5/8/08

Anábasis

En el 401 a.C., y con la intención de derrocar a su hermano Artajerjes II, Ciro, el hijo del rey Dario II, reclutó un gran ejercito en el que se encontraba el mayor contingente de mercenarios griegos reunido hasta entonces. El ejercito griego estaba formado por unos catorce mil efectivos entre hoplitas –infantería pesada–, peltastas –infantería ligera–, arqueros y jinetes, y eran comandados por los estrategos Jenias de Parrasia, Próxeno de Beocia, Menón de Tesalia, Clearco de Esparta, Soféneto de Estínfalo, Sosias de Siracusa, Pasión de Mégara, Quirísofo de Esparta y Sócrates de Acaya. En un primer momento, Ciro ocultó a los estrategos el verdadero motivo de la expedición, pero pronto todos, tanto ellos como los soldados, se dieron cuenta del engaño y renegociaron las condiciones del contrato. Poco importan estos detalles, el hecho es que en el momento decisivo de la batalla, un Ciro enloquecido se lanza a la carga contra su hermano Artajerjes y cae muerto a manos de su guardia personal. Así los griegos, habiendo vencido en su sector, y en el preciso momento en que bastaría con alargar la mano para tomar las riquezas que Ciro les había prometido, se ven de repente abandonados a su suerte en el corazón mismo del territorio enemigo. Están frente a uno de los ejércitos más poderosos de la Antigüedad, no tienen nada con qué negociar, y se interponen en su camino de regreso cordilleras altísimas, ríos infranqueables, pueblos hostiles, el invierno. Tampoco tienen víveres ni guías para atravesar un territorio desconocido. Años después de la expedición, Jenofonte, el condiscípulo de Platón que lideró la retirada –junto a Quirísofo–, relató esta expedición bajo el título de Anábasis. La Anábasis es, sobre todo, el relato de la dramática retirada de aquellos hombres hasta llegar a la frontera entre Asia y Europa.

La palabra griega anábasis significa “subida”, “ascensión”, pero también significaba la “marcha al interior” en referencia al trayecto desde el litoral hasta las tierras altas del interior de un país; en particular, el camino que conducía desde las ciudades griegas de la franja costera de Asia Menor hasta el corazón del Imperio Persa. (1)

Como a los griegos de Jenofonte, a veces nos sucede que, persiguiendo una promesa, acabamos en el peor de los lugares: el futuro se hace añicos y nos vemos sin fortuna, desconcertados en medio de un territorio desconocido y hostil, desorientados, sin saber qué rumbo tomar, qué hacer, sin guía para encontrar una salida. Empieza entonces otra anábasis, una “ascensión”, una “marcha al interior” en sentido figurado: ¿qué hacer? ¿mirar hacia atrás para intentar averiguar qué ocurrió?, ¿o hacia delante y buscar una salida? Al final, uno acaba por hacer las dos cosas a la vez, así que las dos opciones acaban por estorbarse como las personas que en una puerta se mueven como la imagen reflejada en el espejo: uno decide moverse y el pasado se refleja en lo que uno hace; decide revisar el pasado y el futuro –que es presente– cuestiona cada conclusión a la que se llega.

A pesar del carácter odiseico de la narración de Jenofonte –en tanto que regreso plagado de obstáculos–, su final remite al mito de Sísifo antes que al de la obra homérica: a las puertas de Grecia, después de un año de penosa retirada, Jenofonte entrega sus hombres al general espartano Tribón, que los contrata para una nueva guerra. Los mercenarios no verán Grecia; seguirán en Persia para luchar de nuevo, ahora contra el sátrapa Tisafernes. Como le sucede a Sísifo, para los griegos la piedra rueda de nuevo ladera abajo...

(1): Anábasis, Alianza editorial, 2006. Introducción de Oscar Martínez García.

4/8/08

A la sabiduría no se llega en autobús

En el diccionario de la Real Academia de la Lengua podemos encontrar los siguientes significados de la palabra cultura:

2. f. Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.

3. f. Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.

Creo saber qué es un juicio crítico, pero sería incapaz de enumerar los conocimientos que permiten desarrollarlo. Tampoco sería capaz de establecer el conjunto de costumbres compartidas que constituyen el mínimo común denominador que define la cultura de un grupo. Así que, por lo que a mí respecta, el significado de la palabra cultura sigue siendo un misterio. No importa, sabemos lo importante: su sujeto. Hay una cultura del individuo y una cultura del grupo y las dos son enemigas a muerte: una libera y la otra ata.

La cultura del grupo: ¿qué ofrece el rebaño a cambio de la pertenencia? Algo más que un abrazo, algo más que protección, algo más que una porción en el reparto del pastel. Lo definitivo, lo definitorio, es esto: pertenecer es ser –de ninguna manera pensar para ser–.

Nada más fácil: entregarse para ser, dejar de ser para ser. Esta es la identificación que sostiene a la Iglesia, a la Nación, a la hinchada futbolística, a la cocina tradicional, a la empresa incluso. Todo lo demás, lo de fuera, pasa a ser “la” amenaza –o la competencia–. Por eso, cuando el solitario se aleja tan solo la distancia de un –primer– paso, no es por él por quien temen los otros, sino por ellos: ese que se aleja es ahora parte de la amenaza, es mi negación, la negación de mi verdad: si el otro es, yo no puedo ser. Por eso hay que impedir que el otro se aleje.

La fuerza del rebaño no es, como pudiera parecer, la fuerza de las costumbres, sino la imposición de las costumbres por la fuerza. Sin la tradición, todo se desmorona. Al igual que sucede con la Mafia, el rebaño primero advierte y luego castiga. Por eso le dicen al solitario: “ten cuidado, respeta la tradición y no peques, es por tu bien”. Por supuesto, será el propio rebaño el que se encargue de hacer realidad la advertencia...

2/7/08

La ira y la tormenta

Memoria

Uno de nuestros ancestros –ella, él, ambos–, reconoce, porque recuerda, que el sol vuelve con fuerza cada muchas lunas como lo hacen las lluvias, como lo hace el frío, como lo hacen las hojas verdes en los árboles y los pájaros en el cielo. Reconoce, también, que a muchos días de sol fuerte les sigue siempre la tormenta.

Imaginación

Ese humano, que vive hace diez, veinte, cuarenta mil años, establece relaciones entre cosas distintas: es capaz de pensar por ejemplo, que un dedo puede ser una manzana, y dos dedos dos manzanas –incluso si la manzana es solo un recuerdo en su memoria–. Más difícil aún: esa imaginación que relaciona cosas en apariencia independientes, le permite establecer relaciones entre cosas y sonidos: los que salen de su garganta. Un sonido puede ser “manzana” y otro distinto “día”. Pronto aprende a modular su garganta para producir muchos sonidos distintos. Aprende, también, a combinarlos para crear sonidos nuevos.

Sentido

Ese ancestro primitivo, dotado de memoria e imaginación, está poseído por la necesidad de dar sentido. No le basta con registrar en su memoria secuencias de frío, lluvia, calor, hojas verdes en los árboles y pájaros en el cielo, y con reconocer patrones de repetición en esas secuencias. Necesita, además, dar un sentido a todo ello.

Nombrar

Ese ancestro primitivo ha puesto nombre a los árboles, al agua, a los animales, a las piedras, a los tiempos fríos, a los tiempos calientes, al sol y a la luna, al día y la noche, y ha puesto nombre incluso a eso que siente cuando otro miembro de la tribu se atreve a invadir su territorio o a acercarse a sus cachorros: lo ha llamado ira.

Lenguaje

Un día piensa que si sus dedos pueden ser manzanas, y su garganta puede decir "sol", su ira puede ser la tormenta. Y así, hace diez, veinte o cuarenta mil años, une por primera vez las palabras tormenta, ira y sol y dice: “la tormenta es la ira del sol”. Pero nada más decirlo, comprende que aunque comparte la ira con el sol, el sol es distinto a él o ella. Como ella, o él, el sol siente ira, pero el sol es otra cosa. De esta manera, igual que antes nombró al árbol, al agua, a los animales, a las piedras, a los tiempos fríos, a los tiempos calientes, al sol y a la luna, al día y la noche, nombra a ese sol que siente ira. Y el hombre creó a Dios.

Poesía

Miles de años después, uno de sus descendientes, impulsado por la misma fuerza misteriosa de sus antepasados, invertirá las palabras y dirá: “mi ira es tormenta”. Y el hombre creó la poesía.

Literaturas

Durante miles de años, alrededor de un fuego nocturno, los viejos entregarán sus elaboradas narraciones a jóvenes ansiosos por transformar esas narraciones según su imaginación y entendimiento, deseosos de crear narraciones nuevas, narraciones suyas, jóvenes que un día llegan a viejos y se sientan alrededor de un fuego para entregar sus elaboradas narraciones a jóvenes ansiosos por transformar esas narraciones según su imaginación y entendimiento, deseosos de crear narraciones nuevas, narraciones suyas.


Este texto existe a partir de Sílabas de fuego, de Menchu Gutiérrez

24/6/08

Voyeurismo blogero

¿Cuántos blogs hay? Yo apenas leo cuatro o cinco a diario y algún otro de manera esporádica. Por lo tanto, ¿para qué este blog y para quién este blog?

Servidor es de los que piensa con los dedos, así que esto vale por respuesta al para qué. Y como este para qué es casi un para uno, casi queda respondido el para quién. Sin embargo, un blog no se guarda en un cajón, así que hay que explicar qué pinta el lector en todo esto –sobre todo si decimos que no es la respuesta al para quién–.

En la escritura no hay dialéctica posible. Por supuesto que se establecen conversaciones entre, digamos, las obras de dos autores. Sin embargo se trata de un falso diálogo: un diálogo así es la confrontación de dos monólogos. Apurando el razonamiento, los blogs son, de alguna manera, una impostura: pretenden hacer creer al lector que participa, pero se trata de una participación a posteriori, o sea, de una participación que no lo es.

Uno escribe en público precisamente para silenciar al lector, para que el lector no pueda modificar lo que se dice –como sí ocurre en un diálogo hablado–. En realidad, un blog es un agujero en la pared, un ejercicio de voyeurismo desesperado: a su través, el autor accede a esas anotaciones que, si el blog fuese un libro, el lector escribiría para sí en los márgenes, y de las que el que escribe nunca tendría noticia. Así que en el blog los otros son, de alguna manera, objetos antes que actores; testigos antes que destinatarios.

Al hacer público lo escrito uno no pretende “enseñar” –una pretensión por lo demás absurda–, sino, por un lado averiguar hasta qué punto los otros leen lo que uno ha escrito –en un sentido de semejanza: ¿hasta donde lo que uno escribe es lo que otros leen?–, y por otro, hasta qué punto uno mismo ha comprendido –¿qué ven los otros que uno no ha visto?–. Cuando el bloguero responde a un comentario, ya no es el bloguero, sino un lector más. Los diálogos en el blog suceden al margen y al servicio del blog: al hacer público su texto, el bloguero solo pretende hacer avanzar su escritura.

¿Se trata de un ejercicio de exhibicionismo, de narcisismo? Creo que si hay algo en esto es impotencia: la que se siente cuando uno habla y percibe que no hay manera de llegar al otro lado, que las palabras son siempre las de uno y que son siempre para uno. La escritura no es otra cosa que el ensimismamiento que sigue a esta sensación de aislamiento, a esa dificultad insalvable. Se escribe a la desesperada, perseguido por la sospecha de que no hay forma de hacer ver que no pase antes por un exhaustivo ejercicio de comprensión en solitario. Más aún, se escribe a la desesperada perseguido por la sospecha de que ese alguien a quien hay que hacer ver es uno mismo y nadie más.

1/6/08

El atleta imposible –o de cómo conseguir una buena marca sin entrenar–.

No me engaño: hay pobres malos y ricos buenos. Ahora bien, lo que esto viene a demostrar es, precisamente, la maldad del sistema de clases: no sirve para seleccionar a los mejores, sino para mantener los privilegios –con las oportunas excepciones, que lejos de desmentir la norma, la confirman–.

Por supuesto, hablar de selección es hablar de educación –el más poderoso de los instrumentos de transformación o de perpetuación social, según el caso–. Desde la derecha se nos ha venido diciendo que la selección en la educación ha de estar basada en el mérito, en el esfuerzo, que hay que seleccionar y separar a quienes se esfuerzan de los que no, para no lastrar el desarrollo de los primeros. Difícil de rebatir, ¿o no? Pues no tanto. El que compra este argumento se lleva, sin saberlo, un dos por uno: con la idea de la selección por mérito se lleva también la de que el esfuerzo precede a la educación –que en atletismo sería como decir que la marca precede al entrenamiento–. Por supuesto, esto es falso: la educación es el entrenamiento y el esfuerzo es la marca, el resultado. Así, lo que el ingenuo ciudadano acaba de comprar es exactamente lo contrario de lo que creía: un sistema educativo que premia... ¡los privilegios!

¿Cómo, cuándo y dónde aprende uno el valor del esfuerzo? Se habla de él como si no tuviese nada que ver con el entorno más inmediato, o sea, con la familia, o sea, con la clase. Como si vivir en un entorno estimulante fuese lo mismo que vivir en uno que no lo es. Como si el niño de la Cañada pudiese adivinar las vidas que no tiene y que necesita conocer para tener la oportunidad de cambiar la suya. Precisamente por todo esto es por lo que la derecha habla de la libertad de los padres para elegir la educación de los hijos –porque los privilegios, o su ausencia, se perpetúan por línea familiar–. Y de ahí los itinerarios: segregación, no contaminación de unas capas con otras, en definitiva, autopista de pago para unos y carretera nacional para el resto. Así, el hijo del barrendero difícilmente será notario y el hijo del notario difícilmente será barrendero. Cada uno donde le toca. Por eso hay que empezar a hablar de la libertad del niño frente a la libertad de los padres.

En La Escuela Moderna, escrita a principios del siglo XX, dice su autor, Ferrer i Guardia
–hoy en día existe una fundación con su nombre–, lo siguiente:

"No tememos que decirlo: queremos hombres capaces de evolucionar incesantemente; capaces de destruir, de renovar constantemente los medios y de renovarse ellos mismos; hombres cuya independencia intelectual sea la fuerza suprema, que no se sujeten jamás a nada; dispuestos siempre a aceptar lo mejor, dichosos por el triunfo de las ideas nuevas y que aspiren a vivir vidas múltiples en una sola vida. La sociedad teme tales hombres: no puede, pues, esperarse que quiera jamás una educación capaz de producirlos." (1)

Se me atragantan las historias de salvación. De qué manera me encabrona la historia de ese chico pobre, delincuente, que “rehace” su vida a los treinta años. Esa historia no es la historia de su salvación; es la historia de nuestro fracaso. El niño no tiene porqué esperar a ser un adulto para saber que le hemos hurtado sus vidas posibles. Debimos darle su oportunidad desde el principio. Es, desde luego, una cuestión de justicia, pero también de cordura: no estamos como para desperdiciar el talento –pero esto no lo comprenderemos hasta que no pensamos en términos de comunidad–.

El presupuesto de la educación pública apenas alcanza a cubrir el gasto corriente: nóminas, facturas, infraestructuras... Por otro lado, los padres delegan mayoritariamente la educación de sus hijos en ese mismo sistema impotente –esperando un milagro que no va a suceder sin su participación–. Entonces, ¿qué hacer? Los padres tienen que participar, y esto significa horas libres en el trabajo para interesarse e intervenir en lo que sucede en los colegios –y hace falta, además, que tengan voluntad de hacerlo–. ¿Y la autoridad de los profesores? No la dará ninguna ley; la darán los padres y los resultados. Pero por encima de cualquier otra cosa, mejorar el sistema educativo público pasa por poner dinero sobre cada pupitre.

Como siempre, habrá que empezar por cambiar el lenguaje para cambiar las cosas. Quizás sea el momento de hablar de repartir en lugar de seleccionar. De nuevo Belén Gopegui:

“Había cogido un libro de Miguel Hernández, de mi madre. [...] Estaba leyendo cuando, junto a dos versos, encontré dos cruces, dos equis de multiplicar pintadas con lápiz, diminutas, la forma de subrayar los libros que siempre usaba mi madre. Los versos: “Vine con un dolor de cuchillada, / me esperaba un cuchillo a mi venida”

[...]


Mi madre ha imaginado un lugar en donde el infortunio no sea una ración oscura y trágica para unos cuantos seres. Será una parte de la vida que pueda compartirse, tanto como la fortuna. Y habrá instituciones, conductas, lugares. Aunque el dolor vaya a doler en unos cuerpos sobre todo. Cuando los trabajos más cansados y más duros estén bien repartidos y justamente remunerados por ser la comunidad quién los reparta y no ser una cuestión de haber llegado el último o sin herencia, entonces algo parecido ocurrirá con el dolor, no existirá la frase “te ha tocado” sino una comunidad compartiendo el dolor que haya venido a posarse en esa familia, en esta calle, allí.”


(1) Cita gentileza de Balsera.

29/5/08

¿Selección natural?

Los defensores del liberalismo, al hablar de darwinismo económico, pretenden legitimar las prácticas capitalistas tratando de hacer pasar estas por un caso particular de la teoría de la “selección natural”. Se trata de proponer que el capitalismo y el libre mercado responden, de alguna manera, a una ley natural que selecciona a los más aptos, a los mejores, a los que –eso dicen– serán capaces de satisfacer las necesidades del resto mediante su éxito –en la comparación, el mercado vendría a ser el trasunto de la naturaleza, el actor que selecciona–. Con el eufemismo se trata, por supuesto, de legitimar lo que no es otra cosa sino la aplicación de ley del más fuerte como máxima económica. Se trata de eliminar obstáculos, barreras mentales que dificultan ese ilimitado “dejar hacer” al que aspira todo defensor a ultranza del mercado.

Afirmar que el darwinismo económico sea una manifestación particular de la selección natural es mucho decir, pero no es aquí donde reside la falsedad de semejante afirmación. En
Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond, podemos leer el siguiente párrafo:

“[...] Pero tanto si la selección de plantas silvestres comestibles por agricultores antiguos se atuvo a criterios consientes como si no fue así, la evolución resultante de plantas silvestres hasta convertirse en cultivos fue en un principio un proceso no consciente. Fue consecuencia inevitable de nuestra selección de tipos de plantas silvestres, y de la competencia entre plantas que en los huertos favorecían tipos distintos de los predominantes en la naturaleza.

Esa es la razón por la que Darwin, en su obra El origen de las especies, no empezó con un relato de la selección natural. En cambio, su primer capítulo es una exposición pormenorizada de cómo nuestras plantas y animales domésticos derivaron de una selección artificial por los humanos. [...]”

El corolario de la obra de Darwin es que es justamente en la superación de la selección natural donde radica el origen del progreso de los últimos 13.000 años, esos en los que se ha desarrollado todo lo que nos hace humanos, lo que nos diferencia del resto de los animales, desde la agricultura a la medicina, pasando por el lenguaje. El darwinismo económico es, a la luz de las ideas de Darwin, un rasgo de primitivismo, un comportamiento pre–humano si se quiere, y no la continuación de ley natural alguna. Y sin embargo, la idea se nos presenta de una manera tan evidente, que no es difícil comprender el porqué de su éxito.
No es, desde luego, el caso de Belén Gopegui, quien en su libro El padre de Blancanieves –ya mencionado anteriormente–, dice lo siguiente:

“[...] Con los sujetos frágiles sucede algo parecido: son los primeros en caer y su caída alerta de las variaciones ocurridas en el medio, entre las cuales a menudo sobresale la degradación. Si la sociedad humana logra no destruirse y vivir doscientos años puede que comprenda, como algunas tribus pequeñas comprendieron, la necesidad de proteger a sus sujetos más débiles.”

Para Gopegui, aceptar que sea el “darwinismo económico” el que decida la dirección y el sentido del vector de progreso es aceptar la catástrofe, como señala uno de sus personajes:

“Una vez hubo un convenio, era injusto, de acuerdo, pero permitía que algunos acuerdos se cumplieran. Ya no: se han acabado las reglas, adiós convenio. Se ha roto y lo curioso es que no se ha roto por la parte débil, no lo habéis roto vosotros, ni los emigrantes, ni los desheredados. Se ha roto por la parte fuerte. Y ahí te doy la razón en lo que le dijiste a tu madre: yo no estoy en la parte fuerte, no soy lo bastante rico.

[...]


La catástrofe se acerca: están dispuestos a arramblar con todo. Si alguna vez había pensado que los fuertes me harían un sitio, al menos en el porche como perro guardián, ya se que no.”

22/5/08

Todos los niños



Autoridad


La autoridad del médico es la autoridad del conocimiento. Uno se somete o no al tratamiento, pero no cuestiona la autoridad del médico. En cuestiones de medicina, su autoridad no se discute.

La autoridad del policía es la autoridad de la violencia. Al policía le está permitido ejercer una violencia que al resto nos está prohibido. No tiene porqué ejercerla, pero es la fuente de su autoridad.

La autoridad del profesor, ¿debe ser la del médico o la del policía?

Esfuerzo

Al niño no le cuesta esfuerzo conseguir el móvil del que se ha encaprichado, ni la ropa que quiere, ni el alcohol y las drogas que han sustituido a los antiguos rituales de iniciación en los que era aceptado en el mundo adulto –un tránsito que antes hacían de la mano de los mayores, y que hoy realizan solos–. Al niño no le cuesta esfuerzo desobedecer, ni violentar. El niño empuja –hoy y siempre–, pero hoy no encuentra resistencia a su instinto por experimentar los límites. Pero más aún, al hablar de esfuerzo, ¿hablamos del encofrador que se rompe las manos con la ferralla, o del estudioso que devora un libro tras otro? ¿Hablamos del esfuerzo–castigo cristiano que llena de sudor la frente, o del esfuerzo–hedonista del alpinista que hace cumbre? Sea uno o sea otro, ¿es posible que el niño comprenda su significado cuando el esfuerzo se propone como el requisito para alcanzar algo cuyo valor solo alcanzará a comprender a posteriori –la educación–, mientras lo que sí desean no les cuesta nada? ¿Puede la amenaza de una repetición de curso ayudar a comprender?

Y sin embargo, a pesar de estas preguntas, confiamos en que:

1– Una ley devolverá al profesor la autoridad perdida –de nuevo preguntamos: ¿la del conocimiento o la de la violencia?–.

2– Una ley transformará al niño rebelde, agitador, subversivo, insubordinado en un adulto esforzado y responsable.


Libertad

Dícese de la facultad de los padres pare decidir sobre la educación de sus hijos. Ha de entenderse, por tanto, que la libertad de los padres significa la esclavitud de los hijos. ¿O tienen los hijos la libertad de elegir su educación? ¿Puede un niño de la Cañada Real decidir libremente sobre su educación? ¿Puede acaso ese niño decidir asistir al mejor de los colegios?

Ni el esfuerzo ni la autoridad son, claro está, el objetivo. Son solo el pretexto que permite volver a lo de antes -o permanecer en ello-, a lo de siempre: a la educación para unos pocos, la condición necesaria para perpetuar un sistema de privilegios: aquí el esforzado notario y allí el perezoso barrendero –como si ser una cosa o la otra no tuviera nada que ver con las condiciones de partida–. Y sí, claro, la libertad de mantener un sistema educativo segregado, clasista y elitista –y que hoy sean más numerosas, no hace menos élite a la élite–.

Nada de esto cambiará hasta que no comprendamos que todos los niños son nuestros hijos. Solo este pensamiento puede impedir cosas como esta:


http://www.escolar.net/MT/archives/2008/04/22-de-abril-el-dia-de-la-tierra.html

2/5/08

El propietario

El 5 de Julio de 1910, “El Nacional” publicó el siguiente cuento de Rafael Barret:





Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...

Tramitando expedientes

Hace unos días se podía leer en elconfidencial.com lo siguiente:

“El sector está convencido de que una de las causas que explican la salida de Cristina Narbona del Ministerio de Medio Ambiente tiene que ver, precisamente, con el tapón que había generado su departamento en la tramitación de expedientes, lo que ha provocado el retraso 'injustificado' de muchas obras. Tanto en la patronal de la construcción como en la de las autopistas se ha criticado con dureza a Narbona por su incapacidad para tramitar los expedientes administrativos. No se criticaba la necesidad de presentar informes de impacto medioambiental sino, sobre todo, el injustificado retraso en su aprobación, lo que encarece la ejecución de los proyectos.”

Es un texto revelador: no hay objeción a la existencia de un Ministerio de Medio Ambiente siempre y cuando su función sea meramente cosmética; mientras los expedientes simplemente “se tramiten”, siendo impensable que el resultado sea otro que la aprobación de la obra. Pero con todo, lo peor del texto no es la forma de pensar que revela –algo, por otro lado bastante evidente–, sino la posibilidad de que, en efecto, esta haya sido la razón por la que el presidente del gobierno haya prescindido de una ministra que ha mostrado una forma de entender la política ambiental que va más allá de la “tramitación” de unos expedientes estériles. Lo peor es pensar que, en un momento en el que –al más puro estilo keynesiano– se pretende estimular la economía mediante la aceleración del plan de infraestructuras, la política ambiental se considere no solo innecesaria, sino un obstáculo; algo que no hace sino confirmar lo que ya sabemos: se puede cuestionar todo menos el crecimiento económico. Sería bueno que algún día pensáramos en el precio que pagamos por ese crecimiento presuntamente ad infinitum.

20/4/08

Esperanza de vida

Acostumbrados como estamos a una manera de pensar que nos blinda frente a cualquier idea que pueda poner patas arriba nuestra cómoda vida, leemos titulares como el siguiente sin mover un pelo de las cejas:

La esperanza de vida de los españoles supera los 80 años


¿Una vida más larga es una vida mejor? ¿La esperanza en la vida es sumar una velita más? Caemos en la trampa del titular porque no hemos sido educados para cuestionarlo todo; y porque además, muchas veces, aunque sepamos, preferimos no hacerlo para no ver las brechas por donde se nos escapa la vida mientras miramos el saldo de la cuenta corriente, los anuncios de coches, o un futuro ascenso profesional. Dejando a un lado la evidente falacia que supone extrapolar a cualquier español de cualquier edad una media que se calcula a partir de la edad de los finados durante un año –sin tener en cuenta las diferencias en la alimentación, los hábitos físicos, el estrés, o la contaminación de todo tipo–, la definición del concepto “esperanza de vida” es una muestra más de cómo en la vida el envoltorio amenaza permanentemente con suplantar a la sustancia. Se trata de una definición hecha para olvidar que si llegamos a esos ochenta años lo haremos habiendo dejado buena parte de ellos en trabajos vividos como un tercer grado carcelario con permiso para dormir en casa, en atascos interminables, aplazando la vida hasta un contrato decente que nunca llega, hasta el final de una hipoteca a cuarenta años, hasta una jubilación demasiado lejana y demasiado precaria; una vida que es arena escurriéndose entre los dedos. Un anuncio de una empresa de estética plantea hoy la siguiente pregunta:

“¿45 o 35?”

El mensaje es claro: lo importante no es vivir como si uno tuviera cualquier edad, sino aparentarla aunque se vivan unos dóciles cuarenta y cinco. He oído muchas veces eso de que, al final, lo que todos queremos es “vivir mejor”. Es cierto, pero esto se dice como si ese vivir mejor al que uno aspira no fuese un producto de la educación, como si fuese inmune a la propaganda de todo tipo –comercial y política–, como si no estuviese sometido, en definitiva, a un asedio permanente por parte de aquellos que tratan de convencernos de que ese vivir mejor pasa por entregarnos a aquello que los hará a ellos más poderosos, más ricos, y quizás también más inhumanos.

Una recomendación literaria: El padre de Blancanieves, de Belén Gopegui, editado por Anagrama. Posiblemente no les hará más felices, pero sí más libres.


Y por cierto, ¿cuál es tu esperanza de vida?