decir de esta otra:

Desnudo integral


30/9/08

Nombrar a los muertos

El primer cuento de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, cuenta un hecho insólito: el día anterior a la caída de Madrid, el capitán Alegría, oficial del Glorioso Ejército Nacional, se rinde a las tropas republicanas que defienden la ciudad sitiada. Al día siguiente es detenido por soldados del ejercito sublevado en la celda donde ha sido abandonado por el ejercito que huye. En el acta del juicio a que es sometido por traición, consta la siguiente trascripción:

“Preguntado acerca de si son las gloriosas gestas del Ejercito Nacional la razón para traicionar a la Patria, responde: que no, que la verdadera razón es que no quisimos
entonces ganar la guerra al Frente Popular.”
“Preguntado que si no queríamos ganar la Gloriosa Cruzada, qué es lo que queríamos, el procesado responde: queríamos matarlos.”


Hace un par de años,
Carlos José Márquez, en Cómo se ha escrito la Guerra Civil Española, cuestionaba el mito de la represión en ambos bandos como un ejercicio de reciprocidad en la violencia. Más allá del número de víctimas de la represión en uno u otro lado, hay diferencias fundamentales en el origen, el ejercicio, el propósito y la duración de la violencia en ambos bandos. El argumento y los datos en los que se apoya son bastante elocuentes, pero solo el ejercicio literario puede llegar a iluminar como lo hace el libro de Alberto Méndez: “queríamos matarlos”.

A la hora de tratar de explicar la resistencia que algunos oponen a que setenta años después de la Guerra Civil, y treinta años después de la recuperación de la democracia, se exhumen los cuerpos de los cerca de ciento cuarenta mil asesinados que aún yacen en olivares, junto a tapias de cementerios, o en cunetas de este país, hay que tener en cuenta esto: para los sublevados la victoria en la guerra consistía en algo más que la derrota militar del enemigo: había que exterminarlo.


Se trataba de un extermino total, más allá de la extinción de la vida física; era necesaria la desaparición de cualquier vestigio pasado de esa misma vida. Por eso la negación de los cuerpos a las familias, por eso las fosas comunes. Todo formaba parte del mismo plan: la negación de un nombre en una lápida y el silencio obligado de las familias. De todos los crímenes del franquismo, este es el mayor de todos porque llega hasta nuestros días: la imposición del olvido, la negación del recuerdo. No bastaba con matarlos; había que olvidarlos. La muerte absoluta.

No es de extrañar, por tanto, que quienes en menor o mayor medida se sienten herederos –familiares o ideológicos– de los vencedores, sean incapaces de disimular –detrás de cínicos argumentos– la inmensa incomodidad que les supone aceptar cualquier medida que suponga un reconocimiento más o menos explícito de que sus antepasados, además de devotos cristianos, exaltados patriotas, y buenos españoles, eran unos resueltos criminales.

Los protagonistas del libro de Alberto Méndez hacen uso de la última libertad que tiene todo muerto en vida –y por última, más extrema–: elegir el momento y la forma de su muerte. Pero no es esto lo que proporciona la tensión narrativa al relato y hace de este algo verdaderamente emocionante: antes que cualquier otra cosa, el libro de Alberto Méndez está escrito para nombrar a los muertos.

La sanación de un país que esconde a sus muertos en fosas comunes pasa por la exhumación pública y colectiva de esos cuerpos. Muchos sostienen que es peligroso ir más allá de una exhumación familiar, íntima, o sea, a escondidas. Es su enésimo intento de ocultar el crimen. Un país puede convivir con sus crímenes, pero no olvidarlos. Exhumar esos ciento cuarenta mil cuerpos significa poner punto final a una forma de crimen que aún hoy perdura: el olvido. Es el momento de dejar de contar muertos y de nombramos al fin.

3/9/08

Paisajes del pensamiento

La historia de McRory–Smith me hizo pensar en George Orwell, que entre 1946 y 1948 pasó seis meses al año trabajando en Barnhill, una casa de piedra completamente aislada en las turberas rojizas de la isla escocesa de Jura.
[...]
Fue en esos años, sentado ante una gran mesa de madera llena de cicatrices, entre sus paseos y su trabajo en el huerto, cuando Orwell escribió su obra más visionaria: 1984. Es evidente que necesitaba encontrarse en un paisaje así para crear esa novela; existía una correspondencia entre aquella tierra indómita y la libertad de conciencia sobre la que escribía.


Alejandro Gándara -una especie de Vasili Zaitzev de la reseña literaria- dice, a propósito de Naturaleza virgen –publicado aquí por Alba Editorial–: “[Robert] Macfarlane está convencido de que la destrucción de la naturaleza ha ido pareja con una destrucción del pensamiento.”

Hablar de destrucción de pensamiento es mucho decir –el pensamiento es siempre una construcción fluida, maleable–; ahora bien, el libro de MacFarlane tiene, desde luego, un acierto no menor que es el de señalar la relación entre paisaje y pensamiento:

El pensamiento, como la memoria, habita tanto en los objetos externos como en las regiones internas del cerebro humano. Cuando las equivalencias físicas del pensamiento desaparecen, también el pensamiento o la posibilidad de pensar se pierde. Y cuando se destruyen los árboles y los bosques, bien sea por accidente o de manera deliberada, la imaginación y la memoria se marchan con ellos. W. H. Auden lo sabía muy bien: “Una cultura –escribió en 1953– no es mejor que sus bosques”.

Nuestros mitos fundacionales, los que subyacen en los estratos más profundos –o no tanto– de nuestra visión de las cosas, son hijos del bosque, del rayo, de la nieve, del frío, de la tormenta, de la tempestad, de la riada, de las praderas, del olivo, del toro, del cuervo, de la oscuridad, de nuestra visión horrorizada ante una naturaleza que nos ignora:

No es que el paisaje fuera hostil a mi presencia, pese a los rigores de la nieve y del frío que irradiaban las rocas; es que era completamente ajeno a ella. [...] El paisaje impedía toda atribución de significado.

Sin embargo, creo que Macfarlane se equivoca al hablar de una Naturaleza “virgen” –no es fácil establecer los límites de semejante cosa–. Hace un tiempo escribí, a propósito de un cuento de Pascal Quignard, lo siguiente:

La frontera es un relato que habla de la difícil frontera que define lo humano, una frontera simbolizada en el jardín creado por la mano del hombre y que se adentra en el campo sin que se pueda distinguir dónde acaba uno y dónde empieza el otro; un relato por el que desfilan dioses y mitos, heredero de una de las obras más grandes que nos ha dejado la Antigüedad: las Metamorfosis de Ovidio, “el libro universal que trata sobre esa antropomorfosis tan inestable y angustiosa que compone la escasa humanidad de lo humano [...] esas metamorfosis que nos hacen ver un nosotros mismos aún más verdadero que nosotros mismos en un toro o un lobo”. La animalidad simbolizada por la afición del señor de Jaume por enfrentarse al toro –el animal mítico– y la muerte del esposo causada por las fauces del jabalí. Los dos polos simbolizados por el espejo en el que se mira la joven Luisa: espejo por un lado y una pintura por el otro: Judith oronda cortándole el cuello a Holofernes dormido. Un relato que plantea el mismo enigma que la obra del sabio de la Antigüedad: ¿dónde comienza eso que llamamos lo humano?

Macfarlane, a pesar de su esfuerzo, no logra alejarse del todo del mundo que habita –de la civilización– para regresar a la Naturaleza virgen en busca del pensamiento que persigue: la simple posibilidad de salir de ese mundo que busca es, precisamente, lo que le impide entrar en él. Un territorio cuarteado por las carreteras, los bosques talados, las ciudades que niegan el horizonte, los prados que suavizan, las casas que protegen, todo esto que nos permite salir de la Naturaleza virgen, nos impide a su vez entrar en ella –al transformar el paisaje, cambia para siempre nuestra relación con él–. Fuimos expulsados del paraíso y ya nunca más podremos ser uno más entre los animales. Además, los centros comerciales, Internet, las videoconsolas, las carreteras, el coche, las ciudades, el avión, todo esto es ahora también paisaje y perspectiva. De alguna manera, nuestro pensamiento, hoy, es fruto también de nuestra propia fantasía –el paisaje que determina nuestro pensamiento es, él mismo, hijo de ese mismo pensamiento–.

Somos destrucción de paisaje tanto como creación de paisaje, pero no quiero dar lugar a equívocos: necesito eso que Macfarlane llama Naturaleza virgen. No concibo un mundo sin montañas, ni bosques, sin agua clara y piedras cubiertas de musgo. Hoy mis manos no distinguen entre la piel del gato y la del abedul: acarician ambas de la misma manera –una de las pocas cosas que he aprendido–. Esa Naturaleza por la que pasea Macfarlane es, para mí, algo irrenunciable –aunque yo también la vea en un árbol solitario en la acera de una ciudad–. Esto no tiene nada que ver con la nostalgia, ni con un amor abstracto. No, no es nada de eso. Macfarlane comete el error de pensar su viaje en términos cronológicos y espaciales –pasado y presente, espacios vírgenes y civilización– en lugar de narrativos –origen y destino, fantasía y mundo–. Eso de lo que habla el autor sin darse cuenta –se acerca mucho, pero pasa de largo, ¡qué lástima!– es de la relación entre la muerte y los ríos, los árboles y las piedras, de ese ir y venir por el que hoy somos tierra, después animal, después hombre, y al fin otra vez tierra. Por eso miramos asombrados a la montaña, porque sabemos que un día volveremos a ser montaña –o árbol, o animal–. Sin ellos la muerte sería insoportable. Es ese paisaje lo que nos permite comprender la muerte de una manera que ninguna de las creaciones de nuestra imaginacion puede hacer. Y los necesitamos, también, para comprender la civilización como un peligroso producto de nuestra fantasía; que nuestra civilización está en el mundo pero no es el mundo. Esto es lo que adivina el que mira la Naturaleza con atención. El autor está muy cerca de decirlo:

Viajar a sitios como Maes Howe o Sutton Hoo, o pasear entra las tumbas del Burren es una experiencia que ensalza el espíritu. Uno tiene la sensación de que estos lugares expresan creencias de las que se podría aprender algo importante; un sentido de la orientación o de la conexión con la naturaleza. La exaltación que producen guarda cierta relación con la inocencia que simbolizan, con su visión de la continuidad que existe entre la vida, la muerte y el lugar. Con eso y con el hecho de que tanta gente, a lo largo de tantas épocas, haya querido enterrar a sus difuntos en espacios abiertos.

25/8/08

Sin culpable no hay relato

Paloma Gómez Borrero, experta aeronáutica consorte –está casada con un piloto de Alitalia–, pregunta en un programa de televisión –y es una pregunta que es una exigencia– porqué no se han hecho públicas ya las grabaciones del “voice recorder” del malogrado vuelo JK5022 de Spanair. El “voice recorder”, según ella, consiste en un magnetofón que, mediante un micrófono en cabina, graba las conversaciones de la tripulación durante el vuelo. El presentador del programa le pregunta dos veces si ese dispositivo es una de las cajas negras y dos veces lo niega la periodista. El Cockpit Voice Recorder sí es una de las dos cajas negras del avión –la otra es el Flight Data Recorder–, pero podemos obviar la equivocación porque la explicación del dispositivo es, grosso modo, correcta. Ahora bien, no podemos pasar por alto que, de todas las cosas que podría exigir la periodista del Vaticano, elige la última pieza que falta para completar el macabro y dramático collage que los periodistas –sobre todo los audiovisuales– vienen componiendo desde el miércoles pasado. Lo de menos es la información. Lo de más el espectáculo: los investigadores niegan el último pedazo de carne que falta para dejar limpios los huesos de la desgracia. Los carroñeros protestan...

Más espectáculo: el gabinete de crisis. La obligación de las autoridades no es ponerse al frente de ningún gabinete de crisis formado para afrontar casos previsibles como este –esto no es un tsunami en Indonesia–, sino establecer por anticipado protocolos de actuación y crear y dotar de medios a las instituciones y organismos que han de ejecutar esos mismos protocolos. Con el gabinete solo tratan de hacer pasar por virtud lo que es improvisación: si se reúne un gabinete de crisis es porque no existían los protocolos e instituciones necesarios. Pero es aún peor de lo que parece: sí que existen: la comisión de investigación de accidentes e incidentes de aviación civil actúa desde el primer momento, los servicios sanitarios y de emergencia activan sus protocolos de actuación desarrollados para casos como este, las autoridades aeronáuticas europeas y norteamericanas, así como los fabricantes del avión y motor envían a sus representantes de inmediato. ¿A qué viene entonces el gabinete? ¿Cuál es su función? Puro teatro, trivialización de la política, falta total de sentido de la proporción. Ese tan tradicional como ridículo no os preocupéis que ya estoy yo aquí.

La investigación técnica de accidentes aéreos tiene un objetivo triple: determinar qué ocurrió –la secuencia de eventos–, porqué ocurrió –la causa última del siniestro–, y qué se pudo hacer para evitarlo. Este último punto es, sin duda, el más importante, porque se traduce en una serie de recomendaciones que tienen como fin evitar la repetición de accidentes similares. En el relato periodístico, ese qué se pudo hacer solo admite una respuesta en forma de negligencia o de culpable -se violaron las normas-, así que los periodistas orientan su narración en esa dirección. Hay, por supuesto, otra respuesta posible: el accidente revela algo que desconocíamos y que, por desgracia, aprendemos de la manera más trágica –como sucedió con el De Havilland Comet, primer reactor comercial, que sufrió varios accidentes debido al fenómeno de la fatiga de los metales, desconocido hasta entonces–. Sin embargo este último es un relato sin culpable, y esto viola las exigencias del relato periodístico, así que es descartado. Ni hablar de presentar una información que pueda apuntar en dos direcciones distintas. Ni hablar de que un accidente sea simplemente un accidente. Se elige la más dramática de las respuestas vigilando de reojo la cuota de pantalla, salivando por un pequeño incremento del beneficio empresarial. Esto, sobra decirlo, nada tiene que ver con el necesario, legítimo y muy saludable ejercicio de la crítica.

Algún día la comisión de investigación publicará el informe pertinente y así conoceremos todos los detalles de lo que ocurrió con el vuelo JK5022. Los periodistas no estarán allí, o si lo están su trabajo acabará en la página 32 en una entradilla mínima. Mientras tanto, lo que vamos sabiendo es cuales son las reglas que rigen hoy eso que algunos aún siguen llamando periodismo.

5/8/08

Anábasis

En el 401 a.C., y con la intención de derrocar a su hermano Artajerjes II, Ciro, el hijo del rey Dario II, reclutó un gran ejercito en el que se encontraba el mayor contingente de mercenarios griegos reunido hasta entonces. El ejercito griego estaba formado por unos catorce mil efectivos entre hoplitas –infantería pesada–, peltastas –infantería ligera–, arqueros y jinetes, y eran comandados por los estrategos Jenias de Parrasia, Próxeno de Beocia, Menón de Tesalia, Clearco de Esparta, Soféneto de Estínfalo, Sosias de Siracusa, Pasión de Mégara, Quirísofo de Esparta y Sócrates de Acaya. En un primer momento, Ciro ocultó a los estrategos el verdadero motivo de la expedición, pero pronto todos, tanto ellos como los soldados, se dieron cuenta del engaño y renegociaron las condiciones del contrato. Poco importan estos detalles, el hecho es que en el momento decisivo de la batalla, un Ciro enloquecido se lanza a la carga contra su hermano Artajerjes y cae muerto a manos de su guardia personal. Así los griegos, habiendo vencido en su sector, y en el preciso momento en que bastaría con alargar la mano para tomar las riquezas que Ciro les había prometido, se ven de repente abandonados a su suerte en el corazón mismo del territorio enemigo. Están frente a uno de los ejércitos más poderosos de la Antigüedad, no tienen nada con qué negociar, y se interponen en su camino de regreso cordilleras altísimas, ríos infranqueables, pueblos hostiles, el invierno. Tampoco tienen víveres ni guías para atravesar un territorio desconocido. Años después de la expedición, Jenofonte, el condiscípulo de Platón que lideró la retirada –junto a Quirísofo–, relató esta expedición bajo el título de Anábasis. La Anábasis es, sobre todo, el relato de la dramática retirada de aquellos hombres hasta llegar a la frontera entre Asia y Europa.

La palabra griega anábasis significa “subida”, “ascensión”, pero también significaba la “marcha al interior” en referencia al trayecto desde el litoral hasta las tierras altas del interior de un país; en particular, el camino que conducía desde las ciudades griegas de la franja costera de Asia Menor hasta el corazón del Imperio Persa. (1)

Como a los griegos de Jenofonte, a veces nos sucede que, persiguiendo una promesa, acabamos en el peor de los lugares: el futuro se hace añicos y nos vemos sin fortuna, desconcertados en medio de un territorio desconocido y hostil, desorientados, sin saber qué rumbo tomar, qué hacer, sin guía para encontrar una salida. Empieza entonces otra anábasis, una “ascensión”, una “marcha al interior” en sentido figurado: ¿qué hacer? ¿mirar hacia atrás para intentar averiguar qué ocurrió?, ¿o hacia delante y buscar una salida? Al final, uno acaba por hacer las dos cosas a la vez, así que las dos opciones acaban por estorbarse como las personas que en una puerta se mueven como la imagen reflejada en el espejo: uno decide moverse y el pasado se refleja en lo que uno hace; decide revisar el pasado y el futuro –que es presente– cuestiona cada conclusión a la que se llega.

A pesar del carácter odiseico de la narración de Jenofonte –en tanto que regreso plagado de obstáculos–, su final remite al mito de Sísifo antes que al de la obra homérica: a las puertas de Grecia, después de un año de penosa retirada, Jenofonte entrega sus hombres al general espartano Tribón, que los contrata para una nueva guerra. Los mercenarios no verán Grecia; seguirán en Persia para luchar de nuevo, ahora contra el sátrapa Tisafernes. Como le sucede a Sísifo, para los griegos la piedra rueda de nuevo ladera abajo...

(1): Anábasis, Alianza editorial, 2006. Introducción de Oscar Martínez García.

4/8/08

A la sabiduría no se llega en autobús

En el diccionario de la Real Academia de la Lengua podemos encontrar los siguientes significados de la palabra cultura:

2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

Creo saber qué es un juicio crítico, pero sería incapaz de enumerar los conocimientos que permiten desarrollarlo. Tampoco sería capaz de establecer el conjunto de costumbres compartidas que constituyen el mínimo común denominador que define la cultura de un grupo. Así que, por lo que a mí respecta, el significado de la palabra cultura sigue siendo un misterio. No importa, sabemos lo importante: su sujeto. Hay una cultura del individuo y una cultura del grupo y las dos son enemigas a muerte: una libera y la otra ata.

La cultura del grupo: ¿qué ofrece el rebaño a cambio de la pertenencia? Algo más que un abrazo, algo más que protección, algo más que una porción en el reparto del pastel. Lo definitivo, lo definitorio, es esto: pertenecer es ser –de ninguna manera pensar para ser–.

Nada más fácil: entregarse para ser, dejar de ser para ser. Esta es la identificación que sostiene a la Iglesia, a la Nación, a la hinchada futbolística, a la cocina tradicional, a la empresa incluso. Todo lo demás, lo de fuera, pasa a ser “la” amenaza –o la competencia–. Por eso, cuando el solitario se aleja tan solo la distancia de un –primer– paso, no es por él por quien temen los otros, sino por ellos: ese que se aleja es ahora parte de la amenaza, es mi negación, la negación de mi verdad: si el otro es, yo no puedo ser. Por eso hay que impedir que el otro se aleje.

La fuerza del rebaño no es, como pudiera parecer, la fuerza de las costumbres, sino la imposición de las costumbres por la fuerza. Sin la tradición, todo se desmorona. Al igual que sucede con la Mafia, el rebaño primero advierte y luego castiga. Por eso le dicen al solitario: “ten cuidado, respeta la tradición y no peques, es por tu bien”. Por supuesto, será el propio rebaño el que se encargue de hacer realidad la advertencia...

2/7/08

La ira y la tormenta

Memoria

Uno de nuestros ancestros –ella, él, ambos–, reconoce, porque recuerda, que el sol vuelve con fuerza cada muchas lunas como lo hacen las lluvias, como lo hace el frío, como lo hacen las hojas verdes en los árboles y los pájaros en el cielo. Reconoce, también, que a muchos días de sol fuerte les sigue siempre la tormenta.

Imaginación

Ese humano, que vive hace diez, veinte, cuarenta mil años, establece relaciones entre cosas distintas: es capaz de pensar por ejemplo, que un dedo puede ser una manzana, y dos dedos dos manzanas –incluso si la manzana es solo un recuerdo en su memoria–. Más difícil aún: esa imaginación que relaciona cosas en apariencia independientes, le permite establecer relaciones entre cosas y sonidos: los que salen de su garganta. Un sonido puede ser “manzana” y otro distinto “día”. Pronto aprende a modular su garganta para producir muchos sonidos distintos. Aprende, también, a combinarlos para crear sonidos nuevos.

Sentido

Ese ancestro primitivo, dotado de memoria e imaginación, está poseído por la necesidad de dar sentido. No le basta con registrar en su memoria secuencias de frío, lluvia, calor, hojas verdes en los árboles y pájaros en el cielo, y con reconocer patrones de repetición en esas secuencias. Necesita, además, dar un sentido a todo ello.

Nombrar

Ese ancestro primitivo ha puesto nombre a los árboles, al agua, a los animales, a las piedras, a los tiempos fríos, a los tiempos calientes, al sol y a la luna, al día y la noche, y ha puesto nombre incluso a eso que siente cuando otro miembro de la tribu se atreve a invadir su territorio o a acercarse a sus cachorros: lo ha llamado ira.

Lenguaje

Un día piensa que si sus dedos pueden ser manzanas, y su garganta puede decir "sol", su ira puede ser la tormenta. Y así, hace diez, veinte o cuarenta mil años, une por primera vez las palabras tormenta, ira y sol y dice: “la tormenta es la ira del sol”. Pero nada más decirlo, comprende que aunque comparte la ira con el sol, el sol es distinto a él o ella. Como ella, o él, el sol siente ira, pero el sol es otra cosa. De esta manera, igual que antes nombró al árbol, al agua, a los animales, a las piedras, a los tiempos fríos, a los tiempos calientes, al sol y a la luna, al día y la noche, nombra a ese sol que siente ira. Y el hombre creó a Dios.

Poesía

Miles de años después, uno de sus descendientes, impulsado por la misma fuerza misteriosa de sus antepasados, invertirá las palabras y dirá: “mi ira es tormenta”. Y el hombre creó la poesía.

Literaturas

Durante miles de años, alrededor de un fuego nocturno, los viejos entregarán sus elaboradas narraciones a jóvenes ansiosos por transformar esas narraciones según su imaginación y entendimiento, deseosos de crear narraciones nuevas, narraciones suyas, jóvenes que un día llegan a viejos y se sientan alrededor de un fuego para entregar sus elaboradas narraciones a jóvenes ansiosos por transformar esas narraciones según su imaginación y entendimiento, deseosos de crear narraciones nuevas, narraciones suyas.


Este texto existe a partir de Sílabas de fuego, de Menchu Gutiérrez

24/6/08

Voyeurismo blogero

¿Cuántos blogs hay? Yo apenas leo cuatro o cinco a diario y algún otro de manera esporádica. Por lo tanto, ¿para qué este blog y para quién este blog?

Servidor es de los que piensa con los dedos, así que esto vale por respuesta al para qué. Y como este para qué es casi un para uno, casi queda respondido el para quién. Sin embargo, un blog no se guarda en un cajón, así que hay que explicar qué pinta el lector en todo esto –sobre todo si decimos que no es la respuesta al para quién–.

En la escritura no hay dialéctica posible. Por supuesto que se establecen conversaciones entre, digamos, las obras de dos autores. Sin embargo se trata de un falso diálogo: un diálogo así es la confrontación de dos monólogos. Apurando el razonamiento, los blogs son, de alguna manera, una impostura: pretenden hacer creer al lector que participa, pero se trata de una participación a posteriori, o sea, de una participación que no lo es.

Uno escribe en público precisamente para silenciar al lector, para que el lector no pueda modificar lo que se dice –como sí ocurre en un diálogo hablado–. En realidad, un blog es un agujero en la pared, un ejercicio de voyeurismo desesperado: a su través, el autor accede a esas anotaciones que, si el blog fuese un libro, el lector escribiría para sí en los márgenes, y de las que el que escribe nunca tendría noticia. Así que en el blog los otros son, de alguna manera, objetos antes que actores; testigos antes que destinatarios.

Al hacer público lo escrito uno no pretende “enseñar” –una pretensión por lo demás absurda–, sino, por un lado averiguar hasta qué punto los otros leen lo que uno ha escrito –en un sentido de semejanza: ¿hasta donde lo que uno escribe es lo que otros leen?–, y por otro, hasta qué punto uno mismo ha comprendido –¿qué ven los otros que uno no ha visto?–. Cuando el bloguero responde a un comentario, ya no es el bloguero, sino un lector más. Los diálogos en el blog suceden al margen y al servicio del blog: al hacer público su texto, el bloguero solo pretende hacer avanzar su escritura.

¿Se trata de un ejercicio de exhibicionismo, de narcisismo? Creo que si hay algo en esto es impotencia: la que se siente cuando uno habla y percibe que no hay manera de llegar al otro lado, que las palabras son siempre las de uno y que son siempre para uno. La escritura no es otra cosa que el ensimismamiento que sigue a esta sensación de aislamiento, a esa dificultad insalvable. Se escribe a la desesperada, perseguido por la sospecha de que no hay forma de hacer ver que no pase antes por un exhaustivo ejercicio de comprensión en solitario. Más aún, se escribe a la desesperada perseguido por la sospecha de que ese alguien a quien hay que hacer ver es uno mismo y nadie más.

1/6/08

El atleta imposible –o de cómo conseguir una buena marca sin entrenar–.

No me engaño: hay pobres malos y ricos buenos. Ahora bien, lo que esto viene a demostrar es, precisamente, la maldad del sistema de clases: no sirve para seleccionar a los mejores, sino para mantener los privilegios –con las oportunas excepciones, que lejos de desmentir la norma, la confirman–.

Por supuesto, hablar de selección es hablar de educación –el más poderoso de los instrumentos de transformación o de perpetuación social, según el caso–. Desde la derecha se nos ha venido diciendo que la selección en la educación ha de estar basada en el mérito, en el esfuerzo, que hay que seleccionar y separar a quienes se esfuerzan de los que no, para no lastrar el desarrollo de los primeros. Difícil de rebatir, ¿o no? Pues no tanto. El que compra este argumento se lleva, sin saberlo, un dos por uno: con la idea de la selección por mérito se lleva también la de que el esfuerzo precede a la educación –que en atletismo sería como decir que la marca precede al entrenamiento–. Por supuesto, esto es falso: la educación es el entrenamiento y el esfuerzo es la marca, el resultado. Así, lo que el ingenuo ciudadano acaba de comprar es exactamente lo contrario de lo que creía: un sistema educativo que premia... ¡los privilegios!

¿Cómo, cuándo y dónde aprende uno el valor del esfuerzo? Se habla de él como si no tuviese nada que ver con el entorno más inmediato, o sea, con la familia, o sea, con la clase. Como si vivir en un entorno estimulante fuese lo mismo que vivir en uno que no lo es. Como si el niño de la Cañada pudiese adivinar las vidas que no tiene y que necesita conocer para tener la oportunidad de cambiar la suya. Precisamente por todo esto es por lo que la derecha habla de la libertad de los padres para elegir la educación de los hijos –porque los privilegios, o su ausencia, se perpetúan por línea familiar–. Y de ahí los itinerarios: segregación, no contaminación de unas capas con otras, en definitiva, autopista de pago para unos y carretera nacional para el resto. Así, el hijo del barrendero difícilmente será notario y el hijo del notario difícilmente será barrendero. Cada uno donde le toca. Por eso hay que empezar a hablar de la libertad del niño frente a la libertad de los padres.

En La Escuela Moderna, escrita a principios del siglo XX, dice su autor, Ferrer i Guardia
–hoy en día existe una fundación con su nombre–, lo siguiente:

"No tememos que decirlo: queremos hombres capaces de evolucionar incesantemente; capaces de destruir, de renovar constantemente los medios y de renovarse ellos mismos; hombres cuya independencia intelectual sea la fuerza suprema, que no se sujeten jamás a nada; dispuestos siempre a aceptar lo mejor, dichosos por el triunfo de las ideas nuevas y que aspiren a vivir vidas múltiples en una sola vida. La sociedad teme tales hombres: no puede, pues, esperarse que quiera jamás una educación capaz de producirlos." (1)

Se me atragantan las historias de salvación. De qué manera me encabrona la historia de ese chico pobre, delincuente, que “rehace” su vida a los treinta años. Esa historia no es la historia de su salvación; es la historia de nuestro fracaso. El niño no tiene porqué esperar a ser un adulto para saber que le hemos hurtado sus vidas posibles. Debimos darle su oportunidad desde el principio. Es, desde luego, una cuestión de justicia, pero también de cordura: no estamos como para desperdiciar el talento –pero esto no lo comprenderemos hasta que no pensamos en términos de comunidad–.

El presupuesto de la educación pública apenas alcanza a cubrir el gasto corriente: nóminas, facturas, infraestructuras... Por otro lado, los padres delegan mayoritariamente la educación de sus hijos en ese mismo sistema impotente –esperando un milagro que no va a suceder sin su participación–. Entonces, ¿qué hacer? Los padres tienen que participar, y esto significa horas libres en el trabajo para interesarse e intervenir en lo que sucede en los colegios –y hace falta, además, que tengan voluntad de hacerlo–. ¿Y la autoridad de los profesores? No la dará ninguna ley; la darán los padres y los resultados. Pero por encima de cualquier otra cosa, mejorar el sistema educativo público pasa por poner dinero sobre cada pupitre.

Como siempre, habrá que empezar por cambiar el lenguaje para cambiar las cosas. Quizás sea el momento de hablar de repartir en lugar de seleccionar. De nuevo Belén Gopegui:

“Había cogido un libro de Miguel Hernández, de mi madre. [...] Estaba leyendo cuando, junto a dos versos, encontré dos cruces, dos equis de multiplicar pintadas con lápiz, diminutas, la forma de subrayar los libros que siempre usaba mi madre. Los versos: “Vine con un dolor de cuchillada, / me esperaba un cuchillo a mi venida”

[...]


Mi madre ha imaginado un lugar en donde el infortunio no sea una ración oscura y trágica para unos cuantos seres. Será una parte de la vida que pueda compartirse, tanto como la fortuna. Y habrá instituciones, conductas, lugares. Aunque el dolor vaya a doler en unos cuerpos sobre todo. Cuando los trabajos más cansados y más duros estén bien repartidos y justamente remunerados por ser la comunidad quién los reparta y no ser una cuestión de haber llegado el último o sin herencia, entonces algo parecido ocurrirá con el dolor, no existirá la frase “te ha tocado” sino una comunidad compartiendo el dolor que haya venido a posarse en esa familia, en esta calle, allí.”


(1) Cita gentileza de Balsera.