21/10/12

¿Oriental?

¿Oriental?

Sí. Hay un libro muy bueno, de Jean-François Revel, en el que explica que, viviendo en una casa muy moderna por la que desfilaban las más importantes eminencias y personalidades culturales, le sorprendió ver que era compatible ser sabio con ser un ladrón o un hijo de puta. Entonces descubrió que le gustaba el budismo porque allí la sabiduría consiste en vivir de una determinada manera y no en decir unas determinadas cosas. De hecho, los sabios de la Antigua Grecia no pretendían solamente tener luminosas ideas, sino vivir de una manera adecuada a esas ideas. Y a esos efectos soy bastante clásico. Si la vida de una persona es un clamoroso disparate yo no le creo y si resulta que es un gran creador, me siento muy prejuzgado hacia él. Un tiene que ser honesto en la vida, no en su discurso. El otro día me decía Mario Vargas Llosa hablando de la ficción "Fíjate, leo Madame Bovary y aún soy capaz de llorar" y claro, me quedé con ganas de preguntarle "¿Pero a que si le pasa a tu vecina no lloras?". Y es ahí donde habría que llorar. En ese sentido tengo muchos problemas para separar a la gente que conozco de su obra.


Iñaki Gabilondo en Jot Down:

http://www.jotdown.es/2011/09/inaki-gabilondo-la-democracia-es-una-herramienta-capital-pero-esta-ronosa/ 

7/10/12

La llamada

Un colectivo político gana las elecciones con una mayoría amplia. Su programa político está articulado alrededor de una idea fundamental: la política ha de contribuir al sostenimiento de la vida. A partir de este principio fundamental, y razonando acerca de cuestiones como el impacto de la velocidad y los recorridos de grandes distancias en el sostenimiento de la vida, ese colectivo incluyó en su programa electoral propuestas sobre movilidad en distintos ámbitos con la intención de transformar la economía hacia actividades de corta distancia y baja velocidad. Políticas de vivienda tendentes a acercar puesto de trabajo y residencia, políticas fiscales sobre el uso del vehículo basadas en kilometraje recorrido, políticas agrícolas para un suministro de ciclo corto en los alimentos, y un largo etcétera. Y, por supuesto, paralización de infraestructuras como autovías y trenes de alta velocidad.

Suspendamos temporalmente la opinión que tenemos sobre un programa político como este, bien sea esa opinión sobre el contenido, o sobre su factibilidad (precisamente lo que interesa aquí es cómo se forma esa opinión, antes que su contenido), y planteemos otra pregunta: ¿cómo reaccionaría el poder económico frente a un programa como este?, ¿cómo se anticipa a amenazas como esta?

Siguiendo con nuestro ejercicio de política ficción, ¿podemos imaginar una llamada del representante de la patronal de las constructoras que discurra en los términos siguientes al día siguiente de la victoria electoral?

“Señor Presidente, reciba en primer lugar mi más sincera felicitación por su reciente victoria electoral, así como la del resto de los miembros de esta patronal. Tras revisar detenidamente sus propuestas electorales, nos gustaría comentar con usted algunos aspectos que nos han causado cierta preocupación. Nos gustaría asegurarnos de que, llegado el momento de poner en marcha su programa electoral, ustedes tienen toda la información necesaria para tomar las mejores decisiones. Quizás haya aspectos de la política de infraestructuras que personas no familiarizadas puedan pasar por alto. Sepa, por ejemplo, que cada año las empresas de las que forma parte esta patronal facturan alrededor de unos tres mil millones de euros, dinero que permite a medio millón de familias pagar sus hipotecas, disfrutar de unas merecidas vacaciones, pagar el colegio de sus hijos, y las facturas. No le voy a negar que nos preocupa el impacto que pueda tener su programa en nuestra cuenta de resultados, pero como comprenderá, el grupo al que represento podría vivir durante muchas generaciones aunque cesasen mañana todas sus actividades económicas. En definitiva, nos gustaría hablar de estos y otros asuntos antes de que tome ninguna decisión precipitada que pueda tener unas consecuencias indeseables por todos, difíciles de corregir llegado el caso. Quedamos a su entera disposición para reunirnos con ustedes cuando lo estimen oportuno, si bien creemos que esta reunión debería producirse más pronto que tarde.”

Cuando pensamos en la relación entre el poder político y el económico, solemos pensar en términos de soborno. Es otra de las muchas conclusiones a las que el mensaje de los medios nos induce a pensar, porque en los medios de comunicación veremos al político corrupto que aceptó un sobre, pero nunca, jamás tendremos noticia de una llamada como esta. Pero existen (y hablamos de cifras decenas de miles de veces superiores a las de cualquier soborno, pero son cifras invisibles).

A la vista de lo anterior, creo que chantaje es una palabra más precisa que soborno para describir la relación entre política y poder económico. Las reglas de juego del sistema funcionan como un chantaje: si uno las sigue, el poder gana; si uno las cuestiona, el coste sería tan grande, que ninguna formación política podría permitírselo.

Nuestra mente es una poderosa máquina narrativa: no solo comprende muy bien las narraciones, sino que es capaz de construir narraciones para explicar lo que sucede. Pero esa característica de la mente es algo más que una habilidad: es a la vez un impulso y una limitación. Al explicar las cosas, necesitamos narraciones limitadas, coherentes, con un principio y un fin, una cronología, unos protagonistas, unas escenas. Pero la realidad es mucho más compleja de lo que podemos narrar. Por eso, entre otras cosas, el futuro de la Humanidad y nuestras fantasías sobre ese futuro están cada vez más alejadas.

La forma en la que el poder se ejerce es infinitamente más sutil de lo que la mayoría de nosotros estamos preparados para comprender. La idea de una conspiración de los poderosos se ajusta bien a nuestras preferencias por las narraciones, pero dista mucho de ser cierta. Ahora bien, que no exista una conspiración, no disminuye un ápice la capacidad de las élites económicas de dar forma a una realidad cada vez más estrecha para los de abajo y para la naturaleza, y más ancha para los de arriba, por mucho que una estructura así no pueda sostenerse durante mucho tiempo.

Una de las varas de medir las narraciones es eso que llamamos comúnmente “sentido común”. El sentido común es un artefacto cultural, tan variable como las culturas que le dan forma. Tiene menos que ver con lo que es verdad, que con lo que un grupo de gente considera verdadero en un momento de la historia. El sentido común es otro de los instrumentos que el poder trata de moldear a su servicio; al fin y al cabo, es el lugar desde el que la gente juzgará si tienen sentido o no programas electorales como el de nuestro colectivo político, o argumentos que cuestionan las creencias imperantes (cuando un argumento entra en conflicto con nuestras creencias, siempre tomaremos partido por nuestras creencias, por eso no existe poder que no intente inculcar un sistema de creencias que favorezca sus intereses).

El ejercicio explícito del poder es fácil de comprender, porque es fácil de narrar: es fácil comprender una escena de una persona amenazando a otra con un arma, o la escena de un servidor público aceptando un soborno, pero la construcción del sentido común es un asunto que no admite una narración simple, pero eso no lo hace menos importante. Todo lo contrario. El verdadero poder es un poder sutil, invisible, un poder que se ejerce con nuestra colaboración cuando admitimos como cierto todo aquello que el sentido común nos señala como posible.

El sentido común nos dice que el progreso es bueno, y nos dice que consiste en pasar de la carretera a la autovía, del tren convencional al de alta velocidad, de un coche de hace diez años a un coche nuevo… y lo dice porque desde siempre hemos visto en la televisión, o leído en los libros de texto cosas como que la energía nuclear ha supuesto un enorme avance para la humanidad. Cada vez más, el sentido común se sostiene sobre un conjunto de creencias antes que sobre un conjunto de observaciones. Nuestro sentido común, nuestras creencias se sostienen sobre la autoridad que el poder, empezando por nuestros mayores, otorgan al aprendizaje que proporcionan los libros de texto o los medios de comunicación. Nadie nos dijo nunca que lo que hay en esos libros es algo de lo que debiésemos sospechar. Como el chantaje, el sentido común es otro de los puntos de apoyo sobre el que el poder se ejerce (y no es un punto de apoyo menor).

Así que llegados aquí, conviene observar que la llamada imaginaria se hace desde el interés, y no desde el sentido común, por mucho que las razones expuestas pretendan hacerse pasar por razones sensatas. No existe una sola mentira que no trate de ampararse en razones que apelan al sentido común.

29/9/12

Peligrosas debilidades del pensamiento

La expresión “colapso civilizatorio” ha dejado de ser una idea para escritores de guiones de ciencia ficción para pasar a ser una forma razonable de describir el futuro a medio plazo de la humanidad. Entonces, ¿cómo es posible que sigamos viviendo de espaldas a esa idea? Para comprender nuestra actitud, una referencia enormemente útil es Pensar rápido, pensar despacio, de Daniel Kahneman. Una muestra de sus conclusiones: 

Las condiciones bajo las cuales eventos raros son ignorados o magnificados se entienden ahora mejor que cuando se ha formulado la teoría de las perspectivas. La probabilidad de un evento raro será sobrestimada (a menudo, no siempre) debido al sesgo confirmatorio de la memoria. Si pensamos en ese evento, intentaremos hacerlo verdadero en nuestra mente. Un evento raro será magnificado si atrae especialmente la atención. La atención separada queda efectivamente garantizada cuando se describen las perspectivas de modo explícito (“99 por ciento de probabilidades de ganar 1.000 dólares y 1 por ciento de probabilidades de no ganar nada”). La preocupación excesiva, las imágenes vívidas, las representaciones concretas y los recordatorios explícitos contribuyen a la magnificación. Y cuando no hay tal magnificación, habrá olvido. Cuando considera probabilidades raras, nuestra mente no está diseñada para ver las cosas correctamente. Estas son malas noticias para los habitantes de un planeta en el que podrían producirse eventos raros a los que ninguno de ellos ha asistido.

Pensar rápido, pensar despacio.
Daniel Kahneman.

22/9/12

El geógrafo

La propia naturaleza del hombre ha sido mantenida y formada constantemente por las complejas actividades, autotransformaciones e intercambios que se producen en todos los organismos; ni su naturaleza ni su cultura podemos abstraerlas de la gran diversidad de hábitats que los seres humanos han explorado, con sus diferentes formaciones geológicas, sus diversas capas de vegetación y sus distintas agrupaciones de animales (aves, peces, insectos, bacterias), todos en medio de condiciones climáticas constantemente cambiantes. La vida del hombre sería muy diferente si los mamíferos y las plantas no hubiesen evolucionado a la par, si no hubiesen tomado posesión de la superficie de la tierra los árboles y las hierbas, si no hubiesen cautivado su imaginación y despertado su mente esas bellas nubes que surcan el cielo, las vivas puestas de sol, las montañas imponentes, los océanos infinitos y el cielo estrellado. Ni los cohetes espaciales ni las cápsulas que rondan ahora la luna tienen la menor semejanza con el entorno en que el hombre pensó y prosperó durante siglos y siglos. ¿Acaso habría soñado alguna vez el hombre en volar en un mundo desprovisto de criaturas voladoras?

Mucho antes de que hubiese llegado a existir riqueza cultural alguna, la naturaleza había provisto al hombre con su propio modelo original de creatividad inagotable, con lo cual el azar dio paso a la organización y esta incorporó gradualmente finalidades y significaciones. Tal creatividad es su propia razón de existir y su auténtico premio. Ensanchar la esfera de la creatividad significativa y prolongar su periodo de desarrollo es la única respuesta del hombre a su propia muerte.

Lamentablemente, estas ideas son ajenas nuestra cultura actual, dominada por las máquinas. Un geógrafo contemporáneo que vivió imaginariamente en un asteroide artificial nos ha presentado las siguientes observaciones: “No hay méritos inherentes en un árbol, una brizna de hierba, un arroyo rumoroso o los hermosos contornos de un paisaje; si dentro de un millón de años nuestros descendientes habitasen un planeta de rocas, aire, océanos y naves espaciales, aún seguiría siendo un mundo natural”. No puede haber declaración más absurda que esta a la luz de la Historia Natural. El mérito de todos los componentes naturales originales que este geógrafo descarta tan caballerosamente es en rigor que, en su totalidad inmensamente variada, han ayudado a crear al hombre.

Como Lawrence Henderson tan brillantemente demostró en The Fitness of the Environment, hasta las propiedades físicas del aire, el agua y los compuestos de carbono fueron propicios para la aparición de la vida: si esta hubiese comenzado en ese planeta pelado y estéril que el citado geógrafo prevé como posible futuro, al hombre le habrían faltado los recursos necesarios para su propio desenvolvimiento. Y si nuestros descendientes redujeran este planeta a un estado tan desnaturalizado como ya están haciendo las excavadoras, los pesticidas y defoliantes y las bombas atómicas, entonces el hombre mismo quedará igualmente desnaturalizado, es decir, deshumanizado.

El mito de la máquina
Lewis Mumford 

21/8/12

Vuelve ETA

Ya se va notando en la cocina de TVE el aroma al menú que el comisario político Somoano venía cocinando en Telemadrid, con ETA como plato estrella. No importa que la ETA que le toca cocinar a Somoano huela a muerto, porque el congelador televisivo está repleto de documentales que, si bien ya saben algo rancio, sirven para seguir ofreciendo el exitoso menú, con txalaparta de acompañamiento musical de fondo.

No me voy a extender sobre la insistencia con que los análisis de sangre de la derecha muestran un notable y endémico déficit democrático. Lo que me interesa señalar es cómo la predilección de la derecha por ETA y sus víctimas, lejos de probar su compromiso con la libertad y la democracia, prueba exactamente lo contrario.

No es el Mal al que nos enfrentamos lo que determina nuestra talla moral; es la elección de ese Mal lo que nos califica. O sea, no es la posición de la derecha frente a ETA lo que demuestra su compromiso democrático; es el hecho de que esa elección oculte otra lo que demuestra su bajeza moral. Exhibir su compromiso democrático frente a ETA permite a la derecha no abordar su falta de compromiso a la hora de condenar el franquismo (en términos de democracia, un Mal incomparablemente mayor). Cuanto más alardea la derecha de defensa de las víctimas de ETA, más patente es su desprecio por las otras víctimas.

La derecha española ha sido históricamente reacia a condenar el régimen franquista y sus crímenes durante y después de la Guerra Civil. Su sospechosa postura sería algo así como un “no hace falta condenarlo, ya pasó”. No es de extrañar esta postura, dada la continuidad ideológica, familiar, e incluso afectiva. Una gran mayoría de la derecha sigue viendo en el franquismo aquel régimen autoritario pero benigno y paternal encarnado en las narraciones de la propaganda del NODO. La derecha siempre ha sido muy comprensiva con aquel régimen fascista (o usando el lenguaje moral católico de moda, ha mostrado un notable relativismo moral al respecto).

Se trata de un conflicto difícil de resolver: no se puede confesar lo que realmente se piensa sobre el pasado reciente de España, pero al mismo tiempo uno se ve a sí mismo con la misma estatura moral que cualquier otro, y se siente herido por no ser reconocido como tal. Y es aquí donde comisarios políticos como Somoano han sido capaces de proporcionar a las huestes de la derecha una fuente de legitimidad y talla moral capaz de resolver semejante conflicto (una falsa resolución, claro está).

Como la resolución del conflicto en términos de autocrítica y de ruptura con el franquismo y lo que este supuso, es un imposible, los ideólogos de la derecha han convertido a ETA en la encarnación de lo que el franquismo supuso para el resto de ciudadanos, empezando por adjetivarla con el término “fascista”. Fue Aznar el artífice de la ruptura sin ruptura de la derecha con el franquismo. Aznar y su gente sabían bien que una batalla está casi siempre perdida si la plantea el adversario, y casi siempre ganada si la plantea uno. Así, sabedores de que la batalla por la legitimidad democrática alrededor del franquismo estaba perdida, tuvieron la habilidad de plantear esa batalla alrededor de ETA. Como estrategas hay que reconocer su mérito. Como personas, hay que señalar su maldad.

Así, ETA funciona para la derecha como el régimen franquista funciona para la izquierda: un Mal que nos permite demostrar la talla moral; el anclaje en el que apuntalar la legitimidad democrática. Solo que aquí esa demostración tiene un reverso que es más importante que el anverso: la posición frente a ETA hace aún más patente el silencio de la derecha frente a los crímenes del franquismo. Lo que no condenamos evidencia nuestra talla moral tanto más como lo que condenamos. Los combates que rehuimos dicen de nosotros tanto como los que afrontamos.

6/8/12

Piramide invertida de la opresión

La pirámide invertida de la opresión muestra cómo funciona el sistema frente a los problemas que causa. VicenteManzano-Arrondo la describe de la siguiente manera:

Nada ocurre [invisibilización]. Si ocurriera, no es una injusticia [interpretación] porque la causa no es humana (naturalización), la consecuencia no recae sobre humanos (cosificación), realmente es justo (inversión), lo relevante es otra cosa (perspectivación) o se trata de una observación falsa (deslegitimación). Si se interpretara como injusticia, no es achacable al sistema [canalización] pues es el mismo grupo humano el que se genera el daño (victimización), proviene de fuera del sistema (agente externo), mientras que el sistema cuenta ya con vías para superar la  injusticia (tokenismo). Si la injusticia se identificara como causa del funcionamiento del sistema, es mejor no hacer nada [inmovilización] ya que se están tomando las medidas oportunas (solución en marcha), el líder pide confianza (acto de fe), la solución es cosa de especialistas (especialización),  es iluso actuar (fatalismo), el problema se resuelve en la ficción (catarsis virtual), el asunto es demasiado difuso como para abordarlo (difuminación), sería peor el remedio que la enfermedad (solución indeseable), es un problema ajeno o lejano (distanciamiento), o constituye una excepción de un funcionamiento impecable (anecdotización). Si las personas sienten la necesidad inevitable de hacer algo, se suministran los instrumentos pertinentes que no atentan contra el orden [domesticación] alentando las acciones individuales aisladas (trascendencia individual), definiendo con precisión las acciones grupales permisibles (acotación de la acción colectiva) o guiando la acción mediante el pensamiento y este mediante el lenguaje (imposición de lenguaje). Si ello finalmente tampoco funcionara, se procede a parar directamente el movimiento [represión]

A servidor se le ocurre el siguiente ejemplo:

Invisibilización: “España va bien”.
Interpretación: “Si la gente compra tantos pisos, es porque tiene dinero”.
Canalización: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”.
Inmovilización: “No tenemos libertad para elegir”. “Estamos haciendo los deberes”. “Hay que hacer sacrificios hoy para salir de la crisis mañana”. Gobiernos de tecnócratas.
Domesticación: “Los problemas no se solucionan detrás de una pancarta, sino trabajando”, “Es el momento de que todos arrimemos el hombro, no de poner palos en la rueda”.
Represión: Modificación del código penal que iguala la resistencia pasiva a un acto de resistencia a la autoridad, e incluso a la kale borroka. El uso de la policía antidisturbios…

El mecanismo es tan sencillo, y tan eficaz, que acojona…

24/7/12

Recortes

Hace unos días preguntaba a los oyentes una locutora de radio, por dónde recortarían en época de crisis. Ahí va una primera lista de cosas que se me ocurren:

- Horas de trabajo: tendríamos que trabajar al menos la mitad de horas para poder dedicar tiempo a formarnos, informarnos, participar, convivir, socializar, cuidar, ayudar…
- Objetos consumidos: tendríamos que pensar qué cosas pueden salir de casa, en lugar de pensar qué cosas entran en casa.
- Velocidad: tendríamos que recortar en la velocidad a la que hacemos todo. Deberíamos demorarnos más en las cosas, tomarnos nuestro tiempo, bajar la velocidad del pensamiento para poder mirar, para ver, para prestar atención a lo que sucede a nuestro alrededor.
- Televisión y demás pantallas: si no nos atrevemos a prescindir de la tele, habría que dividir por varios números las horas de tele. Igual para el resto de pantallas. Más experiencia vivida, menos experiencia referida. A pisar la calle.
- Kilómetros: definitivamente, hay que recorrer menos kilómetros. Y los que se recorren, deben recorrerse a menos velocidad.
- Comidas: conviene comer menos carne, y menos “productos Marco Polo” (aquellos que recorren medio mundo hasta llegar a nuestra mesa).
- Gente tóxica: si no puedes alejarte de ellos, al menos ignóralos.
- Expectativas y deseos: tendríamos que aprender a clasificar nuestras expectativas y deseos para distinguir las razonables de las que no lo son, las legítimas de las que no lo son. Desear ser amado es legítimo, incluso razonable; esperar que esa persona particular sea quién me ame, no lo es. Una expectativa razonable nos abre los ojos, una expectativa irracional nos ciega.
- Pensamientos negativos: sin dejar de ver lo malo que hay en el mundo, hay que “saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

Se admiten sugerencias.

26/5/12

14/5/12

No nos representan

“!Que no, que no, que no nos representan, que no!”.

El 15M tiene un subconsciente, y el subconsciente nos hace decir cosas que no sabíamos, o no creíamos haber dicho. El eslogan más conocido del 15M es un buen ejemplo. Paradójicamente, se trata de un eslogan que trabaja en dirección contraria al 15M (cosas del subconsciente).

Empecemos proponiendo que se trata de un movimiento fundamentalmente “metodológico”, no “programático”; es decir, de un movimiento que prima el cómo hacer política sobre el qué políticas hacer. No es que las políticas no sean importantes, sino que es más importante la manera de decidirlas. Sobre esto se podría hablar largo y tendido, pero dejémoslo en que un cambio en el sujeto político significa un cambio de políticas.

Propongamos también que la política, hoy, se entiende como un objeto de consumo, y como tal objeto, los partidos funcionan como la televisión: uno compra el aparato, y después el aparato mostrará lo que otros deciden mostrar. El comprador no tiene más opciones que seguir viendo cabreado ese canal, cambiar de canal, o apagar el aparato. Lo que no puede hacer es interpelar a quien sea que esté al otro lado.

El 15M rompió la pantalla del televisor y se presenció en medio del plató: “no queremos que sigan diciendo que programan lo que el público quiere; el público somos nosotros y venimos a pensar qué queremos ver”. No a decir qué queremos ver, sino a pensar qué queremos ver.

Pero volvamos al subconsciente aflorando en el habla. Si el movimiento hubiese dicho “nadie nos representa”, no hubiese habido lugar a equívoco. El problema al decir “[ellos] no nos representan”, es que pone el foco sobre el “ellos” en lugar de sobre el “no nos representan”, y esa perspectiva hizo pensar a muchos que el propio movimiento podía llegar a ser un “ellos” nuevo que sí nos representara. Muchos vieron en el 15M el embrión de una nueva opción de consumo, un “estos sí me representan”. No era eso. El 15M nos invitó a todos a no ser espectadores, sino participantes.

Y ahí es donde empezamos a mirarnos los unos a los otros con extrañeza, como si hubiésemos sintonizado un canal con una película birmana sin subtítulos: sencillamente, no sabemos cómo participar, no queremos asumir esa carga (que lo es). Preferimos que nos representen, ahorrarnos el trabajo de participar, de escuchar a otros para aprender, para construir colectivamente. Preferimos votar a un partido que sabemos que no hará nada de aquello que promete y después enfadarnos cínicamente, como si nos pillase por sorpresa la mentira tantas veces repetida.

Se oye decir que el 15M ya no es lo que era, que se ha “radicalizado”. Suena a excusa. Si eso es cierto, es porque un día dejamos a unos pocos pensando en el plató, nos volvimos a casa y encendimos la televisión a ver si algo había cambiado, pero solo estaban los viejos programas de siempre. No fue el 15M quién se alejó de la sociedad; fue la sociedad la que se alejó del 15M. El movimiento no es de nadie y es de todos; de todos los que están en las plazas.

7/4/12

Abracadabra

Bajo a tirar la basura y veo un viejo monitor de rayos catódicos en el cuarto de las basuras.

Pienso que la clave del capitalismo es la misma que la de la magia: crear una ilusión ocultando el truco. El capitalismo, como la magia, está lleno de dobles fondos, trampillas, pequeños pájaros sacrificados, innumerables trucos que invisibilizan los costes y consecuencias de su funcionamiento, y hacen creer que lo imposible es posible. Y aunque todos sabemos que hay truco, no queremos conocerlo.


Quién ha abandonado ese monitor cree en la magia: el monitor apareció un día por arte de magia en una tienda, y desaparecerá por arte de magia del cuarto de la basura. Sin más, sin otra consecuencia.


Y un segundo pensamiento: hasta no hace mucho, viejo era sinónimo de inútil. Ya no. Ahora viejo es sinónimo de pasado de moda. Mundo raro este en que lo útil ya no tiene valor.